Buscarte

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A veces quiero salir a buscarte y la mente se me llena de detalles que no sé si te gustarían porque sabrías que soy yo y no otra persona. A veces, pienso en lo más básico: llevarte flores, chocolates y acompañar todo eso con lo mejor de mí: una nota escrita a puño y letra sobre todo lo que siento.

A veces quiero hacer más o menos eso, pero recuerdo que me odias y que incluso mandaste a matarme un par de veces.

A veces pienso algo mejor: enviarte un libro. Envuelto de manera especial, quizás en papel periódico o en papel parecido a las de las bolsas de azúcar. Conseguir una soguilla y atarla como se ataban los paquetes de los correos en donde trabajaban los carteros que manejaban bicicletas. Claro, vestirme tal vez de cartero, tocar tu puerta y esperar a que no salgas tú, para causar más impresión y preguntar por tu nombre para que salgas luego de que te digan: “Afuera hay un loco, uno con uniforme y una bicicleta que dice que trae algo para ti. Ten mucho cuidado, o mejor no salgas”.

A veces quiero hacer ello y hasta conseguir la gorra esa de cartero y ponerle canastilla a la bicicleta. Pero recuerdo que me odias y que incluso me dijiste que jamás me amaste, y que “qué bueno que me alejé de ti”. Recuerdo que, incluso, amenazaste con llamar a la policía y decir que no me conoces y que estoy acosándote. Recuerdo que me alejé un tiempo por eso.

A veces incluso quiero llegar con mariachis, un tenor, o un cantante de música caribeña para bailar apenas sales de casa, pero recuerdo que tal vez ya ni vives en el mismo lugar. En aquel sitio donde miles de veces he llegado e intentado tocar tu timbre, golpear tu puerta o trepar el muro de tu cochera. Muchas veces he contemplado las copas de los árboles que custodian las esquinas de tu casa y he pensado en llenar las hojas con versos, textos improvisados, pensamientos, cosas que te dije, lugares que recorrimos, cosas así, cosas especiales, o que lo intenten… No sé. Son muchas hojas y muchos árboles, y muchos adoquines en las veredas por donde pondría tu nombre, alternando con frases como “Sigue tu camino”, “Qué bonito caminas”, “Tú no caminas, acaricias el suelo”, “Tú no caminas, vuelas”, y luego seguiría con tu nombre hasta llegar a tu casa, alternando de vez en cuando “Te amo”, “Amaneces”…

Pero recuerdo que me odias y que incluso pusiste mis foto en los postes, diciendo que yo era un acosador y que “tengan cuidado con él”, “por favor, no le crean cuando dice que me conoce”. No dudo en que hayas cambiado lo que sientes por mí, pero no era para tanto, tuve que desaparecer por un tiempo. He pasado ayer por aquellos postes, ¿te diste tanto trabajo? Supongo que tus amigos te ayudaron. Sobre todo ese tipo que intenté matar dos veces. Me han dicho que es tu esposo, bueno, cuando pienso en que ya te casaste desisto de tocar tu puerta.

A veces quiero olvidar estas cicatrices, que estuve encerrado y que mi familia no quiere saber algo de mí. Pero… no sé, ya compré la bicicleta y un mecánico amigo me ha dicho que puede conseguirme una canastilla. Pronto, espérame. Sólo espérame, ¿sí?

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Author: Literalgia

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