Espejismo Uno: Al revés, el cuento* / Texto de Pedro Novoa
Mar10

Espejismo Uno: Al revés, el cuento* / Texto de Pedro Novoa

Hace ciento treinta años, después de visitar el país de las maravillas, Alicia se metió en un espejo para descubrir el mundo al revés. Si Alicia renaciera en nuestros días, no necesitaría atravesar ningún espejo: le bastaría con asomarse a la ventana. Eduardo Galeano Con los ojos en las legañas y con la boca en el mal aliento, me levanté por la mañana después de una larga y movida noche que me había dejado patas arriba. Un rictus de aburrimiento me dibujó la boca y parte de la nariz, de inmediato un bostezo hizo lo demás con mi rostro. Recogí el periódico con las buenas nuevas y la leche fresca al pie de la puerta, de refilón hojeé el lácteo, sus natas y sus desventuras. Le agregué un poco de café al diario y lo tomé con toda la calma de saber que era domingo y de no ocurrir ninguna cosa extraña, continuaría siéndolo todo el día. La barriga decidió rascarme por unos minutos mientras la televisión me miraba y me cambiaba de canal todo el tiempo, gracias a un pequeño pero eficaz aparato. La tele se aburrió rápidamente de mí y el control remoto terminó por apagarme. El sillón estaba harto de dar forma a mi trasero, me puso de pie. Timbré y el teléfono me tomó de una oreja. Una voz de mujer, entre arrepentida y estúpida, rogaba: Manuel, ¿vendrás? Le respondí que sí y le pregunté si el tipo con el que estaba saliendo hace unos meses iba a estar. Sí, tú sabes, es mi pareja y la niña le está tomando cariño, además… El teléfono colgó. Inútil era seguir con la bocina en la mano. Me soltó. El calendario, encerrando en un círculo rojo la fecha de hoy, gritaba el cumpleaños de mi hija Rosita en la pared. Más arriba: no olvides que le prometiste escribir el cuento del dinosaurio que vivía al revés. El calendario había sido puntual. Fui al baño para que el espejo me mirara pero renegó al hacerlo. Tuve que afeitarme y bañarme para contentarlo. El cristal volvió a mirarme y le pareció que había mejorado un poco, aunque todavía le desagradaba mi olor natural. El desodorante reinventó mis axilas y un perfume barato reinventó mi piel. Una toalla me rodeó de la cintura para abajo y me sacó de golpe hasta mi cuarto. Una camisa, una trusa y un pantalón me vistieron rápidamente. Era el maldito reloj de pulsera que los apuraba. El tic tac corría con zapatillas de velocista. Una corbata comenzó a ahorcarme. Logré escapar gracias a unos zapatos que me llevaron nuevamente a la sala. La ventana...

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La insignia / Cuento de Julio Ramón Ribeyro
Feb06

La insignia / Cuento de Julio Ramón Ribeyro

Hasta ahora recuerdo aquella tarde en que al pasar por el malecón divisé en un pequeño basural un objeto brillante. Con una curiosidad muy explicable en mi temperamento de coleccionista, me agaché y después de recogerlo lo froté contra la manga de mi saco. Así pude observar que se trataba de una menuda insignia de plata, atravesada por unos signos que en ese momento me parecieron incomprensibles. Me la eché al bolsillo y, sin darle mayor importancia al asunto, regresé a mi casa. No puedo precisar cuánto tiempo estuvo guardada en aquel traje que usaba poco. Sólo recuerdo que en una oportunidad lo mandé a lavar y, con gran sorpresa mía, cuando el dependiente me lo devolvió limpio, me entregó una cajita, diciéndome: “Esto debe ser suyo, pues lo he encontrado en su bolsillo”. Era, naturalmente, la insignia y este rescate inesperado me conmovió a tal extremo que decidí usarla. Aquí empieza realmente el encadenamiento de sucesos extraños que me acontecieron. Lo primero fue un incidente que tuve en una librería de viejo. Me hallaba repasando añejas encuadernaciones cuando el patrón, que desde hacía rato me observaba desde el ángulo más oscuro de su librería, se me acercó y, con un tono de complicidad, entre guiños y muecas convencionales, me dijo: “Aquí tenemos libros de Feifer”. Yo lo quedé mirando intrigado porque no había preguntado por dicho autor, el cual, por lo demás, aunque mis conocimientos de literatura no son muy amplios, me era enteramente desconocido. Y acto seguido añadió: “Feifer estuvo en Pilsen”. Como yo no saliera de mi estupor, el librero terminó con un tono de revelación, de confidencia definitiva: “Debe usted saber que lo mataron. Sí, lo mataron de un bastonazo en la estación de Praga”. Y dicho esto se retiró hacia el ángulo de donde había surgido y permaneció en el más profundo silencio. Yo seguí revisando algunos volúmenes maquinalmente pero mi pensamiento se hallaba preocupado en las palabras enigmáticas del librero. Después de comprar un libro de mecánica salí, desconcertado, del negocio. Durante algún tiempo estuve razonando sobre el significado de dicho incidente, pero como no pude solucionarlo acabé por olvidarme de él. Mas, pronto, un nuevo acontecimiento me alarmó sobremanera. Caminaba por una plaza de los suburbios cuando un hombre menudo, de faz hepática y angulosa, me abordó intempestivamente y antes de que yo pudiera reaccionar, me dejó una tarjeta entre las manos, desapareciendo sin pronunciar palabra. La tarjeta, en cartulina blanca, sólo tenía una dirección y una cita que rezaba: SEGUNDA SESIÓN: MARTES 4. Como es de suponer, el martes 4 me dirigí a la numeración indicada. Ya por los alrededores me...

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Buscarte
Ene27

Buscarte

A veces quiero salir a buscarte y la mente se me llena de detalles que no sé si te gustarían porque sabrías que soy yo y no otra persona. A veces, pienso en lo más básico: llevarte flores, chocolates y acompañar todo eso con lo mejor de mí: una nota escrita a puño y letra sobre todo lo que siento. A veces quiero hacer más o menos eso, pero recuerdo que me odias y que incluso mandaste a matarme un par de veces. A veces pienso algo mejor: enviarte un libro. Envuelto de manera especial, quizás en papel periódico o en papel parecido a las de las bolsas de azúcar. Conseguir una soguilla y atarla como se ataban los paquetes de los correos en donde trabajaban los carteros que manejaban bicicletas. Claro, vestirme tal vez de cartero, tocar tu puerta y esperar a que no salgas tú, para causar más impresión y preguntar por tu nombre para que salgas luego de que te digan: “Afuera hay un loco, uno con uniforme y una bicicleta que dice que trae algo para ti. Ten mucho cuidado, o mejor no salgas”. A veces quiero hacer ello y hasta conseguir la gorra esa de cartero y ponerle canastilla a la bicicleta. Pero recuerdo que me odias y que incluso me dijiste que jamás me amaste, y que “qué bueno que me alejé de ti”. Recuerdo que, incluso, amenazaste con llamar a la policía y decir que no me conoces y que estoy acosándote. Recuerdo que me alejé un tiempo por eso. A veces incluso quiero llegar con mariachis, un tenor, o un cantante de música caribeña para bailar apenas sales de casa, pero recuerdo que tal vez ya ni vives en el mismo lugar. En aquel sitio donde miles de veces he llegado e intentado tocar tu timbre, golpear tu puerta o trepar el muro de tu cochera. Muchas veces he contemplado las copas de los árboles que custodian las esquinas de tu casa y he pensado en llenar las hojas con versos, textos improvisados, pensamientos, cosas que te dije, lugares que recorrimos, cosas así, cosas especiales, o que lo intenten… No sé. Son muchas hojas y muchos árboles, y muchos adoquines en las veredas por donde pondría tu nombre, alternando con frases como “Sigue tu camino”, “Qué bonito caminas”, “Tú no caminas, acaricias el suelo”, “Tú no caminas, vuelas”, y luego seguiría con tu nombre hasta llegar a tu casa, alternando de vez en cuando “Te amo”, “Amaneces”… Pero recuerdo que me odias y que incluso pusiste mis foto en los postes, diciendo que yo era un acosador y que “tengan cuidado...

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Mi amiga  secreta / Cuento postnavideño
Ene17

Mi amiga secreta / Cuento postnavideño

Autor: Arturo Mustango Un día se le ocurrió al gerente general, don Eusebio Ramírez Ladrillo, dar un almuerzo a todas las mujeres del planeta, pero por cuestiones coyunturales que no vienen al caso, tal vez un descuido de su siempre alocada secretaria, confabularon para que solo pueda echarse una tragantona con todo el personal femenino de la empresa. El motivo no importa, o solo lo saben aquellas inciertas afortunadas que semanas más tarde, gracias a los secretos auspicios de una invitación en servilleta, conocieron las suites del Hotel Decamerón. Lo cierto es que, entre la zalamera confraternidad de las recepcionistas, los chistes de doble sentido del viejo carretón de la empresa y las abruptas confidencias de las más altas y recorridas ejecutivas de ventas, varias infelices, sintiéndose en el limbo, aprovecharon la vastedad de su experiencia para probar las mieles del protagonismo momentáneo. No les importó interrumpir las delicadas invitaciones a la cama de don Eusebio a las tiernas practicantes de administración, a quienes el rojo vino invadía sus mejillas cada vez que el viejo susurraba en sus orejas. Todas las damas cuarentonas, se propusieron opacar a las gráciles practicantes y, formando escuadras, hacían oír su opinión, ya sea de la economía peruana, el arroz chino, el presidente Obama, la carabina de Ambrosio y sobre todo del último libro del señor Coelho. Don Eusebio, que era todo un caballero versado en tácticas de blitzkrieg arte seguro, aprendido del general Belisario, respondía atinado, lo suficiente para no parecer un arqueológico fauno entre tanta mocedad y a la vez contrarrestando el chismoso aquelarre del batallón senior, pues las practicantes le fueron tomando gusto a las veleidosas formas de hacer carrera en la compañía. Una de estas arpías, fue la que tomando la palabra creyó interesar al gerente hablando del aspecto del personal masculino de la empresa, una compañía tan grande, casi una de las primeras a nivel nacional, que cotizaba en la bolsa de Tokio, por lo que no podía darse el lujo de tener a conserjes sin un nudo francés en las corbatas, vigilantes con cara de ronderos, gente de mantenimiento falto de vitaminas, y, énfasis aquí, soporte de computadoras en jeans, polo, zapatillas y barba. En especial, ese chico, ese que ya tiene más de tres años trabajando con nosotros, ¿cómo se llama? Ah, Chucho López, un verdadero cerdo; no lo decía con mala sangre, pero ¿acaso no estamos de acuerdo? Todo se puede aceptar, hasta ser pobre, pero al menos se debe ser limpio. Ramírez Ladrillo recordó vagamente a Chucho, miró a la dama, se rascó la nariz y dijo que iba a hablar con Luciano, el jefe...

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El olor de las axilas / ¿Qué quieres ser cuando acabes el colegio?
Nov07

El olor de las axilas / ¿Qué quieres ser cuando acabes el colegio?

Texto de Néstor Valdivia Al terminar la secundaria hablé con mis padres y les dije que aún no estaba preparado para postular a la universidad y que me sentía perdido en los estudios. Estuvieron molestos conmigo por algún tiempo pero al fin comprendieron que no serviría de nada obligarme a continuar algo que no quería y me dejaron tranquilo. El domingo siguiente compré el diario y busqué un trabajo eventual en el que estuve dos meses porque no soportaba el ritmo de trabajo ni los horarios. Me levantaba a las cuatro de la mañana para estar a las seis en el taller como ayudante de un viejo cascarrabias al que no le soportaba su lenguaje procaz ni el agresivo olor de sus axilas. Él tampoco soportaba mi presencia ni mis quejas y llegamos al acuerdo de entendimiento. El viejo procuraría no mandar a la mierda o granputear a todo cada 5 minutos si yo prometía no pasarme todo el día bostezando, pero no pude hacer nada sobre sus hedores. Me avergonzaba reclamarle por el fétido olor a cebollas de sus sobacos. Sin embargo, en el fondo, el viejo me caía bien, hizo más llevadero el trabajo. Sobre todo después de las comidas y en la modorra de las tardes, con sus historias de cuando trabajaba en el puerto como estibador. Disfrutaba mucho sus relatos de borracheras de dos días con sus compañeros en los prostíbulos, de cómo se reñía puñal en mano o a pico de botella con alguno que osaba mantenerle la mirada por más de cinco segundos y orgulloso levantaba sus mangas de la camisa para mostrarme las cicatrices que había recibido, de cómo se gastaba la semana de pago entre las piernas de las putas más cotizadas del Trocadero. Cuando me echaron de la empresa organizó una pequeña despedida en una cantina de mala muerte donde los fines de semana todos los obreros de las fábricas de la zona terminaban para gastar lo ganado en las horas extras. Era una casa de un solo piso y a medio construir, de techo a media agua, con el frontis cubierto de una maraña de enredaderas de espinas que ardían al tacto y de flores amarillas que por las noches inundaba al ambiente con un olor dulzón y bastante molesto. Saludó y lo saludaron como a un viejo amigo, no me sorprendió. Fuimos con dos compañeros y nos sentamos alrededor de una mesa próxima al patio interior de tierra, desde donde se veían los cuartuchos con techo de esteras cubiertos con plásticos azules para evitar las garúas en invierno y las cortinas a modo de puertas hechas de manteles...

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Funes el “Memorioso” era uruguayo / Memorable personaje de Borges provenía de una familia de ganaderos
Oct29

Funes el “Memorioso” era uruguayo / Memorable personaje de Borges provenía de una familia de ganaderos

La noticia pasó desapercibida y luego ciertamente olvidada, quizás porque no tenemos la millonésima parte de esa capacidad que tenía Funes “el memorioso” para recordar todos los minúsculos detalles que le impregnaba deliberadamente la hipermesia, ese mal que parece un poder de superhérore, pero que al final no es más que una enfermedad mental. Resulta que en el año 1985, un artículo del periodista David Gutiérrez Mendoza, en las páginas de Metrópoli, un semanario local del departamento de Salto, Uruguay, sacó a la luz la posible identidad de quien sería la influencia de Jorge Luis Borges para escribir uno de sus cuentos más memorables. Según el artículo, Funes fue inspirado por Dagoberto Arriaga, un joven estudiante de matemáticas que truncó sus estudios por sufrir un accidente. Dagoberto cayó bruscamente de un caballo, se rompió la cadera y perdió la movilidad de sus piernas. Según David Gutiérrez, este estudiante provenía de la pequeña localidad agrícola de Belén y brilló por su rara capacidad de retener casi con exactitud todo lo que aprendía en un pequeño colegio rural. Este joven, que a los 10 años se recitaba casi todo el Génesis de la Biblia y la tabla multiplicativa del 34 y del 35 (con una facilidad que -según Gutiérrez- ponía nerviosos a sus profesores), logró ser transferido, gracias al apoyo de un tío ganadero, al Liceo Alemán de la capital uruguaya, donde posteriormente brilló entre los alumnos más destacados. Dagoberto fue nutrido por libros de literatura, historia, enciclopedias y todos los libros de actualidad que en su antigua casa no podría tener. Bajo la dirección del profesor Máximo de los Saucez, un enigmático personaje que alternó tertulias de juventud con Macedonio Fernández. En Montevideo, Dagoberto nadaba entre olas de páginas hechas con papel cebolla y tapa de cuero. “Tenía una facilidad para aprender idiomas y sentía un apego por la filosofía presocrática. Pero su máximo placer radicaba en las matemáticas que, según afirman algunos familiares, le cambiaba el rostro y parecía transportado al éxtasis más profundo, a lo que los orientales llaman karma”, se lee en el artículo de David Gutiérrez. Como era de suponerse, Borges supo de Dagoberto por medio de Macedonio Fernández y la idea de hacer una ficticia biografía surgió de inmediato. Era 1931, Borges escribiría el cuento para Ficciones, que publicó recién en 1945. Según David Gutiérrez, este cuento es uno de los más “reales en comparación de los otros cuentos que componen este bello libro”. Por su parte Borges, nunca dijo de dónde le salió la idea del relato y solo se limitaba a decir que se trataba de “una larga metáfora del insomnio”; sin embargo,...

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