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22 hermosos poemas dedicados a la madre

Versos a la madre escritos por César Vallejo, Magda Portal, Gustavo Valcárcel, José Santos Chocano, Alberto Hidalgo, Oquendo de Amat, Abraham Valdelomar, entre otros

 

En todo el planeta, la madre ocupa un lugar especial no solo en la familia, sino en la sociedad, en la historia misma. Y su valor es celebrado en canciones, pinturas, novelas y la poesía.

En los poemas, la madre está presente como figura ejemplar, como la persona que enseña a querer y cuidar, como la primera consejera y la protectora incondicional. También como principal recuerdo, como el dolor más profundo para quienes la han perdido.

Poetas como César Vallejo, Magda Portal, Gustavo Valcárcel, José Santos Chocano, Alberto Hidalgo, Oquendo de Amat, Abraham Valdelomar, entre otros, han dedicado versos a sus progenitoras.

A continuación, presentamos algunos de los mejores poemas que han dedicado los vates peruanos a la madre.

 

1
Madre

Autor: Carlos Oquendo de Amat

Tu nombre viene lento como las músicas humildes
y de tus manos vuelan palomas blancas.
Mi recuerdo te viste siempre de blanco
como un recreo de niños que los hombres miran desde aquí distante.
Un cielo muere en tus brazos y otro nace en tu ternura.
A tu lado el cariño se abre como una flor cuando pienso.
Entre ti y el horizonte
mi palabra está primitiva como la lluvia o como los himnos
porque ante ti callan las rosas y la canción.

(De 5 metros de poemas. Lima, 1927)

 

2

Madre
Autor: José Santos Chocano

Cruza el hombre la vida cual meteoro
Que fugaz rasga el cielo de la pena,
Teniendo el alma de ilusiones llena,
Buscando risa y encontrando lloro;
Pero la madre, –un corazón de oro–
Endulza siempre la vital faena….
Siento menos pesada mi cadena
Cuando digo a mi madre: ¡Yo te adoro!

Yo quisiera cantar a esas mujeres
Que si ósculo de amor dejan impreso
Imprimen esperanzas de placeres…

¿Por qué será, que el celestial exceso
Del sublime cariño de esos seres
Sólo puede decirse con un beso…?

(De Páginas de Oro. Lima, 1944)

 

3

Madre mía
Autor: Federico Barreto

Madre infeliz, tu carta he recibido
y he llorado sobre ella tanto, tanto,
que sus renglones han desaparecido
bajo las turbias gotas de mi llanto…

«Hijo –me dices con amante anhelo
en esos signos que mi pecho adora–
¡Dios te bendiga desde el alto Cielo
como yo lo hago, desde aquí, a toda hora!»

«Hijo, sé bueno y, como bueno, honrado;
no te arrastres jamás sobre la escoria,
y cuando bajes al sepulcro helado
Dios como premio te dará la Gloria.

Conserva siempre erguida la cabeza,
y si te ofende alguna vez un necio,
desprecia sus injurias con firmeza,
que el castigo más grande es el desprecio!

Ama la ciencia, y brillará tu mente;
gana, por fin, la meta de ese modo.
Mira, hijo mío, que en la edad presente
tan sólo es grande el que lo sabe todo.

Sé paladín de toda causa buena;
coloca la razón sobre el deseo,
y cada vez que ruedes en la arena,
álzate con más fuerzas como Anteo.

Anda con tiento ¡Hasta en la alegre vega
vive el reptil y crece los abrojos.
La Fe no sirva para guía: es ciega.
La Duda sirva más: ¡tiene cien ojos!

No olvides con rencor lo que te admira,
porque la envidia ruin, ténlo presente,
es una gloria para el que la inspira,
y es un infierno para el que la siente.

El premio de la lucha es la victoria.
Combate, pues, con pecho decidido.
¡Vacilas? Vuela a conquistar la gloria!
¡Quien no espera vencer, está vencido!

Si odias, depón tu encono envenenado;
si amas, mantén tu amor hasta la muerte,
y, ya seas feliz o desgraciado,
aprende a conformarte con tu suerte.

Ama a la patria con amor profundo,
ámala con inmensa idolatría.
Más que a mí misma ¡Más que a todo el mundo!
iMira que es madre tuya y madre mía!

Respeta siempre todos mis consejos,
si buscas paz, si quieres tener calma,
y hoy que me tienes, de tu vista tan lejos,
no me olvides jamás, hijo del alma!”

Esto me dices en tu carta bella,
y yo te juro, madre bendecida,
que las lecciones que me das en ella
serán desde hoy la norma de mi vida.

Seré austero, sagaz, justo y honrado,
como tú ambicionas y lo esperas…
Por tu amor seré yo bueno o malvado;
por tu amor seré yo… ¡lo que tú quieras!

(De Poesías. Lima, 1964)

 

4
Poema a la madre
Autora: Magda Portal

¿Con cuántas lágrimas me forjaste?

He tenido tantas veces
la actitud de los árboles suicidas
en los caminos polvorientos y solos

Secretamente sin que lo sepas
debe dolerte todo
por haberme hecho así                                sin una dulzura
para mis ácidos dolores

¿de dónde vine yo con mi fiereza
para no conformarme?
yo no conozco la alegría
carrousel de niñez que no he soñado nunca

ah           y sin embargo
amo de tal manera la alegría
como amarán las amargas plantas
un fruto dulce

madre
receptora alerta
hoy no respondas porque te ahogarías
hoy no respondas a mi llanto
casi sin lágrimas

hundo mi angustia en mí para mirar
la rama izquierda de mi vida
que no haya puesto sino amor
al amasar el corazón de mi hija

quisiera defenderla de mí misma
como de una fiera
de estos ojos delatores
de esta voz desgarrada
donde el insomnio hace cavernas

y para ella ser alegre      ingenua               niña
como si todas las campanas de la alegría
sonaran en mi corazón de pascua eterna.

(De Constancia del Ser. Lima, 1965)

 

5

Uva…
Autor: Horacio Zeballos

Uva
vieja
dulce
convertida en pasa de tanto esperarme

De ti aprendí a abrir murallas deshojando las
rosas
del tiempo

A comprender la adversidad con la misma
sonrisa
de un niño.

Tu tristeza alegre tu lealtad de río
la conservo en el cuadro de mi sala.

Esta prisión que vivo tiene más de tu aliento
que de martirio.

El tiempo abre voluntades cicatriza heridas
A veces hay que perder la guerra para vencer
la paz.

Madre
desde que nos separamos tu voz que no termina
viene en el agua

Y tu bastón se va doblando en el heroico
cotidiano batallar.

(De Alegrías de la Prisión)

 

6

Retorno a lo perdido
Autor: Xavier Abril

«En la Villa de Ocaña
vino la muerte a llamar»

A Pablo Manrique

Esta vez que vuelvo de viaje no hallo a mi madre
muerta.
Sólo la casa vacía, hundida del lado de su
ausencia. En
las paredes agrietadas de desconsuelo, trepan
la yedra y el tiempo.

He visto a mi padre en el toque del alba oyendo la voz de mi madre.
Mas ella me falta como puede faltarme el corazón,
la boca, las manos o el despertar.

(De Descubrimiento del Alba. Lima, 1937)

 

7

Mamá
Autor: Alberto Hidalgo

Aquello fue antes de que te aconteciera
En estado de aun no de cuando quizás
Junto al tiempo
Pared por medio de la luz que daba sus primeros
paseos

Donde empieza el azul
Y en la única canción que era envidiada por la
primavera

Naturalmente hablo de mayo

Había dado en punto las 27 y 5 en el exacto
De aquel noveno día
De la sexta semana
Del mes siguiente al último
Del año que recién iba a empezar
Pues el transcurso es solamente la serie de los nombres que les damos

Fue en un lugar de América del que no se sabía si
era de aquí o de sueño

Entre Arequipa y sus polleras verdes
Donde las tardes comenzaban
Y el día tras dormir toda la noche salía entre los
Andes

Toda de virgen y vestida de sonrisa y gracia
La madre andaba aún en fantasías de premoniciones
En las miradas que iban y volvían como preguntas y
respuestas

En el hijo formándose no en su vientre y sí en sus
pensamientos

En las maneras de los cisnes para la suavidad de
acariciarlo

En los arrullos que aprendían a iniciarse en sus brazos
En las dos timideces de su pecho
La vio la poesía y hubo nupcias
De eso nació en genio y figura el soñado Yomismo
Para ser arquitecto de sí propio
Y presidente de sus soledades.

(De Biografía de Yomismo. Lima, 1959)

 

8

La siempre viva
Autor: Mario Florián

Mi madre está muerta.
Mi madre está muerta desde hace tiempo.
Pero llega a su tumba mi gemido.
Pero llega a su tumba mi tristeza.
Pero llega a su tumba mi alarido…
¡Y mi mamá despierta!

Y su mano adorada, como imagen
de Dios sobre su tumba,
como débil relámpago, su mano,
volando de su tumba,
llega a secar el llanto de mis ojos,
viene a extender la luz sobre mi vera,
viene a poner un pan entre mis manos,
¡mi madre, que está muerta!

(De Canto Augural. Lima, 1956)

 

9

LXV
Autor: César Vallejo

Madre, me voy mañana a Santiago,
a mojarme en tu bendición y en tu llanto.
Acomodando estoy mis desengaños y el rosado
de llaga de mis falsos trajines.

Me esperará tu arco de asombro,
las tonsuradas columnas de tus ansias
que se acaban la vida. Me esperará el patio,
el corredor de abajo con sus tondos y repulgos
de fiesta. Me esperará mi sillón ayo,
aquel buen quijarudo trasto de dinástico
cuero, que para no más rezongando a las nalgas
tataranietas, de correa a correhuela.

Estoy cribando mis cariños más puros.
Estoy ejeando ¿no oyes jadear la sonda?
¿no oyes tascar dianas?
estoy plasmando tu fórmula de amor
para todos los huecos de este suelo.

Oh si se dispusieran los tácitos volantes
para todas las cintas más distantes,
para todas las citas más distintas.

Así, muerta inmortal. Así.
Bajo los dobles arcos de tu sangre, por donde
hay que pasar tan de puntillas, que hasta mi padre
para ir por allí,
humildóse hasta menos de la mitad del hombre,
hasta ser el primer pequeño que tuviste.

Así, muerta inmortal.
Entre la columnata de tus huesos
que no puede caer ni a lloros,
y a cuyo lado ni el destino pudo entrometer
ni un solo dedo suyo.

Así, muerta inmortal.
Así.

(De Trilce. Lima, 1922)

 

10

Contigo
Autor: Enrique Peña Barrenechea

Llévame a tu cielo, a tu eternidad,
llévame que el cielo que miro no es cielo
si no estoy contigo, ni la mar, la mar.

Llévame que quiero sentarme a tu lado
y oír lo que acaso me quieres contar:
si el viaje fue largo, si el camino oscuro,
si tuviste miedo de la soledad.

Llévame, estaremos siempre de la mano.
¿Cuánto tiempo, madre, tengo que esperar?

(De Retorno a la sombra. Lima, 1936)

 

11

Lejos
Autor: Juan Parra del Riego

Cabeza de mi madre que no beso
desde hace ya diez años de fragor,
cabeza cana que nunca olvido,
luna dormida en mi corazón.

Pienso en los años que se han perdido…
Con alas de oro, de plata y música
me fui a la vida
¡era como el sol!

Pecho cargado de odios profundos,
frente apretada de doloridos
vinos de recuerdos
¿a dónde iré hoy?

Cabeza cana que nunca sepas
que está tan negro mi corazón…
Con tu remota ceniza dulce
quizá algún día me cure Dios.

(De Poesías. Montevideo, 1943)

 

12

Este anhelo…
Autor: Pablo Abril

Este anhelo de amar que tú me diste,
en tu leche materna bebí yo
con la diafanidad de tus instintos
y la dulzura de tu corazón;

esta verdad terrible de la torpe
vida ¡y esta escondida fe de Dios!
Todo lo que de ti llevo en el alma
lo quisiera poner en mi canción.

Ya no me angustia el duelo de tu ausencia:
en mi voz oigo el eco de tu voz
y sé que estoy contigo, eternamente…
(Yo no sé en dónde, pera sé que estoy).

(De Ausencia. Madrid, 1927)

 

13

Invocación
Autor: Luis Nieto

Recíbeme, madre, como si nunca me hubiese ido,
como si siempre te hubieran escoltado
mis años y sus encinas.

Vengo de la patria distante del polvo,
del territorio amargo de la lluvia y sus castigos,
del mundo donde hasta el aire es extranjero.

He vuelto con mis años de soledad
y mis heridas horrendas,
con mi voz de ceniza humilde,
con el sonido ausente de mi voz en harapos.

He vuelto, madre, a dar vueltas y vueltas
por tu pañuelo de lágrimas,
a trajinar por tus pupilas sin sosiego
hasta perderme en el jardín donde crece
la olvidada violeta de la pena.

Ábreme tus puertas castigadas, madre.
Ábreme tu corazón anciano, en retirada,
para que pasen mis años y tus caídas.

Para que al fin reposen mi frente
y mi sangre caminante
en tu blanca piedra de angustia que venero.

(De Madre, corazón del mundo. Cusco, 1961)

 

14

Tristitia
Autor: Abraham Valdelomar

Mi infancia, que fue dulce, serena, triste y sola,
se deslizó en la paz de una aldea lejana,
entre el manso rumor con que muere una ola
y el tañer doloroso de una vieja campana.

Dábame el mar la nota de su melancolía;
el cielo, la serena quietud de su belleza;
los besos de mi madre, una dulce alegría,
y la muerte del sol, una vaga tristeza.

En la mañana azul, al despertar, sentía
el canto de las olas como una melodía
y luego el soplo denso, perfumado, del mar,
y lo que él me dijera, aún en mi alma persiste;

mi padre era callado y mi madre era triste
y la alegría nadie me la supo enseñar.

(De Las voces múltiples, 1916)

 

15

Madre
Autor: Julián Petrovich

Todo el mundo te ha cantado.
Yo no te canto.
Deposito tu nombre
sobre mi mano
y la beso.
Lloro de pena
y grito de alegría
al mismo tiempo.
Maduro y muero
en tu mirada.
Recojo el polvo
que dejan tus pies
y con ese polvo
me froto la cara.
Sobre tus espaldas
me tiendo
a dormir tranquilo.
No te canto.
Sólo te digo
que guardo en el bolsillo
tu mirada
para arreglarme el cabello
y limpiarme la cara.

Debo tenerla limpia
cuando te recuerdo.
Todas las madres
quieren que sus hijos
vayan a la escuela
peinados y limpios.
También a la vida
debo ir como a la escuela
para que la muerte diga:
«este niño tiene madre».
Vuelvo a decirte: no te canto,
te imploro
para que siempre sigas
peinando mis gruesos cabellos
y me laves la cetrina cara.

(De La paloma asustada. Lima, 1966)

 

16

A ti, madre…
Autor: Augusto Tamayo Vargas

A ti, madre,
te entregué mis primeras palabras, canto fruición,
empalme de letras y de ideas
dichas casi espontáneamente.

Sí. ¿Te extraña, madre?
¿Te extraña ahora desde la altura
o desde el vértigo,
en que entraste con tu dulzura azul?
Mis primeras palabras.
Las que aprendí de ti.
Las que no fueron nunca recuerdo.
Las que tú me enseñaste
contándolas en mis dedos, una a una,
como si se fueran a volar.

Las que deletraba cuando la vida
surgía de una madera sucia,
cuando como sonrisas se esbozaban
dos a dos las cosas.

A ti, madre, como la miel inicial del lenguaje,
como el centro del universo,
como si fuera a empezar siempre;
esencia de la raíz,
de la certeza, de lo primero.

Todo simplísimo; todo principio.
Aquí estoy con los ojos grabados
del desfile de nada al mundo, de mundo a nada;
de línea a panorama; de panorama a punto.
La palabra ha estado buscando su pureza
y de pronto se ha encontrado contigo.

(De Nuevamente poesía. Buenos Aires, 1956)

 

17

El hermano ausente en la cena pascual
Autor: Abraham Valdelomar

La misma mesa antigua y holgada, de nogal,
Y sobre ella la misma blancura del mantel
Y los cuadros de caza de anónimo pincel
Y la oscura alacena, todo, todo está igual…
Hay un sitio vacío en la mesa hacia el cual
mi madre tiende a veces su mirada de miel
y se musita el nombre del ausente;
pero él hoy no vendrá a sentarse en la mesa pascual.
La misma criada pone, sin dejarse sentir,
la suculenta vianda y el plácido manjar;
pero no hay la alegría ni el afán de reír
que animaran antaño la cena familiar;
y mi madre que acaso algo quiere decir,
ve el lugar del ausente y se pone a llorar…

(De Las voces múltiples, 1916)

 

18

Ρoema
Autor: Carlos Germán Belli

Papá, mamá
para que yo, Pocho y Mario
sigamos todo el tiempo en el linaje humano,
cuánto luchasteis vosotros
a pesar de los bajos salarios del Perú,
y tras de tanto tan sólo me digo:
«Venid, muerte, para que abandone
este linaje humano,
y nunca vuelva a él,
y de entre otros linajes escoja al fin
una faz de risco,
una faz de olmo,
una faz de búho».

(De Oh, Hada Cibernética (Antología personal, 1970)

 

19

Elegía
Autor: Arturo Corcuera

(Fragmento)

Mi madre amó los pájaros y amó tanto las flores
que a su casa llegaban todos los ruiseñores
y se hacían canciones todos nuestros dolores.

¡Cómo olvidar sus pasos alegres y prolijos.
Para zurcir heridas sus grandes ojos fijos
y todos sus adornos: rodearse de sus hijos!

Y sus ollas sin fondo. Y el vapor de la sopa.
Cómo olvidar la sombra servida de su copa,
la sencillez de su alma reflejada en su ropa.

Hablarte de su muerte no puedo ni hallo modo,
murió toda pintada como bañada en yodo,
y al irse de esta vida se nos ha ido todo.

 

20

Significas madre
Autora: Violeta de Luz

El día que enmudeciste
parasiempre,
cerré por muchos años
las puertas a la vida.

Hallé las Estaciones
empolvadas, envejecidas y sin ojos.

Madre,
tu ausencia va creciendo
desde entonces
como una mañana de sol,
un paraíso iluminado
o una fuente sellada.

(De Ventana de Amor. Lima, 1957)

 

21

La soledad, esa familia extinta
Autor: César Calvo

(Fragmento)

Candil en otra casa, extraño, de agua
sepulta bajo palio, errante páramo:
tu propio corazón, desventurado
cincel de yesca, en humo nos modela

La soledad, esa familia extinta
que amarguró tu sed, tu voz, te acecha.
Luna, delfín que antes de amar se olvida,
espada y terciopelo del oleaje,
faro sin mar que a desamar me guía,
máscara tras la cual jamás hay nadie

¡Candil de nadie, tú, cincel de fiebre:
negra escalando araña
de un infante de mármol rota frente!

La soledad, esa familia extinta
que se aleja sin ti, nunca se aleja:
plañiendo estás –ajena mente mía–
el inmenso desamor, su luz desierta
¡plañiendo estás ajenamente, mía!

y todo plañe, perro, pasos, ánimas
de infantes asustados en lo oscuro
por ventiscas de antaño, cuentos, grillos
estás plañiendo, y sauces. ¡Sauces que saben
todo, sauces cómplices
que andan por las acequias y navegan caminos
y echan sus grandes sombras
inquietantes, quietas
como tatuajes, contra la brumosa piel del río!

(De Como tatuajes sobre la piel de un río)

 

22

Elegía a la muerte de mi madre
Autor: Gustavo Valcárcel

Escribo para las madres que no han muerto
hoy día que mi dulcísima es sonata
río de luz entrando en las tinieblas
sin haber muerto de raíz porque la fuente sigue

hermanos somos, nuestros hijos crecen
y está mamá en las miradas nuestras
hecha ya tiempo, amor insepultable.

Escribo a las madres que no han muerto
para contarles que cuando yo era pequeñín
enmudeció mi padre de repente
dejando nuestros ojos a secas con sus lágrimas.

Mi madre debió decir entonces:
–Cubramos las heridas del amado ausente
con el padre que yo misma he de ser.
Y viajamos de la miseria al año, o viceversa,
nuestra infancia una vez (multiplicada mucho)
separóse de su heroico cielo.

Pero siguió más padre que nunca
y hasta que lo fui yo, ya grandecito,
y mamá volvió a mamá.

La he visto llegar hasta mi celda
adornada tan solo con sus lágrimas
en plena huelga de mi hambre.

La he visto llegar hasta el destierro
trayéndome en su amor todo el Perú
para que nos sintiéramos como en su antigua casa.
La he visto llegar en la distancia
con moribundo traje,
cayéndose de mí.

Quise volver a ella, y lo impidieron;
pensé volar allá pero me ataron;
grité, grité, mas nadie me escuchó;
hasta que cierta noche llegó un cable:
MAMÁ MURIÓ
y dejé de ser hijo para siempre.

Por el dolor que me causaron
por su anatómico pan hecho migajas
por su final mirada que nunca pudo hallarme:
¡Sigamos adelante!

Escribo para las madres que no han muerto
les lloro gritándome a mí mismo:
ellas viven en los hijos
y también en los hijos del hijo procreado.

Les ruego e imploro que me crean
las madres nunca mueren
porque sus vidas son los ríos
que van a dar al amor que es el vivir.

Me prohibieron juntarme en la última mirada
pero no me prohibirán (eso jamás)
que ya para siempre estés
viajando con mis ojos, sintiendo con mi vida,
errando tras mis pasos por la noche
durmiéndote en mis versos hacia el alba;
versos de ti, también hijos del ser
que sollózame en la yerba sepultada.

Yo sé que no respondes porque te has hecho surco
reposo de la luz sobre el polvo purísimo
bajo el aire más tierra, en tu no–ser cansado.
Pero una de estas tardes me llevarán a Lima
a pasear como un eco de tu aliento perdido
y ya no habrá tristezas, ni cárceles ni ausencias,
porque frente al mar, y al otro lado de la vida,
y en los hijos de los hijos, nietos de tu vientre,
nuestros recuerdos juntos serán los que pasean
de puntillas libérrimos eternos de la brisa.

Sí, madre, tu recuerdo y mi recuerdo
hecho ya tiempo, amor insepultable.

(De Cinco poemas sin fin. Lima, 1959)

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