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[Cuento] ¿En qué momento fracasa alguien que «nació» para ser escritor?

Compartimos un cuento de Juan Carlos Nalvarte, escritor arequipeño que destaca por poseer aquel humor que tanta falta hace en el país. Sus relatos se alimentan de situaciones cotidianas mezcladas con sucesos absurdos, pero que no distan mucho de la realidad porque, al fin y al cabo, ¿qué es real?, ¿qué es la vida, un frenesí?, ¿saben si mañana lloverá o el dólar se mantendrá estable?

«Un escritor como se debe» pertenece al libro Un granito de mostaza y otros cuentos reaccionarios, publicado en agosto del año pasado. Disfruten.

UN ESCRITOR COMO SE DEBE

Autor: Juan Carlos Nalvarte*

Ninguno de los de mi generación podrá olvidar el día que se supo que el hijo de doña Pilar y don Enrique había salido escritor. La respetable pareja de esposos siempre había anhelado tener un hijo, pero la Providencia se lo había negado hasta que, luego de veinte años de casados, doña Pilar quedó en cinta y todo fue alegría para la familia y los amigos. Sin embargo, esta se acabó cuando, apenas nació el niño, se supo que había salido escritor.

Los padres estaban naturalmente desesperados y consultaron con todos los médicos posibles con la esperanza de que contradijeran el espantoso diagnóstico. Incluso viajaron al extranjero a que uno de los más eminentes expertos en la materia examinara al niño. Nada, todos les repitieron la misma fatal sentencia: lamentablemente el niño les había salido escritor y no había cura para eso.

–Sí, queríamos un hijo – afirmaba don Enrique – , pero no uno escritor. Un ingeniero, un veterinario o un taxidermista, un pinche de cocina, un digitador de exámenes de admisión o uno de esos tipos que dan información a los choferes de combi en los paraderos, hasta un abogado podía ser, pero ¿un escritor? –lloraba amargamente.

–Tranquilos, así es la vida –les consolaba un vecino– hay que ir para adelante, si les ha salido escritor, intenten que sea el mejor escritor del país.

Resignados, doña Pilar y don Enrique dedicaron todas tus energías a tal propósito. En primer lugar, don Enrique, desde los primeros meses de vida de su hijo, procuró generar tensión en su relación. Para tal fin consiguió una amante y se dedicó a toda clase de vicios y excesos. Todo esto era algo que don Enrique detestaba, pero qué no sería él capaz de hacer para darle una infancia traumática a su pequeño escritor. Cuando don Enrique se dio cuenta de que, a pesar de sus monumentales esfuerzos, la cosa no andaba bien, que el niño era toda alegría y ternura, decidió morirse sin más, tal vez eso podría ayudar.

Desde ese momento doña Pilar continuó sola la misión de procurarle a su hijo la más esmerada educación para su oficio. Cuando tuvo la edad adecuada, seis o siete años, doña Pilar hizo venir de la capital al más eminente mendigo borracho para que le enseñara a su hijo etiqueta y urbanidad y así este supiera manejarse en todas las situaciones que debe afrontar un escritor que se respete. A los nueve, fue instruido por quinceañeras locales en el fino arte del patetismo y el ridículo. No había noche en la que doña Pilar no dejara en el velador de su hijo alguna sustancia ilegal para promover su vocación. Y cuando mostraba alguna tendencia hacia el orden, la limpieza y la autoridad, doña Pilar lo reprendía gravemente: ¿Y así quieres ser el mejor escritor del país? ¿Quieres que tu madre se muera del disgusto?

Cuando faltaba un año para que su hijo terminase su carrera de Administración de Empresas, doña Pilar lo obligó a retirarse de la universidad y lo obligó a odiarla por haberle obligado a estudiar una carrera que no quería.

Al cumplir los veintitrés, el hijo de doña Pilar conoció a una joven hermosa de la que quedó enamorado. Además de muy bella, la joven era un modelo de virtud y venía de una familia estable y amorosa. Doña Pilar, temiendo que la chica fuera una mala influencia e hiciera que su hijo siente cabeza y torciera su vocación hizo de todo para alejarla y lo logró. Su hijo solo debía mantener relaciones tóxicas que alimentaran su arte. En este sentido, lo conminó para que se mezclara con cuánta chica borderline y extremadamente espontánea apareciera en su vida, incluso intentó con algunos jóvenes para que su hijo pueda afirmar que nada de lo humano le era ajeno. Su insistencia logró que su retoño contrajera nupcias con una mujer mucho mayor que no tenía especial aprecio por la monogamia y que era muy dada a la manipulación, a las apuestas y al uso indiscriminado de hongos alucinógenos, de la que se divorció luego de tres años.

Pero todo este esfuerzo parecía que no daría frutos. A los veintisiete, se veía que el hijo de doña Pilar nunca llegaría lejos: prefería vestir modestos ternos, asearse y peinarse esmeradamente, evitar la procacidad en su lenguaje, nunca provocar escándalo, tratar con delicada cortesía a todos con quienes se cruzara y evadir las ideologías progresistas, además de una pronunciada tendencia a procurarse una vida tranquila con una familia feliz y numerosa.

Doña Pilar estaba absolutamente decepcionada, luego de toda una vida de atenciones y cuidados especiales, su hijo venía a decirle que prefería ser administrador de empresas. Doña Pilar empezó a cuestionarse, a dudar de sí, a culparse, a buscar una razón para su fracaso: ¿no había hecho lo suficiente? ¿Había sido aquel golpe en la cabeza a los dos años? ¿Se lo habían cambiado en el hospital?

Doña Pilar vivía atormentada con estos pensamientos. Cayó en depresión y se dedicó a la bebida. Cuando su hijo fue con la noticia de que había sido nombrado gerente de una fábrica de pan de molde, doña Pilar empezó con las drogas y la promiscuidad. Cuando su hijo se casó con aquella chica que conoció a los veinte y que luego reencontró, doña Pilar se despidió del jabón y de sus refinados modales. Y cuando le trajeron a dos modositos y obedientes niños que le presentaron como sus nietos, doña Pilar empezó a escribir.

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* Juan Carlos Nalvarte Lozada nació en Arequipa, en 1991. Se define como católico, apostólico y romano. Esposo y padre. Abogado y maestro en Historia. También ha publicado El hombre de a cero (2011), Síndrome de Nothing Hill (2013), El indignado (2015) y la comedia Una mujer autónoma, espontánea y profunda, que se puso en escena el 2017.

Un granito de mostaza y otros cuentos reaccionarios puede ser adquirido en las mejores panaderías y ferreterías de Lima, pero como es autogestionado, pueden contactarse directamente con el escritor a través de su cuenta de Facebook, Tik Tok o Tinder. Aunque mejor solo por Facebook.

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