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Cuento de la semana | «Doctor Callahan» de Arturo Mustango

El relato pertenece a la antología de cuentos en honor al escritor Oswaldo Reynoso: Relatos Marginales, publicado en el 2020

«Doctor Callahan»

Autor: Arturo Mustango*

 

Venía de una casa de empeños por el Jirón de la Unión cuando decidí comprarme un revólver. Acababa de comprometer mi guitarra eléctrica y mi cámara de fotos, pero ni con eso me alcanzaba para cubrir el mes. No tenía prisa, así que me puse a recorrer escaparates; de esa manera di con una galería donde descubrí la tienda de armas. Las letras azules de su letrero decían “Gugliementt Protección y Defensa”. Sin pensarlo mucho, entré.

Al día siguiente, martes, me levanté tarde y sorprendí a Katy invitándola a almorzar. Siempre quiso ir al Buzo de Caminos del Inca, así que gasté el dinero que me quedaba en dos corvinas marinadas en limón piurano, a las que acompañamos con almejas con queso gorgonzola. Ella estaba feliz. Yo quería complacerla pues el viernes ella había ido a dejar una encomienda para su mamá en una agencia por La Victoria, y al cruzar 28 de Julio se tropezó y una de sus botas se partió en dos, luego tuvo que caminar cuatro cuadras arrastrando la suela con medio pie afuera. Al llegar a casa no se aguantó más y se quedó llorando como dos horas.

A pesar de los problemas, los que tenía y los que me estaba buscando, la tarde me parecía de maravilla. “Acorrala un hombre para que dé lo mejor de sí”, decía el manual del general  Szun Tzu y, efectivamente, en ese momento yo era un hombre asediado. Mientras tanto, una fuerte vitalidad emanaba brutalmente de uno de mis sobacos donde se balanceaba el aceitado Modelo 29 que me había comprado.

Antes de tomar un bus hacia la oficina, le di a Katy mis últimos 200 soles y le dije que se comprara unos zapatos bonitos, pero ella me preguntó por el alquiler y las deudas del banco. “Solo cómpralos”, le repetí y me marché dándole un beso.

Al llegar me pregunté si el señor Quebrada haría algún comentario irónico pues ya eran las 3 de la tarde, pero no. Como siempre, se apresuró a abrirme las puertas de vidrio y bajé al sótano luego de marcar. Si todo el edificio de la compañía fuera una refrigeradora nueva, pulida, brillante, colosal, la Oficina de Sistemas sería el motor, escondido, enrejado, feo y lleno de cables.

Al entrar veo a Willy mirándome con odio, no contesta mi saludo, pero salta de su asiento y me pregunta por qué no he llamado. Le digo que estaba sin un céntimo, quebrado, que vine caminando desde mi casa porque no tenía para el carro y ahora me tienen que prestar dinero para regresar.

Sergio surge a mi lado, acaba de emerger de la helada sala de servidores; desde el otro lado de la oficina los programadores han parado la cabeza y ahora escuchan atentos, en especial su jefe Lutecio.

—¿Crees que es gracioso Manuel? —me saluda Sergio.

—En absoluto, caminar diez kilómetros para llegar al trabajo no lo es.

—¿Sabes que Tony nos ha gritado toda la mañana cada cinco minutos por tu culpa?

—Tony siempre grita, algún día alguien le dará su merecido o algún día ustedes se cansarán de que les grite.

—Pues invéntate una buena excusa antes de que llegue porque no está de muy buen humor.

Me siento en la computadora, abro mi correo, me imagino que como siempre Tony lo ha estado revisando desde su máquina con la cuenta del administrador, pero nunca me he molestado en buscar pruebas. He escuchado que en Telefónica un tipo ganó un juicio millonario cuando comprobó que su jefe espiaba su computadora, tal vez me convenga ser más avispado. Mientras tanto, Sergio entra otra vez al cuarto de servidores y Willy aparentemente se ha enfrascado en leer unas guías y contratos. Los practicantes Gabriel y Julio se me acercan.

—¿Oye de verdad no tenías plata? —dice Gabriel interesado.

—Hay algo de verdad en eso y algo de mentira.

—Ya me figuraba, yo creo que solo quieres tomarte una pequeña revancha. El señor Tony está que echa chispas, estuvo hablando con el jefe de Desarrollo, el señor Lutecio, tienes que tener cuidado.

—Descuida, sé cuidarme, soy como Charles Bronson.

—¿Quién es ese?

Volví mi cara de incredulidad hacia ellos.

—Mencionen un héroe de acción, un tipo duro de las películas, uno que le guste repartir plomo.

—¿Héroe de acción? —dice Julio como si le hubieran pedido que mencione un jefe de la infantería mameluca de la época de Napoleón.

—Fácil, Rambo, Terminator, Vin Diessel, Jason Statham… —dice Gabriel—, pero al señor Bronson no lo conozco.

Definitivamente no estábamos hablando de lo mismo, en realidad yo quería saber si conocían a esos detectives malhumorados, a esos vaqueros inconformes, aquellos hombres perdidos de rostros agrios que un día se levantaban de mal humor y enderezaban un poco las cosas, alguien como  Hopalongo Cassidy, Franco Nero, Lee van Cleef, Giulianno Gemma; para mí las fantásticas volteretas de Jason Staham mientras aniquilaba enemigos en el aire eran puro ballet ruso, y las habilidades pirotécnicas de Vin Diessel estaban destinadas al público que veía en las explosiones la forma de resolver la situación. Prefiero al tosco y vulgar Gene Hackman de Contacto en Francia o los brutales métodos del imperturbable inspector Callahan de Harry El Sucio.

Por eso ayer, cuando entré a la vieja tienda de armas pedí un revolver Magnum 44.

—Perdón hijo, lo que usted quiere es el revolver Smith and Wesson M29 que es capaz de soportar cartuchos Magnum 44.

—Si es el modelo de Harry El Sucio entonces eso es lo que necesito.

El viejo dejó a un lado el ejemplar de Selecciones de Reader’s Digest que estaba leyendo, luego saltó de su banco y con un andar encorvado se metió al interior.

—Espere un poco —dijo—, esa arma lo ha estado esperando a usted.

Se lo debía decir a cada cliente que le pide una pistola rara, quizá me traiga un viejo modelo oxidado inservible, pensé. Afuera no pasaba mucha gente y no podrá decirse al menos por las apariencias que el viejo recibía muchas visitas. Los vidrios exteriores estaban sucios, la puerta era pequeña, el mismo letrero no se notaba muy bien, hasta olía a rancio, grasa, como si alguien hubiera estado desempaquetando chorizos envueltos en papel. Entre las armas que había se notaban unas cuantas escopetas de caza, un par de retrocargas, pero no logré observar ni pistolas ni revólveres, pero sí cajas y cajas de municiones. En las paredes empotradas estaban unas armas ninja, o chinas, o japonesas; había sables, guantes con púas, estrellas y una montura para brazo con puntas. Arriba en el techo, como si quisiera atenuar el ambiente a museo, colgaba una pelota de básquet marca Wilson.

—Aquí está, oiga usted —el tendero apareció con una caja de madera muy grande, al principio me pareció que traía un mosquete dentro—. Verá, es de segundo uso, pero es una de las que se usó cuando filmaron la película. Luego de su éxito tuvieron que fabricarla como locos, pero ahora esta descontinuada, ahora prefieren las 38 especial.

Por supuesto que no le creí, el pequeño viejo debería estar un poco loco.

—Entonces no puedo pagarla, debe ser de colección.

—Claro que puede, no vale tanto como usted piensa, además no tengo ningún certificado de la Paramount que acredite que estuvo en manos de Clint Eastwood, solo se la voy a vender porque fue el único que preguntó por ella en años. Deme mil soles y es suya, no se va a arrepentir, se lo aseguro.

—¿Pero funciona? ¿Cómo sé que dispara, tal vez sea solo de utilería?

—Acérquese, sáquela de su caja, eso es, tómela con la derecha, ¿verdad que pesa? Eso, hasta que se acostumbre, sino va a tener que usar las dos manos, usted tiene la complexión un poco delgada, pero es alto, podrá llevarla colgada al hombro; vea, le regalo el aparejo más doce balas, ¿son grandes verdad? Puede detener un búfalo con ellas. ¿Sabía que Frank Sinatra rechazó el papel del inspector Callahan porque no pudo resistir el peso? Dígame, ¿le parece de mentira? Voy a hacer una cosa, se la voy a acomodar un poco; a ver, sáquese la chaqueta, mire, esto se coloca y se abrocha así, la funda va aquí, le va a molestar un rato, como cuando le colocan un diente nuevo, luego no se lo va a querer quitar ni loco; ahora el arma, gran cañón, ¿no? Solo su tamaño asusta a un helicóptero, se la voy a cargar con seis balas, he conocido personas incluso policías que les gusta portar un arma descargada, solo la muestran en su cinturón, no haga eso nunca, muchos se confunden, que a uno le guste las armas es una cosa pero que a uno le guste disparar a las personas es otra, no soy partidario de ir matando gente pero uno siempre debe llevar el arma cargada o no llevarla, es así de simple, ya está, póngase la chaqueta, pronto irá tomando postura, tome aire y enderécese un poco.

Sentí que no solo el arma estaba cargada con munición. Yo mismo tuve la sensación de que me habían cogido por el tambor y llenado de proyectiles. Di las gracias, cogí la caja vacía de la M29, atravesé la puerta sintiendo los ojos del viejo sobre mi espalda, afuera los pasillos de la galería ya no me parecieron tan oscuros, caminé hacía la plaza San Martín, tenía la sensación de que si volteaba la armería ya no estaría en su sitio.

Luego de caminar media cuadra me comencé a sentir como un tigre, el mundo me pertenecía, el atardecer gris del Jirón de la Unión ahora era una tarde alegre de verano. Esa noche llegué a casa y aunque puse el revólver encima de un baulito del ropero sin decirle nada a Katy, la sensación de ser un animal poderoso no se desvaneció.

Y no se apagó incluso cuando la amenazadora sombra de Tony lo antecedió en la entrada de la oficina, Gabriel y Julio se retiraron a sus sitios, Willy tomó el teléfono para hacer una llamada.

Con un gesto de la mano, el jefe me indicó que debía seguirle al tiempo que decía escuetamente:

—Ven, Manuel.

Lo seguí a la oficina, cerró las puertas tras de mí, se quitó parsimoniosamente el elegante saco plomo con chispitas de colores.

—¿Y?

—¿Y qué?

—Escúchame bien imbécil, no pongas tu cara de idiota, aquí no se toleran poses de nadie, muchos menos de un miserable como tú. Quiero tu carta de renuncia en este instante.

Tony era de esos jefes que esgrimían tu carta de renuncia cual un mandoble sobre tu cabeza, la mayoría de veces su víctima era arrinconada hasta que pida disculpas y quede como eterna esclava de sus designios. En otras ocasiones, simplemente eran acusados de alguna oscura e inventada falta grave para ser despedidos inmisericordemente porque Tony siempre hacía lo que quería en la Compañía.

—Lo siento Tony, Smith dice que no.

Tony se puso de pie adelantando el entrecejo.

—¿Cómo dices? ¿Quién diablos es Smith?

—¿Qué no lo conoces? Mira te presento al señor Smith and Wesson —y saqué el calibre 44 del bolsillo para que Tony lo conociera.

Al verlo quedó impresionado, boqueó como un congrio recién sacado del agua, cayó para atrás y me señaló temblando como un plato de gelatina llevada por mi abuela en monociclo sobre las torres de Notre Dame.

—…omesami…

—¿Qué dices Tony? No puedo escucharte.

—Ooombres a mí.

Pobre, se le había ido la voz.

Cuando salí de la oficina Tony seguía tragando aire, nadie me dijo nada mientras enfilaba a los pisos de arriba rumbo a la Gerencia, solo Lutecio saltó corriendo a auxiliar a su amigo.

Karla, la guapa secretaria me recibió con una sonrisa encantadora, la verdad nunca me hizo mucho caso, pero esta vez se paró, me mostró sus dientes y dejó que yo viera cómo se rizaba un lacito de su negra cabellera.

—Tengo que hablar con Wenchi, encanto —le dije.

Ella abrió la puerta mientras me olfateaba:

—Correcto campeón, pero luego quiero que hables tú conmigo.

Wenceslao estaba con el teléfono en la mano, tuvo que cortar a mi llegada, me saludó.

—¿Cómo estás, Manu?, ¿qué dice Katy, cómo están los estudios en la universidad, cuándo retomas? Todo el apoyo para ti, por si acaso.

No voy a decir que no me sorprendió, cosa que manifesté alzando una ceja. Generalmente para los gerentes yo era poco más que un robot de mantenimiento. Recuerdo que siempre me mandaban a arreglar sus portátiles a la hora del almuerzo como si yo fuera un Toyota Priux que me alimentara a punta de andar subiendo y bajando pisos.

—Todo muy bien Wenchi, mira no te quiero quitar tu tiempo, solo he venido a…

—Oh, por favor, Manu, permíteme antes decirte que se te ha asignado a tu sueldo de 20 mil dólares, además de una asignación de cinco mil kokús de parte de los directores japoneses, tú sabes que un kokú en arroz es más o menos 500 yenes, pero claro no te los vamos a dar en yenes ni en arroz. Además, comprenderás que por un error involuntario de la empresa no te hemos dado tu verdadero sueldo en los diez años que has laborado aquí de gerente furtivo, así que ahora que recuperas tu sitial se han dado instrucciones a Recursos Humanos para que en este momento te estén pagando en forma retroactiva todo lo que te debe la empresa. Más bien, hubo algunos problemitas con la casa de Asia, pero ya la terminan de remodelar y puedes pasar con Katy y tu hermosa gata Nena a vivir por ahí desde este fin de semana. La Toyota Prado sí la puedes utilizar ya ahorita, hasta que llegue la Rubicon que tanto te gusta. ¿Un habano?

—Claro que sí —dije.

—Con que fumando, ¿no?  —la voz a mis espaldas de Marcy, la gerente de operaciones me sorprendió y automáticamente me puse de pie.

—Oh, por favor, sigan muchachos, más bien denme uno —grácilmente Marcy, atrapó el cigarro que le tiró Wenceslao—. Es bueno que estés con nosotros Manuel, deberíamos tener una reunión, justo este fin de semana vamos a juegos de guerra en casa de un noruego simpatiquísimo, tú no sabes, va a ver harto whisky y esclavas jenízaras traídas para la ocasión, también va a ir Roque Romero con su esposa. Saben qué, muchachos, me han pasado el chisme de que Roquecito se ha vuelto bien raro, ahora es asiduo concurrente de los clubes swingers hardcore.

Estaba empezando a interesarme ver cómo se divertían los gerentes cuando Karla gritó.  Tony traía una escopeta, seguro que se la había quitado a uno de los guardias que venían atrás de él y no se decidían a intervenir. No venía solo, a su lado estaba Lutecio, su lugarteniente. Ambos empujaron a Karla y Tony finalmente la tomó del pelo.

Lutecio, era su compadre adulador, sobón, gordo y calvo, por la cercanía con su jefe Tony poseía un montón de gollerías, le aumentaban el sueldo cada seis meses, venía al trabajo el rato que le daba la gana, se la pasaba viendo telenovelas mexicanas en su oficina y recibía casi la mitad de las comisiones por compras sobrevaluadas de equipos para la compañía. Si alguien le caía mal, Tony se encargaba de buscarle la sinrazón para botarlo de la empresa, pero antes le congelaba el sueldo, le negaba los ascensos o simplemente le negaba las vacaciones.

Ahora, no contentos con amenazar a los vigilantes, a los gerentes y a mí, se habían apoderado de la bella Karla quien pataleaba dejando ver más cosas en un instante de todo lo que yo puede verle en cinco años.

—Quiero a ese jodido de Manuel o la mato —amenazaba Tony en la puerta de gerencia. Para convencernos de sus propósitos disparó hacia el techo que explotó con una lluvia de esquirlas.

—Eso no te lo vamos a permitir.

—¿Quienes, tú y ese malnacido traidor o esa perra corrompida? —creo que se refería a los gerentes, la verdad es que nunca los escuché llamar así salvo en un antiguo correo de anónimo.

—Smith y yo —repliqué mientras sacaba la 44 de la sobaquera.

—Te lo advierto ella muere si no echas tu pistola al suelo —y pasando a Karla a las garras de Lutecio, la apuntó con la retrocarga.

—Adelante, alegra mi día —le contesté mientras la Smith and Wesson enfilaba su poderoso cañón contra su pecho.

Un instante de vacilación de Tony frente al feo ojo de mi arma bastó para que los dos vigilantes aprovecharan y se le echaran encima. Lutecio se quedó inmóvil mientras dirigía la magnum 44 contra él, luego la llegada de la Subunidad de Acciones Tácticas terminó de solucionarlo todo.

Luego de consolar a Karla y dejarla en su silla mientras la policía retiraba la escoria, Wencesalo se quedó admirando mi revólver.

—Muy bonito, has escogido el calibre adecuado, los milímetros de ancho de cañón y el peso adecuado, pero sobre todo en el momento adecuado.

—¿Qué quieres decir? —pregunté intrigado.

—Que me recuerda cuando yo cambié también la miserable vida que llevaba cuando decidí comprarme esta Parabellum, que perteneció a Hans-Ulrich von Oertzen, gran amigo del Conde Claus von Stauffenberg.

—Sí —dijo Marcy interviniendo—, después de pasarme toda la vida buscando libros secretos, estudiar diplomados en Europa y acostarme con hombres poderosos, descubrí casi por casualidad que esta Colt 44, que perteneció a Hopalongo Cassidy, me abría las puertas a la élite. Basta tenerla en mi bolso para que el mundo deje de preocuparme. Y ahora tú has descubierto el secreto de la gente poderosa en el mundo. No es nacer genio, no es tener un postgrado, no es el constante esfuerzo sobrehumano, siempre ha sido y siempre lo será tener el arma correcta en la mano.

 

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*Arturo Mustango (Lima, 1973). Estudió Ciencias de la Comunicación  en la Universidad Nacional Federico Villarreal. Algunos de sus relatos se pueden encontrar en el blog: reytuerto.com. En agosto de 2020 publicó su cuento “Doctor Callahan” en la antología de cuentos en honor a Oswaldo Reynoso: Relatos Marginales, de la editorial La Rata Esquizofrénica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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