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El derecho a descansar en paz: Víctor Jara, a 50 años de su asesinato

Un breve recorrido por los últimos días de Víctor Jara, el artista chileno que le cantaba al obrero, al campesino, al amor y a la vida

 

La mañana en que las Fuerzas Armadas salieron a quebrantar el orden democrático en Chile, Víctor Jara no se quedó en casa. Tomó su guitarra, como si fuera una parte importante de su cuerpo, y se fue directo a la Universidad Técnica del Estado (UTE), donde trabajaba. Era marte 11 de setiembre, los aviones bombardeaban el palacio de La Moneda, y sabía el peligro que corría por ser en ese entonces miembro del Partido Comunista de Chile y uno de los rostros más representativos de la “Nueva canción chilena”, aquel movimiento que le cantaba al obrero, al campesino, contra la desigualdad y en favor de la paz social.

Víctor Jara llegó a la universidad y se internó para desde ahí hacer frente a la dictadura de Augusto Pinochet que apenas estaba mostrando las primeras garras y dientes. En el claustro cantó, y se dirigió a los estudiantes y profesores. Y aunque el mismo rector le dijo que tenía que irse para ponerse a buen recaudo, el autor de “Te recuerdo Amanda” dijo que no, “yo tengo aquí mi lugar”.

Tras la muerte de Salvador Allende, quien se suicidó antes de ser apresado por los militares, la segunda parte de la toma de poder se empezó a concretar. El 12 de setiembre la UTE fue ametrallada, y tanto estudiantes como profesores fueron apresados como si estuvieran en una guerra. Los echaron boca abajo con las manos en la cabeza, los acomodaron en el patio como ganado y pronto serían llevados en camiones. Entre ellos también estaba Víctor Jara.

En total fueron unas 600 personas las que fueron ingresadas al estadio de Chile. Como prisioneros, pasaban en fila india con las manos en la nuca. De pronto, uno de los oficiales que estaba verificando el ingreso de los detenidos, reconoció entre la multitud a cantautor y ordenó de inmediato: “¡A ese hijo de puta me lo traen por acá!”. Cuando uno de los soldados lo empujó apenas con la culata de su arma, el oficial reclamó: “¡No lo traten como señorita, carajo!”. Entonces, Víctor recibió un culatazo en la espalda, tan fuerte que cayó.

Boris Navia, entonces jefe del Departamento Personal de la UTE, cuenta que cuando cayó, el oficial sacó su pistola y lo golpeó reiteradas veces en la cabeza, hasta que de su frente empezó a brotar chorros de sangre que se extiende por todo su rostro. Como es lógico, el oficial está encapuchado y no se distingue ningún galón o nombre que ayude a identificarlo. Como si no había sido suficiente, el oficial pisa los dedos de Víctor Jara (aquellos cómplices de tantas bellas melodías), y con la otra bota autoritaria empieza a pisotearle la muñeca y le dice: “Ahora si ahora vas a poder cantar, hijo de puta”.

Tras la golpiza, Víctor Jara fue colocado en un pasadizo como si fuera un trofeo. Los demás estudiantes y profesores no podían hacer nada al respecto. Estaba sangrando y a duras penas se podía mover.

En el día 14, cuando el soldado que lo custodiaba o dejó solo, los compañeros de la gran celda lograron arrastrarlo hacia las graderías. De inmediato le limpian el rostro, le curan las heridas con lo que pueden, le dan agua y por ahí alguien le alcanza un huevo crudo. Tras perforar el cascarón, Víctor logra se traga la clara y yema de un bocado y dice: “Ahora sí, mi corazón late como campana”. Tras recuperar un poco del aliento perdido, algunos intentan cortarle los rizos característicos del cantautor con un cortauñas para que los militares ya no lo reconozcan, pero la suerte de Víctor estaba echada.

El día 15, los militares lo volvieron a ubicar entre la multitud para llevarlo a un camerín subterráneo. Ahí lo golpearon, lo torturaron, y finalmente le dispararon en la cabeza. Luego, sin saber que no se puede matar a un artista de su clase tan fácilmente, lo acribillaron y tiraron el cuerpo en las afueras del Cementerio Metropolitano. En total tenía 56 fracturas óseas y fueron 44 balazos los que recibió aquel hombre que le cantaba al amor, a la vida, al labrador, a los dichos populares y a su esposa Joan Turner, bailarina y activista política británica de quien se enamoró profundamente.

Solo dos meses antes, Víctor Jara había ofrecido un concierto televisado por Panamericana Televisión. Allí, el autor de “Deja la vida volar” se refirió al amor como una de las temáticas de sus canciones: “Yo creo que nosotros somos porque existe el amor, y queremos ser mejores porque existe el amor, y el mundo gira, crea, se multiplica porque existe el amor. Nosotros, a los que nos dicen cantantes de protesta (yo no estoy de acuerdo con ese término, no considero que es un término válido, por lo menos para mí), creemos que el amor es lo fundamental, la relación del amor de un hombre a una mujer, de una mujer con un hombre, o del hombre con sus semejantes, con sus hijos, con su hogar, con la patria, con el instrumento con que trabaja. Es vital, es la esencia de la razón de ser del hombre. Por eso no puede estar ausente de la temática de un cantor popular”.

Esta declaración fue para explicar que la nueva música chilena, influenciada por Violeta Parra, no solo le cantaba a las cuestiones sociales de su época con el fin de dar un mensaje profundo, sino también le cantaba al amor y a la vida. Una de sus canciones más conocidas, por ejemplo, es “El derecho de vivir en paz”, un himno que recuerda su deseo de que todos los seres humanos puedan vivir en armonía, como hermanos, sin guerras, sin los abusos de las fuerzas opresoras que el 15 de setiembre acabaron su vida.

Otra de sus canciones, donde expresa por qué y para quién canta, es “Manifiesto”, una de sus últimas grabaciones. “Yo no canto por cantar / ni por tener buena voz, / canto porque la guitarra / tiene sentido y razón”. “Que no es guitarra de ricos / ni cosa que se parezca / mi canto es de los andamios / para alcanzar las estrellas, / que el canto tiene sentido cuando palpita en las venas / del que morirá cantando / las verdades verdaderas”.

El cadáver de Víctor Jara fue encontrado por dos vecinas del cementerio. Tras un aviso, fue llevado al Servicio Médico Legal, donde un joven funcionario lo identificó y dio aviso a su esposa. Posteriormente, a escondidas, Joan se llevó el cadáver y lo enterró en un nicho clandestino, sin nombre, del Cementerio General de Santiago. El cantautor, director de teatro, profesor, escritor y, sobre todo, un ser humano muy comprometido con sus semejantes, tenía apenas 40 años.

Descansar en paz

A fines de agosto de este año, la Corte Suprema de Chile condenó de manera definitiva a siete exmilitares del Ejército como autores del secuestro y homicidio de Víctor Jara.

Después de 50 años fueron condenados Raúl Jofré González, Edwin Dimter Bianchi, Nelson Haase Mazzei, Ernesto Bethke Wulf, Juan Jara Quintana y Hernán Chacón Soto a 15 años y un día de prisión al ser considerados autores del homicidio. Además, a 10 años y un día por secuestro calificado. Por su parte, el exoficial Rolando Melo Silva fue sentenciado a 5 años y un día, y a otros 3 años y un día de cárcel, como encubridor del homicidio y secuestro, respectivamente.

Dice un dicho popular: “La justicia tarda, pero llega”. Sin embargo, cada vez cobra mayor fuerza otro dicho más poderoso: “Justicia que tarda, no es justicia”. En cualquier caso, todos –creyentes o no– además de tener el derecho de vivir en paz, tenemos también el derecho a descansar en paz. Y no se puede tener paz en esta vida o en la otra si es que la justicia siempre ha sido esquiva, especialmente para los más de 3 mil muertos y desaparecidos de una de las dictaduras más perversas que le ha tocado vivir a un país sudamericano.

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