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“La casa encantada”, un cuento de Enrique Verástegui

El relato fue publicado en 1998, en la desaparecida revista Motivos. Es una historia que hace referencia a una casa que existe en Lunahuaná, famosa por estar supuestamente embrujada.

El cuento fue publicado en la revista Motivos, edición 42 de 1998.

Mucho antes de su fallecimiento, ocurrido en julio de 2018, Enrique Verástegui ya era una de las voces más importantes de la literatura peruana y de habla hispana en general. Desde su primer libro En los extramuros del mundo y su participación en el Movimiento Hora Zero, junto a Juan Ramírez Ruiz y Jorge Pimentel, el poeta limeño-cañetano ya tenía una voz original que se posicionó de inmediato desde la década de 1970 y trasciende hasta la actualidad.

Verástegui destacó también por incursionar en la narrativa, el teatro, la filosofía, las matemáticas, cine y el  periodismo. Entre sus obras destacan más de 20 poemarios e igual número de libros filosóficos, así como novelas y crónicas de viajes. Asimismo, colaboró en diversas revistas culturales con sus textos literarios y, además, redactó ensayos sobre ciencia, como aquel dedicado al astrofísico Stephen Hawkings.

Pese a que fue un prolífico autor, se conoce poco de sus otras facetas y sus obras no han sido reeditadas o no han tenido una divulgación mayor. Si ya es difícil encontrar en las librerías del país algún libro suyo de poesía, es incluso más complicado hallar algún libro que recoja su narrativa.

Nosotros tuvimos la suerte de toparnos con uno de sus cuentos hurgando en revistas que dejaron de circular hace años. “La casa abandonada”, es un relato que Verástegui publicó en 1998 a modo de colaboración en la edición número 42 de Motivos, una revista cultural dirigida por Borka Sattler y editada por Miguel Lescano. El mismo cuento también fue publicado en 1999, en la edición número 2 de la revista Hipocampo de oro.

Este cuento hace referencia a una casa que sí existe en Lunahuaná (Cañete), y tiene la fama de estar embrujada debido a un hecho sangriento, según la tradición popular y algunos reportajes de medios sensacionalistas.

A continuación, transcribimos el relato. Esperamos que lo disfruten:

La casa encantada

Ilustración: Miguel Lescano

Enrique Verástegui

Más allá, mucho más allá de Lunahuaná, ese pueblito casi perdido en los Andes limeños, queda –antes de Catapalla, otro parquecito, su iglesia en miniatura, y sus calles desoladas– la casa donde Andrea me había invitado a pasar la noche; una casa de color verde claro, casi fosforescente, construida sobre una vuelta del camino, con ladrillos y cemento que el viento ha ido descascarando, al pie mismo de lo que parece el cruce de un mismo ramal de los Andes, montañas de piedras imponentes que, tres o cuatro metros más allá, cruzando el camino que avanza siempre en curvas, se abren sobre el caudaloso río Cañete. Comprometido como estaba –quizá como estoy todavía– con el cambio de prosa de mi país no me había quedado otra alternativa que aceptar la invitación de Andrea para conocer la casa encantada de Lunahuaná y, de ese modo, escribir algo sobre esa experiencia. Andrea era una joven francesa interesada en experimentar los varios asuntos de la vida pero, sobre todo, paladear en su mismo lugar de origen las virtudes rejuvenecedoras de la jalea real que preparan las abejas para la reina, que ella había leído en tantos catálogos dedicados al turismo y que los lugareños –a quienes se les conocía por su longevidad– sabían muy bien.

Habíamos salido temprano de Lima, a eso de las diez de la mañana, y dos horas después el jaguar que ella manejaba tan perfectamente como un ping-ball arribó a esa larga cadena de casas de campos, campings, y hostales que se levantaban a todo lo largo del río Cañete, en el valle de Lunahuaná, donde, ciertamente, después de adquirir queso, panes, y unas botellas de vino manzanilla –el sabor dulce del vino es propio azúcar de la uva, nos había dicho el bodeguero– enrumbamos hacia la casa encantada. Esta tenía, como ya he dicho, dos pisos desde donde, a través de tres ventanas, a los que los lugareños y el tiempo habían quitado los marcos se contemplaba un paisaje paradisíaco, idéntico al que se observa en los almanaques y postales, como si se hubieran colocado fotografías tridimensionales donde el río se extiende, inmenso y poderoso, un paisaje para enamorarse y quedarse toda la vida allí. Andrea aparcó el jaguar a un lado de la casa misteriosa, abrió la portezuela y descendió mientras yo había lo mismo. A continuación abrió la maletera del auto y sacó su mochila viajera que, después de colocarla sobre el hombro que se estremeció al recibir el peso, empezó a caminar hacia la casa. Andrea era cantarina y se encontraba de muy buen humor ese día.

–¿Qué haces que no me acompañas? –dijo, invitándome a seguirla.

–Está situada en ligar bastante extraño –dije, contemplando el contexto de la casa, y el aire misterioso que emanaba en ella.

Pero Andrea ya había colocado el pie en los escalones de cemento que conducían al interior, y sus pasos, firmes y seguros como sus botines de cuero de venado con zuelas de caucho, resonaba como un eco que se desprendiera de la escalera para esparcirse por todo el valle. Andrea era esbelta, blanca, caderas estrechas pero poderosas enfundadas en el bue-jean color azul cielo que llevaba puesto. Sus cabellos castaños lanzaron un destello para contemplar el paisaje, para extenderme una mano y ayudarme a trepar los últimos peldaños. Si el clima del valle era más bien soleado y veraniego, el que despedía la casa estaba marcado por una atmósfera extraña y silenciosa, nada atractiva para una pareja que pensaba pasar la noche allí. Andrea depositó su mochila a la entrada de la casa, y esta lanzó un ligero ruido, como si hubiese ocurrido un pequeño temblor, un aliento helado que nos golpeó en el rostro y que nos recordó el aire que se desprende del frízer cuando se abre la congeladora.

–Notaste el aire frío que sale de la casa? –dijo Andrea, los ojos llenos de misterio, el talante de una mujer que busca aventuras verdaderas.

–Supongo que en estas cosas hay que mezclar la sensibilidad al poder mental –comenté.

La casa estaba hecha una perfecta ruina pero los trazos de un arquitecto moderno e inteligente todavía se notaban en ella. Paseamos un rato por toda la casa, metiéndonos a lo que supusimos la habitación par adormir y penetrando en lo que sería le comedor –allí quedaban las dos ventanas desde donde contemplar el bellísimo paisaje despertaba sensaciones de una comarca salvaje y, sin embargo, exquisita, que, definitiva, te fijaban la casa para siempre, mientras la otra ventana quedaba en el cuarto de dormir– y luego, bajando por la parte trasera, penetramos en la cocina perfectamente excavada sobre enormes pedruscos que conformaban la cordillera. El piso de la cocina estaba cubierto de un agua pantanosa, llena de musgo, humedad, y frío, que nos hizo pensar que en el subsuelo de la cordillera existía un manantial que, de la forma que fuere, buscaba aflorar a la superficie. Cruzando el río, y a unos veinte kilómetros, donde terminaba abruptamente la cordillera, en la zona llamada Rinconada de Conta la cordillera también abría una enorme boca de dragón para dejar aflorar un manantial de aguas verdosas que el ingeniero Enrique Takajachi –un migrante japonés fascinado por los lugares exóticos de Cañete, donde se había aposentado casándose con una lugareña después de abandonar el kimono y los rituales de su Kioto natal– había empezado a explorar con el fin de irrigar sus sembríos de maca sexual de los incas pero también con vista para colocar un alambique para procesar productos minerales. Así que no era raro que la casa encantada de Lunahuaná en cuyo piso trasero afloraba un agua que provenía de las propias entrañas del Ande contuviera un tipo de mineral radiactivo capaz de hacer sonar las cuerdas de una guitarra solitaria, cambiar las cosas de lugar, hacer que las emisiones de las radioemisoras limeñas se entrecruzasen, y los puñales volasen por los aires, que los lugareños tomaban por penas, encantamientos, aparecidos, y fantasmas. En realidad, la casa había sido construida porque desde ahí se obtenía una vista impresionante del paisaje del río Cañete, pero nadie recordaba que allí, en el presente, o en el pasado, se hubiere cometido crimen alguno. Mi intención al aceptar la invitación de Andrea para pasar una noche en la casa encantada era precisamente ubicar el lugar de un relato cuya prosa encantase a mis lectores, interesados en adquirir una visión transfinita de las cosas. Más de unas horas después de haber llegado a la casa encantada, habernos paseado por ella como nos había dado la gana, y habernos aposentado para pasar la noche, habíamos consumido un par de botellas de vinos manzanilla, y el ardor del licor corría tumultuosamente por nuestras venas, tiñéndonos de rosa la mejilla. Como resultada imposible escuchar música por la radio o por cassette, y dado que de la guitarra que ella había llevado se desprendían melodías que ella no había pulsado, debido a las fuerzas extrañas que manejaban aquella casa, no nos quedó otro camino que meternos en el mismo sliping para dormir, abrazados, y así pasar la noche hasta el amanecer del día siguiente. Entonces Andrea sintió que una mano la despeinaba, mientras yo sentía lo mismo, y concluimos que no había forma de enfrentarse a las fuerzas misteriosas que movían esa casa embrujada. Andrea empezó a temblar pero yo, cruzando mis muslos sobre sus muslos para apretarlos contra mí, y darle calor, le dije:

–Calma, amor, no temas que mientras estés conmigo nada puede pasarte.

–Tengo pánico, Alex, esta casa está embrujada y ese es el castigo por haber asesinado a mi novio –balbuceó Andrea.

–¿Asesinaste a tu novio? ¿Quién era tu novio? –pregunté, incrédulo, más por seguir la corriente que porque el pasado de Andrea me interesase.

–Fue en la Provenza –dijo Andrea, sacudida por un temblor mortal–. Mi novio se llamaba Enrique, un escritor de relatos de terror, que tuvo la mala fortuna de convocar mi alma una noche en un castillo donde se jugaba a la Ouija.

–Pero eso es solo un cuento propio de una noche como esta, muy lejos de tu Provenza, en una casa encantada de Lunahuaná –repliqué, para calmar los nervios alterados de Andrea.

–No Alex, no –dijo Andrea poniendo tensos sus muslos–. Yo fui ahorcada y quemada en Francia acusada de bruja, hace muchos siglos, pero desde entonces mi alma se mantuvo en el campo astral buscando el momento de reencarnarse hasta que me posesioné de Andrea, una pintora conceptual de mucho éxito en París, casada con el escritor Enrique Saint Lazarfelds, al que terminó asesinando en una casa encantada de Provenza.

–Si ello es así –dije, sacando conclusiones del relato de Andrea–, la próxima víctima soy yo, ¿o me equivoco?

Andrea emitió un gemido largo, angustioso, horripilante.

–Solo que te equivocas en un punto –dije, la voz calmada, los ojos puestos en la nada–. La lógica de los objetos dice que yo estuve ausente aquella noche en Provenza, o que yo no te pertenezco. A quien asesinaste fue a Pierre Horowitz, el dueño de la galería expresionista, y yo, que escribo en los estilos múltiples del siglo XXI, he venido hasta Lunahuaná para exorcizarte, rescatarte de la pira de llamas donde se carboniza tu cuerpo, llevar paz para tu alma perseguida por las fuerzas elementales de la naturaleza, devolverte al mundo galante de los pintores de éxito donde has encontrado tu verdadera reencarnación, y tu destino.

Algo había crujido en lo profundo de las entrañas de los Andes, pero ya amanecía cuando el veloz Alfa-Romeo que me conducía me depositó en la avenida Saint Germain des Pres de París, mi verdadero mundo, el lugar donde estaba situado el café de Flore, y donde llegaba para, en una de las mesas de su terraza, escribir un relato de mi aventura por el exótico Perú donde exorcicé a Andrea y, tras la magia de la New Age, recuperé mi verdadera identidad, la del escritor super-ficción entretenido en un mundo de magia virtual.

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