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La ternura de César Vallejo en Los heraldos negros

Por: Miguel Pachas Almeyda*

En 1918, Abraham Valdelomar, luego de leer los manuscritos de Los heraldos negros, publicó un interesante artículo en la revista “Sudamericana” en el que calificó a César Vallejo como el “poeta de la ternura”.  

En efecto, encontramos en varios poemas estos sentimientos excelsos que distinguieron a Vallejo desde sus inicios como un poeta excepcional, verbigracia, “Bordas de hielo”, “El poeta a su amada”, “Verano”, “Terceto autóctono I”, “Idilio muerto”, “Ágape”, “La de a mil”, “El pan nuestro”, “Absoluta”, “Para el alma imposible de mi amada”, “Los anillos fatigados”, “Dios”, “Los pasos lejanos”, “A mi hermano Miguel” y “Enereida”.

Enamoradizo, como siempre, en el poema “Bordas de hielo”, Vallejo se dirige a una bella muchacha trujillana de apellido Murgía, con estos encantadores versos: “Vengo a verte pasar todos los días, / vaporcito encantado, siempre lejos…”. Si bien ella no accedía a sus pretensiones amorosas, esta linda joven era para el poeta nada menos que un “vaporcito encantado”, a pesar de que guardaba siempre sus invariables distancias.     

A su enamorada, Zoila Rosa Cuadra, a quien le puso el sobrenombre de “Mirtho”, le dedicó “El poeta a su amada”, una composición poética que dice mucho de esa ternura que impregna en cada uno de sus versos: “Amada, en esta noche tú te has crucificado / sobre los dos maderos curvados de mi beso; / y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado, /  y que hay un viernesanto más dulce que ese beso”. Aunque con tintes religiosos, Vallejo le brinda a Zoila Rosa a través de su canto no solamente el amor que los une como pareja, sino que le duele en lo más íntimo de su ser el sufrimiento que ella padece; un sufrimiento comparable únicamente con el llanto de Jesucristo. Finalmente, agrega: “Y ya no habrán reproches en tus ojos benditos; ni volveré a ofenderte. Y en una sepultura / los dos nos dormiremos, como dos hermanitos”. Es aquí donde relevamos la inmensa ternura del poeta, al punto de llevar un sentimiento amoroso que va más allá de las fronteras de la muerte.   

Es que la mujer tenía para él un valor inconmensurable, al punto que los recuerdos de la amada los llevaban a encontrarse con las musas. Y en ese trance poético, el amor tenía relación no solamente con la forma de ser de la mujer de sus sueños, sino con la forma de vestirse e incluso con los sabores de algunas plantas que se cultivaban en ciertos meses en Santiago de Chuco. Es así como, invadido por la nostalgia, recuerda a su “andina y dulce Rita”, de esta manera tan especial: “Que será de su falda de  franela; de sus afanes; de su andar; / de su sabor a cañas de Mayo del lugar”.

Romántico en toda la extensión de la palabra, se entregaba al amor en forma total y de manera incondicional. Y, aunque las cosas no funcionaban como él quería, consideraba que la amada era todo: el ser que daba sentido a su propio universo, a su propia existencia. Así canta en el poema “Para el alma imposible de mi amada”, del cual transcribo la siguiente estrofa: “Si he cantado mucho, he llorado más / por ti ¡oh mi parábola excelsa de amor! / Quédate en el seso, / y en el mito inmenso / de mi corazón!”.  

Empero, la ternura de Vallejo también tuvo relación con su familia, en especial con sus progenitores y hermanos. En “Los pasos lejanos” recuerda a sus padres con un amor infinito. Allí don Francisco de Paula como un protagonista principal en ese espacio sideral de amor llamado hogar; un espacio-tiempo en el que la figura paternal es vista desde el ángulo más puro, más bello, más amoroso: “Mi padre duerme. Su semblante augusto / figura un apacible corazón; / está ahora tan dulce…”. Allí también doña María de los Santos, una luz inextinguible en toda su existencia: “Y mi madre pasea allá en los huertos, / saboreando un sabor ya sin sabor. / Está ahora tan suave, / tan ala, tan salida, tan amor”.  

En “Enereida”, nos brinda una prueba más del inmenso amor que tuvo por don Francisco de Paula. En este caso es posible advertir los sentimientos que le causa la avanzada edad de su progenitor: “Mi padre, apenas, / en la mañana pajarina, pone / sus setentiocho años, sus setentiocho / ramos de invierno a solear”. En realidad, su padre fue un hombre que le brindó ejemplos vívidos de liderazgo en su pueblo cuando fue gobernador y ejemplo, además, de un hombre dedicado a la política; temas políticos que solía compartir con doña María de los Santos, su esposa. De ahí que escribiera: “Otras veces le hablaba a mi madre / de impresiones urbanas, de política”. No obstante, se duele al verlo envejecido y debilitado: “y hoy, apoyado en su bastón ilustre / que sonara mejor en los años de la Gobernación, / mi padre está desconocido, frágil, / mi padre es una víspera”.  

“A mi hermano Miguel”, es un poema excepcional que habla del inmenso amor que lo unía a Miguel Ambrosio. Luego de su abrupta partida un 22 de agosto de 1915, un desconsolado Vallejo escribió: “Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa, / donde nos haces una falta sin fondo! / Me acuerdo que jugábamos esta hora, y que mamá / nos acariciaba: “Pero, hijos…”. Nótese la inmensa ternura que lo trae al recuerdo de momentos inolvidables como son los juegos infantiles al lado de la madre, dadora infatigable de amor. El sentimiento de cariño se engrandece cuando metaforiza el juego con la partida de su hermano: “Miguel, tú te escondiste / una noche de Agosto al alborear, / pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste… / Y tu gemelo corazón de esas tardes / extintas se ha aburrido de no encontrarte. Y ya / cae sombra en el alma”.  

Empero, el cariño que el poeta nos brinda en su poesía también tiene que ver con sus semejantes. Se puede afirmar que en Los heraldos negros Vallejo se inicia en esa faceta que lo define como el poeta más humano del siglo XX y del futuro. “El pan nuestro”, “Ágape” y “La de a mil” son claros ejemplos de lo afirmado, pues, en sus versos expresan el sentimiento de ternura que luego se traducen en ese alto valor que conocemos con el nombre de solidaridad. Es así como “En el pan nuestro”, escribe: “Se quisiera tocar todas las puertas, / y preguntar por no sé quién; y luego / ver a los pobres, y, llorando quedos, / dar pedacitos de pan fresco a todos”. En el poema “Ágape”, se duele al saber que nadie le ha consultado ni pedido nada: “Hoy no ha venido nadie a preguntar; / ni me han pedido en esta tarde nada. // Hoy no ha venido nadie; / y hoy he muerto qué poco en esta tarde!”. Así también, es propietario del sentimiento de conmiseración, como podemos ver en el poema “La de a mil”, en donde hace alusión al vendedor de loterías y sufre por la condición de vida que lleva: “Yo le miro el andrajo. Y él pudiera / darnos el corazón”. Siente que en este hombre que tiene una condición precaria podría encontrarse la suerte, pero que muchas veces la esquivamos: “pero la suerte aquella que en sus manos / aporta, pregonando en alta voz, / como un pájaro cruel, irá a parar / adonde no lo sabe ni lo quiere / este bohemio dios”.   

Finalmente, este sentimiento de ternura llega a su máxima expresión cuando se refiere a Dios. Con una formación cristiana desde su niñez, además de ser nieto de curas tanto en la línea paterna como materna, Vallejo creía en el ser divino, aunque no de manera ortodoxa sino heterodoxa. Sin embargo, en el poema “Dios”, que gustó no solamente a Valdelomar sino al durísimo crítico literario, Clemente Palma, patentiza sus creencias religiosas que no las abandonó hasta el último día de su existencia, y también deja en claro que su ternura alcanzó al mismísimo Dios, el Supremo Hacedor.

DIOS

Siento a Dios que camina

tan en mí, con la tarde y con el mar.

Con él nos vamos juntos. Anochece.

Con él anochecemos. Orfandad…

Pero yo siento a Dios. Y hasta parece

que él me dicta no sé qué buen color.

Como un buen hospitalario, es bueno y triste;

mustia un dulce desdén de enamorado:

debe dolerle mucho el corazón.

Oh, Dios mío, recién a ti me llego,

hoy que amo tanto en esta tarde; hoy

que en la falsa balanza de unos senos,

mido y lloro una frágil Creación.

Y tú, cuál llorarás… tú, enamorado

de tanto enorme seno girador…

Yo te consagro DIOS, porque amas tanto;

porque jamás sonríes; porque siempre

debe dolerte mucho el corazón.

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* Miguel Pachas Almeyda es docente e investigador de la vida y obra de César Vallejo. Ha publicado libros como Georgette Vallejo al fin de la batalla (Juan Gutemberg Editores, 2008), César Vallejo y su América Hispana (Ediciones del Rabdomante, 2014), ¡Yo que tan solo he nacido! (una biografía de César Vallejo) (Juan Gutemberg Editores, 2018), y, además, ha escrito el guion para la película “El poeta”, que trata sobre la vida de César Vallejo en el Perú.

Para leer más artículos del investigador, visita su página de Facebook: https://www.facebook.com/miguel.pachasalmeyda

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