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La tierna anécdota que animó a Ribeyro a convertirse en un escritor a tiempo completo

Foto: Andina

Julio Ramón Ribeyro es considerado por muchos como el mejor cuentista peruano y uno de los mejores escritores latinoamericanos que se inclinaron por este género.

Su imaginación, dominio del lenguaje y sus inolvidables personajes lo han convertido en un escritor de culto. Incluso muchos han reclamado por qué nunca fue considerado dentro del boom latinoamericano junto con Vargas Llosa, García Márquez, Julio Cortázar, entre otros.

Ribeyro, nacido en Lima en 1929, es reconocido por sus libros de cuentos Los gallinazos sin plumas, Silvio en El Rosedal o Solo para fumadores, pero sobre todo por su libro compilatorio La palabra del mudo. Incluso también apostó por novelas como Los geniecillos dominicales o Crónica de San Gabriel y, como muchos escritores de la época, también fue periodista y dramaturgo. Incluso, para sobrevivir en Europa, realizó diversos oficios como conserje, cargador de bultos, obrero, vendedor y, sobre todo, fumador.

En 1984, ya consolidado como escritor, Ribeyro dictó una conferencia en el auditorio del Banco Continental y ahí contó una anécdota que, según él, reafirmó su decisión para convertirse en un escritor a tiempo completo.

Esta es la anécdota que contó en dicha conferencia:

“Un incidente para mí muy emotivo, y que me convenció un poco de que en realidad debía yo asumir mi vocación de escritor, seriamente, y no solamente como acto de diletantismo, como había sido hasta entonces. Fue una experiencia que tuve en Lima, uno de mis primeros retornos a Lima hace ya una quincena de años o más.

Cuando llegando a Lima recibí la llamada de un grupo de alumnas de un colegio nacional que querían verme, debían tener entre 14 y 16 años, y me habían leído, lo cual yo desconocía. Me pidieron que solo les dijera algunas palabras. Y les dije algunas cosas muy simples. Al final de esta pequeña y corta reunión me entregaron una bolsa de plástico y en esa bolsa, cuando la abrí, había cantidades de lapiceros y como diez o quince cintas de máquina de escribir. Y me dijeron: ‘Este es un obsequio que le hace la clase para que usted pueda seguir escribiendo’.

Este gesto a mí me emocionó mucho. Me dije, bueno, después de todo yo no soy un escritor solitario, poco leído o desconocido, sino que hay personas que me leen, como colegialas. En consecuencia, debo continuar escribiendo. Debo tener presente que cuando uno escribe se asume cierta responsabilidad aunque sea para no decepcionar ciertas expectativas de tus lectores.

En buena cuenta, esta y otras circunstancias que no vale la pena por el momento comentar, me convencieron, me reafirmaron y me decidieron a ser realmente un escritor”.  

Escucha la conferencia completa:

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