Hamlet y Don Quijote
I
Desde luego hay que dar de lado con la manía de no ver en el hidalgo manchego más que al caballero de la Triste Figura, personaje creado con el fin de ridiculizar los libros de caballería. Sabido es que la importancia de ese personaje subió de punto bajo la mano de su inmortal creador, y que el don Quijote de la parte segunda —el amable interlocutor de duques y duquesas, el sabio mentor de su escudero— nada tiene que ver con el don Quijote de la parte primera de la novela, el extravagante y ridículo don Quijote del principio, cuyos tajos y cintarazos constituyen el pan de cada día. Para comprenderlo, es preciso identificarse con el espíritu del libro.
Es don Quijote, sobre todo, el emblema de la fe, de la fe en algo eterno, inmutable, de la fe en la verdad superior al individuo, de la verdad que no se revela a él fácilmente, que exige un culto y sacrificios, y no se da sino tras larga lucha y una abnegación sin límites.
Don Quijote está todo él impregnado del amor del ideal, y para conseguir este ideal, está pronto a arrostrar todas las privaciones, todas las humillaciones, a sacrificar su existencia, que, por otra parte, solo tiene para él un mérito, el de ser el vehículo que le permite perseguir el ideal, apropiárselo y hacer triunfar la verdad y la justicia en la tierra.
¿Qué importa que a don Quijote le inspirara tal ideal el fantástico fárrago de los libros de caballería —que precisamente forma la parte jocosa de su carácter—, si supo desembrollar la idea pura de toda mezcla y conservarla en su integridad?
A don Quijote le habría parecido indigno vivir para sí, cuidar de su persona. Vivió todo entero, si me es permitido expresarme así, fuera de él, para los demás, para sus hermanos, para extirpar el mal, y combatir las fuerzas enemigas del hombre, los gigantes, los encantadores, o si decimos los opresores de los débiles.
No hay en don Quijote traza de egoísmo; nunca piensa en sí; es todo abnegación y sacrificio; en una palabra, cree, tiene fe y avanza sin mirar hacia atrás ni una sola vez. Por eso es intrépido y paciente, y come poco y mal, y viste míseramente. Ni siquiera tiene conciencia de sus necesidades.
Humilde de corazón, alienta un alma grande y heroica. Su abnegación no menoscaba su libertad; nada vano, no por eso duda de sí, ni de su cometido, ni aun de sus fuerzas físicas; su voluntad es inquebrantable.
Esta tensión continua hacia el mismo hito da uniformidad a su pensamiento, hace exclusivo su espíritu; su saber es limitado, pero él no tiene necesidad de ampliarlo, porque sabe lo que le importa saber, cómo obrar, y el cometido que ha de cumplir. ¿Qué más necesita?
Puede el hidalgo manchego parecer loco rematado, pues la realidad más palpable se derrite como la cera al calor de su entusiasmo y se desvanece. Para él, los muñecos de palo son moros temibles, los conoce claramente, como toma por caballeros armados de punta en blanco a los rebaños de mansos corderos.
En ocasiones don Quijote parece una medianía por su lentitud en compadecer o en alegrarse; y es que se le hace difícil pasar de un objeto a otro; semeja un árbol secular al cual sus profundas raíces no permiten mudar de sitio.
Don Quijote no es libre de variar de opiniones, y la firmeza de su ser moral da fuerza y grandeza notables a sus ideas, a sus palabras y a toda su persona, a despecho de las humillantes y grotescas situaciones en que cae constantemente.
El héroe de Cervantes es un apasionado, un fanático, el servidor de una idea que lo envuelve en su brillo.


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