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«Hasta no verte Jesús mío», un cuento de Elena Poniatowska

Este cuento apareció publicado en la revista Diálogos, numero 5. México, 1967.

Hasta no verte Jesús mío

Autora: Elena Poniatowska

 

No sé si la causa era la pobreza o porque así se usaba, pero el entierro de mi madre fue muy pobre. La envolvieron en un petate y vi que la tiraban así nomás y que le echaban tierra encima. Yo estaba junto a mi papá, pero mi Vini estaba platicando y tomando sus copas con todos los que lo acompañaron y él no se dio cuenta cuando me dejé caer dentro del pozo y con mi vestido le tapé la cabeza a mi mamá que no le cayera tierra en la cara. Nadie se fijó que yo estaba allá adentro. Cuando él me gritó y yo le contesté desde abajo, entonces pidió que ya no echaran más tierra. Yo no me quería salir. Quería que me taparan allí con mi mamá.

Cuando me sacaron yo estaba llorando, toda entierrada. Entiendo que por haber agarrado aire del camposanto se me ponen los ojos colorados y cada que hace viento me lastiman porque desde esa época tengo el aire del camposanto en los ojos.

Los vecinos hicieron una cruz de maíz y la sembraron en el atrio de la iglesia de la Mixtequilla. Allí rezaron el novenario, los nueve días que toma el alma para cruzar el espacio. Cuando se hizo milpita, y se dio muy alta, levantaron la cruz y la llevaron al lugar donde estaba tendida. Quedó la cruz de milpa como señal en la tierra de la vida de mi mamá.

Mi mamá murió de susto o el muerto vino a buscarla, porque soñó que un par de perritos tiernitos le estaban mordiendo la pierna. Y al despertar yo oí lo que le dijo a mi papá:

-¡Ay qué feo sueño soñé! Que un par de perritos tiernos me mordían mi pierna y yo los retorcí y los remolí hasta que los maté y los dejé tirados en el suelo.

Mi papá contestó:

-¿Cuáles perros dejaste tirados? Ese fue un sueño.

-Sí, sí, fue sueño. Anda, levántate para que me lleves a hacer de las aguas.

Como era pueblo que no tiene uno medio en qué servirse, mi papá salió al patio, un patio grande donde se reunían a platicar los vecinos. En la esquina de la casa de en frente había una piedra alargada donde cabía un claro: cuerpo acostado. Era noche de luna que todo se ve claro:

-¡Mira Felipe, lo que hay allá en frente!

-¿Dónde?

-Aquí, encima de la losa.

Se encaminó cerca de la losa y allí se sentó. Mi papá como la iba acompañando, consecuentándola, la esperó. Y le preguntó ella:

-¿Quién lo mataría, oye?

-¿A quién?

-Mira, ¿quién mataría a este hombre que está aquí?

-¿Cuál? ¿Cuál hombre?

-Pues a este que está aquí tirado en la losa.

-Yo no veo nada.

-¿Cómo no ves nada si yo le estoy agarrando los pies? Mira.

-Yo no veo nada, María, pero si tú lo estás mirando, vámonos, no sea que alguien lo haiga matado y nos carguen la muerte a nosotros.

En la mañana, cuando mi papá se levantó para ir al trabajo lo primero que hizo fue ir a ver qué huellas habían quedado. Ninguna. Encontró la piedra limpia:

-Bueno, ¿y cómo vio ese muerto allí?

Ya no se levantó mi mamá. Al otro día amaneció con resfrío y calentura y a la semana estaba tendida. Por eso mi papá les platicó después a los vecinos:

-Saben, ella se ha de haber muerto de espanto y no del resfrío, porque yo le di muchas friegas con alcohol, la curé y le di a tomar la quinina. A mí se me hace que se la llevó el muerto que ella vio en la esquina de la casa de doña Luisa.

Y allí es donde yo reconozco que la hoja del árbol jamás es movida sin la voluntad de Dios. Mi mamá vio al muerto matado porque ella tenía videncia y mi papá no. Ahora que ya estoy grande y me he entregado a la Obra Espiritual y avisto el camino, creo que mi mamá tenía una misión que cumplir y veía. Aunque ella tuvo valor y le agarró los pies, era muy corta de espíritu y por eso el muerto se la llevó.

Mi mamá todavía vivía cuando mi papá me hizo una muñeca de ardilla. Después nunca más me hizo nada. A la ardilla le quitó la carne. En la Mixtequilla se come. Se le echa sal, pimienta y ajo, y vinagre o limón, se abre el animal de patas y se mete en unas estaquitas para que con el puro calor se vaya dorando al fuego.

La ardilla sabe retesabrosa, sabe a ardilla y es muy buena. Ya que mi papá dejó la ardilla en el puro cuero, la abrió a que se estirara al sol, le echó cal y cuando estuvo seca la cosió. Le cosió las patitas, las manitas, y con un palo la rellenó de aserrín a que le entrara por todas partes. Ya que quedó bien rellena de aserrín, bien chocotita, le cosió todo lo que le faltaba de coser y vino y me la dio. Pero yo ni cuenta me di cómo la rellenó y después la estuve esculcando a ver qué le había echado dentro porque yo no la sentía blandita como el animal blandito sino que ya tenté y mis manos rebotaban de lo dura.

-¿Por qué está dura, papá?

-Por el relleno.

-Pero, ¿con qué la rellenaste, con tierra?

-No con aserrín.

-¿Y qué cosa es aserrín?

-¡Ay Jesusa, confórmate, juega con ella!

Y ya jugaba yo con el animal ese; me tapaba mi rebozo y me cargaba mi muñeca. Como mi papá no tenía medio de comprarme nada, mis juguetes eran unas piedras, una flecha, una honda para aventar pedradas, y canicas que él mismo me hacía. Buscaba mi papá una piedra que fuera gruesa, dura, una piedra azul y con ella redondeaba y limaba otras piedritas porosas y salían las bolitas a puro talle y talle. Los trompos de palo me los hacía de un árbol que se llama pochote y ese pochote tiene muchas chichitas. Él sacaba las más grandes para hacerme las pirinolas y nomás les daba yo una vuelta y ya bailaban. Y mientras giraban, yo fantaseaba, pensaba no sé qué cosas, que ya se me olvidaron o me ponía a cantar. Bueno, cantar, cantar, no, pero sí me salían unas como tonaditas para acompañar a las pirinolas.

También jugaba a la guerra con puños de tierra. Me llenaba mi cotoncito de tierra y a ¡pácatelas! con los muchachos. Como no tenía pensamientos jugaba con la tierra, porque a los cinco años, todavía vemos la tierra blanca, no la vemos negra como ahora, sino blanca, porque es blanca la tierra, y si se pone negra es por nuestros pecados. Nosotros la hemos hecho negra, a ella que era blanca. Por eso los niños chiquitos hasta los cinco años juegan con la tierra porque la ven muy bonita, blanca, y a medida que van creciendo el demonio se va apoderando de ellos, de sus pensamientos y les va transformando las cosas, ensuciándolas, cambiándoles el color, encharcándoselas.

Yo era muy hombrada y siempre me gustó jugar con hombres, a la rayuela, al trompo, a las canicas, a la guerra, a las patadas, puras cosas de hombres, puro matar lagartijas a piedrazos, puro matar iguanas a pedradas. Hacíamos unas como armas de carrizo, agujereábamos el carrizo largo y todo cazábamos con esa cervatana: iguanas, lagartijas, pájaros. No me dolía matar a esos animalitos, ni a los pájaros, ni nada. Yo era terrible. No entiendo cómo era yo de chica. No dejaba a los pajaritos que empollaran sus huevos; iba y les bajaba los nidos y luego vendía huevitos, por fichas de plato, tepalcates de barro rotos, pedacitos de colores que eran los reales y los medios, las cuartillas, las pesetas y los tlacos, porque esas monedas se usaban entonces.

Luego hacía una lumbrada y tatemaba las iguanas chiquitas y ya que tronaban, con un cuchillo les raspaba la cáscara, las abría, les sacaba las tripas, les ponía sal y llamaba yo a los muchachos: «¡A comer!» «¡A comer! «¡Éjele! Siéntense muchachos, que ahorita les sirvo» «¡Ejele! Pues ¿cómo se me van a quedar con hambre? ¡No faltaba más; Pa’ luego es tarde!»… Ellos, ¿pues cómo se iban a comer esa cochinada?

-¡Eso no se vale!

-¡Éjele! ¡Éjele!

Pero esa era la jugada de las comiditas.

Y luego que ya me cansaba de jugar con ellos me subía a los árboles y agarraba a los muchachos a piedrazos. Me quitaba los zapatos y me trepaba a las ramas a hacer averías, nomás a buscar la manera de pelear con todos. Los descalabraba, iban y le avisaban a mi mamá que yo les había quebrado la cabeza, ella se enojaba, pero yo no estaba sosiega. Era incapaz desde chiquilla. Ahora ya todo se me acabó, ya no sirvo, ya no tengo el diablo.

Mi mamá no me regañó ni me pegó nunca. Eso sí quién sabe cómo sería su genio porque no me acuerdo. Era morena igual a mí, chaparrita, gorda y cuando se murió ya nunca volví a jugar.

A los ocho días de muerta mi mamá, mi papá se buscó otra mujer. Tenía yo siete años cuando apareció aquella señora que era muy tomadora. Ya ni me acuerdo cómo se llamaba. Era una mujer como todas las mujeres. Eso sí quién sabe dónde la conoció mi papá, pero la tuvo mucho tiempo. La primera semana le di dos reales para que fuera a comprar el mandado. Esta quería que le dieran el dinero a ella, pero mi papá dijo que era una criada en un pueblo y en un pueblo muy cerrado; ya me hice cargo de recibir el dinero y de que la criada me diera el vuelto. Y luego me abracé a mi papá, pues si mi mamá era la que dormía con él, ¿por qué iba a venir otra mujer a acostarse con él? Aunque yo estaba chica, ya traía la malicia dentro y a pesar de estar criada en un pueblo y en un pueblo muy cerrado, ya traía la inteligencia y pensé: «¿Por qué otra gente se va a acostar con mi padre?». Si en un pueblo cada quien vive en su casa, ¿cómo trae uno esa inteligencia? ¿Quién le aconseja a uno? Entonces ese es un don que viene de nacimiento; ya es cosa que uno lleva dentro. Yo sería ventajosa o no sé, pero no admitía a la mujer y claro que eso le disgustaba. Yo dormía con mi papá, pero no en una cama, porque como es tierra caliente, dormíamos en una hamaca. Yo no dejaba que se fuera a acostar con la mujer esa. Entonces la mujer empezó a emborracharse con el mandado, vaya usted a saber por qué. Mi papá hacía lo que yo quería. Cuando era chiquilla, me consentía mucho, pero no era cariñoso. Nosotros no supimos de cariño, de apapachos, de cosas así, no. Cuando vivía mi mamá, mi papá le decía:

-No me la andes regañando ni me le andes haciendo nada.

Por eso me hice grosera. Y cuando ella se quejaba:

-Mira, Felipe, que no se deja peinar…

-Pues yo la peino.

Y él me peinaba con mucho cuidado porque nunca me ha gustado que me agarren los cabellos. Siento muy feo que me jalen y él tenía su mano muy suavecita, muy suavecita. Cuando mi mamá me peinaba sentía como lumbre, cohetes que me estallaban o yo no sé qué sentía. Solo de él me dejaba peinar. Como éramos muchos, mi mamá tenía que peinar a uno, cambiar a otro, calentar agua, lavar y claro que mi papá por ese lado me consintió y nunca quiso que llorara. Jamás vi a la borracha dormir con mi papá, pero era su cuero de él. Ella me lo dijo:

-No me conviene de ninguna manera que no nos dejes en paz. Es mi marido…

Le grité que no era su marido porque era mi papá. Y por allí comenzó a peliar conmigo. Como estaba borracha me gritó horrores de la vida, que no tenía él por qué tenerme miedo a mí, y de cuando acá una hija tenía que andar pastoreando a su padre.

-Te pesará.

Yo le dije que si les interesaba mucho que se fueran lejos y que a mí me dejaran allí.

Cuando regresó mi papá, no le contamos nada. Pero al día siguiente, la tomadora se fue a la cantina a gastarse lo del mandado con otros hombres. Cuando yo la atisbé que venía por el camino me llené mi cotoncito de piedras y la acaparé a puros piedrazos:

-¡Vete! ¡Lárgate! No te quiero ver aquí. En la noche le conté a mi papá que la había corrido porque estaba siempre allí botada de borracha.

-Está bueno hija, tú no te apures.

Otra vez mi papá se quedó solo con sus hijos. Se levantaba a moler, nos daba el almuerzo y se iba a trabajar. Aunque ya estaba acostumbrado a que la fulanita viniera a hacerle el quehacer, ahora tenía él mismo que moler en el metate para darnos de comer porque nosotros estábamos chiquitos. Mi hermano Emiliano me llevaría dos años, pero nos dejaba amarrados, para que no nos fuéramos a salir, escuincles de porra, porque yo era figurosa para eso de las maldades. Mi papá echaba unos trozos grandes de leña en la lumbre y allí hervía la olla muy calmuda, zumbe y zumbe, calculando que a las doce, a la hora que él viniera todavía tendría agua la carne o los frijoles o lo que pusiera de comer. Dejaba también la masa molida y nos hacía las tortillas gordas, porque era hombre y no sabía tortear. Luego se iba a trabajar y volvía hasta la noche.

Mi papá era peón de ferrocarril en el terraplén de la vía. Trabajaba dinamitando los cerros para abrir la brecha por donde iba a pasar el tren. Todos los días mi papá se levantaba con la misma canción; volver a cocinar para darnos de comer. Claro que él sufría porque necesitaba a una mujer que lo atendiera con sus hijos.

Me avisó un día muy apurado que era forzoso traer una mujer para que viera por nosotros.

-Mira hija, yo necesito una mujer que te cuide, que te espulgue y que te bañe porque yo me tengo que ir a trabajar.

Mi papá sufría mucho conmigo por ese lado, porque yo decía: «Mi papá tiene la obligación de peinarme, de bañarme, de darme de comer… Tiene la obligación de estarse aquí atendiéndome…”.

Porque así son los niños, muy exigentes. Cuando me avisó que una mujer vería por nosotros, le dije:

-Yo no sé, pero a mí no me vengas a engañar que la tienes de criada y luego me sales con que no es tu criada. Así es que dímelo por lo claro, y allí averíguatelas tú.

Se encontró a otra con un muchachito. Según entiendo, porque yo era muy adelantada, esta vieja tenía el cuidado de apartarle la comida a mi papá y yo veía que se raspaba las uñas grandes de los pies, que juntaba un montoncito de ese polvito y se la regaba a la comida de mi papá. Entiendo yo que ella quería volverlo loco. Así me lo afiguro. Me voy a condenar y me voy a ir al infierno, pero decía yo: «Bueno, pues ¿qué cosa? ¿Por qué a él le echa esos polvos y a nosotros no?». Mientras ella iba a agarrar agua, yo cambiaba el traste de comida y siempre andaba detrás de mi papá cuidándolo: «Eso es algo. Algo malo ha de ser. Si es cosa buena ¿por qué no lo hace ella todo en la misma olla?». Y yo le cambiaba la comida. La que me servía a mí se la daba a mi papá y tiraba la de los polvitos. Yo tenía la ventaja que maliciaba las cosas. Con esa sí dormía en la hamaca. Cuando ya me explicó que la quería para su mujer, qué me importaba. ¡Pero aquella que era dizque una criada, eso sí que no, no me la corren larga porque no me dejo!

La de las uñas, la que tenía un niño, tampoco era buena con nosotros. Nos agarró inquina. Con mi papá se hacía la disimulada. Él le decía a ella:

-Cuídala, péinala como si fuera tu hija, pues tú serás la que tendrás que tener mejores ganancias de ella que yo.

-Ta’ bueno.

Pero ni mi nombre supo. Y fue canción de muchos días hasta que me aburrí y me agarré con ella, porque ya estaba más grandecita y salí muy perra, muy maldita. Ninguno de mi casa fue como yo de peleonera. El caso es que ella solo duró unos siete u ocho meses, cuando mucho un año. Después mi papá dejó la cantera, porque él solo no se podía establecer en un trabajo y a las doce del día salirles con que: «Al rato regreso… Allí les dejo el tiradero, señores del terraplén», para venirnos a dar de comer… Quería un trabajo donde lo consecuentaran para que nos pudiera atender, y como no lo encontró, jalamos todos para Salina Cruz.

 

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* Este cuento apareció publicado en la revista Diálogos, numero 5. México, 1967.

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