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Alberto Hidalgo o la inquietud literaria

Así recordaba Estuardo Núñez al polémico escritor arequipeño que no tenía contemplaciones con ningún escritor al momento de criticarlos o insultarlos

Por Estuardo Núñez*

 

Entre todos los poetas de su generación, Alberto Hidalgo es quien asume la tarea de ofrecer, dentro de su fiero individualismo, y en sus mismos comienzos, una nota de buscada y lograda originalidad. Esta nota se traduce en una reacción mantenida latente a través de toda su obra contra las formas de la poesía usual. Su línea de combatiente literario empieza en las ya lejanas páginas de la revista Anunciación (1915), editada en Arequipa. Se manifiesta igualmente en tres libros polémicos que publica en los años siguientes: Hombres y bestias (Arequipa, 1918), Jardín Zoológico (Arequipa, 1919) y Muertos, heridos y contusos (Buenos Aires, 1920).

Era su maestro en esta actitud polémica don Manuel González Prada, tal vez el único de los autores viejos que él respetó. No hubo perdón, dentro de su crítica acerada, ni para Alberto Ureta, la más alta cifra lírica de la generación anterior. Por su parte, no participó ni del «parisianismo», ni del colonialismo, ni de la actitud evocativa de un pasado concluido, que en forma general, incluye la obra inicial de algunos de los miembros de su propia generación. Sin embargo, contribuyó a revelar las nuevas esencias poéticas en la obra de un creador mantenido entonces en la sombra de lo desconocido o el silencio de la incomprensión y el desdén de la crítica: José María Eguren. Afirmaba en su actitud polémica y creadora, una búsqueda incesante de distintas formas y de alientos nuevos para su poesía, la que pretendió identificar íntimamente con momento que le tocaba vivir.

De otro lado, Alberto Hidalgo representó, desde el momento mismo de su iniciación, la presencia de un fermento literario que provenía de las provincias, por lo menos en su caso de la región sur del Perú y, estrictamente hablando, de Arequipa, su tierra natal. Así es como juega el papel de portador inexhausto de estímulos literarios hacia las letras, dentro del segundo decenio del siglo XX. La producción poética de Hidalgo que responde a estas inquietudes, se recoge en dos entregas de poesía de tremante intensidad renovadora, tituladas Arenga lirica al Emperador de Alemania (Arequipa, 1916) y Panoplia Lírica (Lima, 1917). El tono belicista se puede advertir ya desde sus títulos: referente el uno al monarca germano representativo del espíritu guerrero del momento y referido al otro al despliegue de las armas. Conjugaba este culto marciano con las expansiones de un movimiento literario y artístico que entonces creaba en las multitudes el desconcierto y el pasmo: el «futurismo» italiano de Marinetti. En otras páginas hemos analizado ya la vinculación de Hidalgo con este movimiento literario y artístico de nuevo cuño, que inició, en la Europa Meridional, el vanguardismo literario, y que tendría resonancia decisiva en el desenvolvimiento de la poesía y del arte de la inmediata postguerra.

En 1919, Hidalgo trasladó su residencia de Lima a Buenos Aires y allí habría de permanecer, salvo breves ausencias, hasta su muerte ocurrida en 1967. La madurez poética le permitió seguir publicando otros poemarios y organizar una gran antología titulada Índice de la nueva poesía hispanoamericana (Buenos Aires, 1926) de la que fueron coautores Jorge Luis Borges y Vicente Huidobro. Pero la tónica «futurista» en la poesía de Hidalgo fue desvaneciéndose con los años. Con su fina sensibilidad comprendió el poeta las pocas posibilidades de creación propia que existen en seguir la línea de movimientos extraños. A medida que su genio poético fue madurando, pudo comprender también que el «futurismo» tomaba un sesgo político contrario a sus convicciones políticas. Mientras el «futurismo» se transformaba en un movimiento político de afinidad al fascismo, Hidalgo fue conformando una modalidad poética más personal, el «simplismo». Imprimió a su obra otros rumbos más humanos y menos febles y creaba su propia escuela, afín al cubismo y el creacionismo contemporáneo. En esa actitud, abjuraba implícitamente de la anterior adhesión entusiasta y juvenil a la escuela de Marinetti.

Dentro de la modalidad que él denominó «simplismo», Hidalgo produjo entre los años de 1922 a 1928, varias obras de poesía de carácter intimista. Borró de su bibliografía aquel oro de juventud dedicado al Kaiser; aparecieron en Buenos Aires, sucesivamente, sus poemarios Joyería (1919), Química del Espíritu (1923), Tu Libro (1922), Simplismo (1925) y Descripción del cielo (1928).

Afirmaba así la vocación de poeta dedicado a su menester con singular laboriosidad. Su obra se identificaba con las tendencias artísticas contemporáneas y su figura poética se erguía con actitud de permanente y vigilante admonición.

En una etapa posterior, la poesía de Hidalgo, abandona da la estridencia juvenil y el intimismo, empieza a ofrecer contribución importante al lirismo esencial y a la poesía social. Dentro de este plan publica, en la década del 30, otros libros importantes: Actitud de los Años (Buenos Aires, 1933), Dimensión del Hombre (Buenos Aires, 1938), y Edad del Corazón (Buenos Aires, 1940). Esta parece ser la etapa más significativa de su producción, identificada con la inquietud social de la época y con la esperanza de una revolución. A pesar de su individualismo, Hidalgo reclama para sí una filiación política y una fe social.

En una última etapa, el poeta, radicado en tierra extraña aunque amiga, empieza a sentir la nostalgia del país natal y así publica libros de «poemas con patria»: Carta al Perú (Buenos Aires, 1953), Patria Completa (Lima, 1960) e Historia peruana verdadera (Lima, 1961). En esta etapa ensaya y logra ambiciosos poemas de aliento americano como el «Canto a Machu Picchu».

Sin desconocer en lo esencial los altos valores de la poesía de Hidalgo, se le ha reprochado no sin razón su insistente culto del ego y cierto intelectualismo que deja deshilvanado el fluir de las imágenes, a veces frágiles o magras por la ausencia de contenido estrictamente poético, o por incidencia del aspecto anecdótico. La objeción es válida para cierto sector de su vasta obra, pero si ella se juzga globalmente en su dimensión monumental, ninguna objeción podría amenguar la consideración de su firme vocación poética ni el aspirante empuje creador en quien no tuvo edad para desfallecer.

Mantuvo hasta su muerte un alto ritmo de creación poética, revelado en su libro Poesía Inexpugnable (Buenos Aires, 1962), y en aquel “Canto a Machu Picchu” ya mencionado y en algunos ensayos de teatro de nueva estructura y de sentido «brechtiano» que intentó en los últimos años. Su producción fue siempre de vasto alcance y de incesante afán creador. Aparte de múltiples (más de veinte) libros de poesía, publica dos en un lapso de medio siglo. Hidalgo ha dejado también una importante producción en prosa. Hemos visto ya cómo en los años juveniles, cultivó la crónica y el ensayo polémico en cuatro libros pintorescos y anecdóticos. Posteriormente lanzó un libro de cuentos en los que cultiva una prosa de nuevo aliento, un tanto descuidada por aquellos años (1927) en el Perú, o sea la narración imaginaria e inverosímil, un poco lo real-maravilloso que lo acerca a las recientes direcciones de narrativa latinoamericana. En este sentido no ha sido estudiado en sus posibilidades germinales el libro de cuentos titulado: Los sapos y otras personas (Buenos Aires, 1927) y tampoco otro libro narrativo: Aquí está el Anti-Cristo (Buenos Aires, 1957). Intentó también la creación del ensayo de teoría literaria, como lo demuestra su Tratado de Poética (Buenos Aires, 1944) y publicó asimismo una suerte de diario de vida o de experiencias subjetivas que tituló: Diario de mi sentimiento (Bue nos Aires, 1947).

La muerte lo sorprendió en 1967, cuando empezaba una nueva etapa de producción teatral, con inquietudes siempre renovadas, indesmayable en su afán creador, con dos libros de teatro, uno de ellos muy estimable: La vida es de todos (Buenos Aires, 1965).

La obra caudalosa de Alberto Hidalgo admite y requiere una revisión crítica integral que reivindique sus valores perdurables, que expurgue lo estéticamente desechable y que afirme su papel de animador y de creador dentro del panorama de la literatura continental.

Por lo demás, Hidalgo anudó lazos de común vinculación cultural peruano-argentina en los años iniciales de la nueva inquietud por renovar -con aliento terrígena- la poesía hispanoamericana.

 

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* El texto fue recogido de la revista Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Edición 80-81, 1968.

 

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