En agosto de 1911, un hecho conmocionó al mundo. La Gioconda de Leonardo da Vinci había sido robada del museo Louvre de París. Por dos años no se supo nada de la pintura. Y en ese tiempo se pensaba que el robo había sido cometido casi por un genio coleccionista, alguien con un “espíritu exquisito y refinado”. Sin embargo, grande fue la decepción cuando se conoció al autor: Vincenzo Peruggia.
El narrador y poeta peruano, Abraham Valdelomar, escribió sobre este caso, en 1913. Leamos un extracto de su crónica.
El viaje de La Gioconda: la tristeza de una vida trunca
Autor: Abraham Valdelomar
París estaba, artísticamente, bajo la advocación de dos mujeres a cuya sombra se acogía su espíritu tranquilo, como Cartago al velo de Tanit. Aquellas dos divinidades eran el símbolo de ese pueblo sabio y sensible: la forma armoniosa e inmaculada de Afrodita y el espíritu insondable y plácido de Mona Lisa: el mundo desfilaba en el Louvre ante el pedestal de Venus y comulgaba luego en el altar de La Gioconda. Estas dos hermanas armoniosas eran la carne y el espíritu, la forma y la idea, el cuerpo y el alma, y formaban una sola vida artística que protegía desde las orillas del Sena a la Humanidad que se purificaba en la eucaristía del arte, de las cosas intangibles y hondas; por encima de la torpe miseria de la vida.
Extranjeras, ambas habían llegado a ser parisienses. En su altar educáronse las generaciones y la religión de su belleza difundida llegó a ser universal. Ellas vieron pasar el innúmero peregrinaje de los hombres, sintieron las miradas de todos los ojos y las fiebres de todos los entusiasmos. Mas un día truncóse el paralelismo de esas vidas y una de las dos hermanas desapareció. La Gioconda no volvió a sonreír y París vistió luto por mucho tiempo. La divinidad había abandonado su trono y en la tortuosa ruta de un viaje desconocido, perdióse en alas de un misterio impenetrable. Sólo quedaba el cuerpo frío, el rostro sin pupilas, la pagana forma de la manca inconsolable. Venus quedóse dueña de París. Desde aquel día algo faltó a la ciudad encantada, y al espíritu francés le faltaba una de sus más dulces complacencias; porque para aquella ciudad inquieta, la mirada de Mona Lisa era como un refugio de espiritualismo en medio del cotidiano tormentoso. Los visitantes del Louvre, al salir, ya no tenían ese gesto de peregrinos que han bebido en la fuente fresca y tranquila; ya en el templo de las bellezas no existía la sonrisa inefable, la gracia encantadora, la mirada profunda, las manos mórbidas, la paz misteriosa del paisaje florentino. Y notábase en los que salían un vago gesto de melancólico desencanto.
De vez en cuando aparecía en los diarios una vaga esperanza a dos columnas, mas al día siguiente se callaban, y como nadie sabía el paradero, todos señalaban algún nuevo camino. Por fin calláronse los diarios, enmudecieron los artistas y se buscó algo que hiciera disipar el recuerdo lacerante.
Todo París se echó en brazos del tango argentino, en medio de cuyas rítmicas volutas, los más horribles recuerdos se disipan. Los que no estaban a la altura del tango se dedicaron a inventar pistas y a imaginarse al ladrón. Se creó una literatura giocondesca. D’Annunzio empezó a escribir un libro: El hombre que ha robado La Gioconda…
EL LADRÓN EN LA FANTASÍA PARISIENSE
Siendo La Gioconda una obra «invendible», creíase que el ladrón no fuese un pobre diablo. Se decía que la obra había sido robada por algún «ser superior», por algún artista, o un excéntrico, o un desequilibrado. Para unos, el ladrón era una especie de Monsieur de Phocas, que, obsesionado por la sonrisa de la obra leonardesca, la había robado para contemplarla solo y en paz. Se habló de un lord inglés, uno de esos antiguos personajes de Óscar Wilde, morfinómano y esplenético. Dijeron algunos que un millonario yanki la había llevado a su país; otros hablaron de un pintor francés y quienes de un iconoclasta judío. Para estos el ladrón era blanco, rubio, depilado; para aquellos, moreno, pálido, de barbas; para algunos era un hindú; pero todos estaban de acuerdo en que no era un hombre vulgar, sino un espíritu exquisito y refinado, capaz de comprender la maravilla de Leonardo. Era un «caso» de sentimentalismo artístico, de neurastenia aguda, de monomanía, de algunas de esas enfermedades que lo ponían muy por encima, moralmente, de los cleptómanos de oficio, de los apaches de boulevard, o de los monederos falsos. Por eso cuando se tuvo la confirmación del hallazgo todos se preguntaron:
—¿Quién es el ladrón?…
PEQUEÑOS COMENTARIOS SOBRE EL LADRÓN DE LA GIOCONDA, O SEA SOBRE VINCENZO PERUGGIA
¡Oh, desencanto; oh, ilusiones rotas de la vida; oh, duro choque de la realidad que nos sorprende! Lords que caen del encumbrado sitial de la fantasía, obsesionados que no existen. Neurasténicos que no roban, iconoclastas que no destruyen. Monsieur de Phocas que duerme en los anaqueles terrosos de alguna librería. Ninguno de esos señores ha robado la divina obra de Da Vinci. El ladrón… es un hombre. Un hombre como cualquier otro. Bajito, metido en carnes, sucio, cursi, estúpido, necio y bellaco. Vulgar hasta en el tamaño, que no es ni alto ni bajo. De una mediocridad repugnante. De una imbecilidad ofensiva. Ni abiertamente lombrosiano, ni claramente normal; ni tan bruto como para dejarse coger al cometer el robo, ni tan hábil para librarse de la cárcel con una respuesta atinada. Carece de todas las agravantes morales que le pudieran disculpar el robo; no es poeta, ni pintor, ni periodista. ¿Con qué derecho se robó La Gioconda? En fin, es un cretino que no merecía haber tenido entre los muros húmedos de buhardilla, y bajo las telarañas de su colchón, la obra maestra de los siglos, la imagen de aquella mujer a la cual al divino Leonardo no le fue dado tocar con sus sabias y expertas manos.
DE LAS TORTURAS Y MALANDANZAS DE LA GIOCONDA DURANTE LOS DOS AÑOS DE SU AUSENCIA Y AL LADO DEL CRETINO
El ser innoble, catalogado ya en la cárcel de Florencia; y que en trato de gentes de bien, llamóse Vincenzo Peruggia, ha narrado la historia de su robo: él era empleado en el Louvre, y aunque de arte no sabe absolutamente nada, se indignaba siempre de que los extranjeros aplaudieran las obras más celebradas del Museo, entre las cuales había muchas italianas. A él le habían dicho que Napoleón habría sido un señor muy poderoso, pero muy ladrón, que no se ocupaba de otra cosa que de robarse cuadros, y que muchos, todos los del Louvre, eran robados a Italia por Napoleón. Entonces nació en él el deseo de venganza. Concibió el robo, y una mañana, aprovechándose de que no le veían, descolgó del muro la divina tela y se la ocultó bajo la blusa, como quien se roba un par de zapatos. Mona Lisa, bajo la blusa de Vincenzo, atravesó las calles de París para ir a alojarse debajo de una cama inmunda. Y allí ha estado la divina mujer, durante dos años, en la innoble compañía de ratas, arañas, humedad y mal olor. Un día emprendió viaje a su tierra. Iba en una caja de humildísimo abeto, junto con la ropa sucia del patriota que la conducía; sobre ella había zapatos rotos, calcetines usados y otras prendas de vestir de más interioridad. De allí pasó a la prefectura y, recuperada por las autoridades policiales y artísticas, pudo ver la luz en la Galería de los Uffizi, en Florencia, aquella patria de genios de donde saliera en un lejano día. Florencia envió aquel mismo día al palacio a unos cincuenta mil florentinos que desfilaron ante el cuadro, en desfile caballeresco, en homenaje a la obra y al genio italiano que le diera vida. Aquella sola manifestación de tan delicada cortesanía sería suficiente para desagraviar a Mona Lisa de los vejámenes sufridos en poder de Peruggia. La obra vendrá en breve a Roma y se exhibirá en Villa Medici. Toda la ciudad se prepara a recibirla y a rendirle pleitesía, en tanto en París se organizan grandes fiestas para celebrar su vuelta, el día que atraviese de nuevo los pasillos del Louvre, el día en que su hermana Afrodita la vea pasar, en cortejo triunfal, por el mismo sitio por el cual, en una mañana trágica, sus ojos sin pupilas no la descubrieron bajo la blusa azul de aquel bellaco…
LOS HONORES EN ROMA
Periodistas, universitarios, hombres de fama e ingenio, han pedido al Ministerio de Relaciones que La Gioconda sea expuesta en esta ciudad. El sábado aparecerá la obra en Villa Medici. Sabido es que Leonardo da Vinci dio sus últimos toques al lienzo en Roma. Aquí, pues, donde por primera vez se insinuara su sonrisa, va a ser admirada, aquí, en la paz de la ciudad antigua, donde Leonardo fijara la dulce placidez, la casta mirada, aquel ensueño cándido, el espíritu inmutable, lo que hay de más puro y divino en una alma selecta, la suave insinuación de una sonrisa…
Roma, 1913.
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