«Nuestra civilización se funda en la multiplicidad de los libros: la verdad se encuentra sólo si se le sigue por las páginas de un volumen a las de otro volumen, como una mariposa de alas matizadas que se nutre de lenguajes diversos, de confrontaciones, de contradicciones.»
Italo Calvino
Por Jaime Tranca*
En «El libro de arena», relato del argentino Jorge Luis Borges, el escritor influido por la Enciclopedia Británica del siglo XVIII crea el mito de un libro antiguo cuyo volumen posee infinitas páginas. Por más que lo intente, el protagonista del relato no puede hallar la primera ni la última hoja, ya que muchas otras se interponen, alcanzando un vasto número incalculable, como los granos de arena. Este mágico libro posee todo el conocimiento del mundo, todos los dibujos, todos los mapas, toda la filosofía; en fin, toda la creación de los dioses y del hombre. ¿Acaso el Internet no posee similares características?
El Internet, la gran red informática que juega un rol importante en el acelerado proceso de globalización se ha convertido en nuestro «Libro de arena», en nuestro vademécum integrado de hilos electrónicos que, como un libro mágico, nos proporciona casi todo lo que le pedimos. Las páginas son infinitas, la información es tan abundante que a veces no sabemos por dónde empezar. Dichos beneficios que obtenemos en todos campos (educación, ocio, comercio, trabajo, etc.) han creado el famoso debate que pretende resolver la interrogante: ¿desaparecerá, en un futuro cercano, el libro impreso?
En junio del presente año, el intelectual estadounidense Kevin Nelly abrió nuevamente la llaga de la polémica entre los internautas, con el artículo Scan this Book!, publicado en el The New York Times, en donde hace un llamado al mundo para escanear los 35 millones de libros existentes y que de una vez todos tengan la posibilidad de obtenerlos a través de la World Wide Web. Este pedido tendría por finalidad la democratización de la cultura y la creación de una biblioteca universal, en donde cada ciudadano tenga acceso, sin restricciones, a la información. De concretarse este pedido, ¿tendremos que decirle adiós al libro tradicional?
Nadie niega que los medios electrónicos hayan alcanzado un nivel comparable a las historias de ciencia ficción. El Internet, enemigo público del libro impreso, se ha convertido rápidamente en uno de los principales medios de comunicación. Demos un vistazo (o mejor, hagamos clic): se pueden hallar diarios, revistas, escuchar emisoras de radio, ver reportajes, documentales, video clips; es decir, a través de la red informática se logra todo lo que la radio, televisión y teléfono pueden hacer juntos.
El debate sobre la desaparición del libro impreso ha generado diversas opiniones. Vargas Llosa, contraponiéndose a George Steiner -quien augura la desaparición del libro y la novela-, asegura que el libro siempre estuvo dirigido a una sociedad minoritaria y que con la aparición de la imprenta sólo se extendió un poco más, lo que sucedería en un futuro con el libro impreso agrega- sería el regreso a lo que siempre fue, un medio para minorías, para una raza de elegidos, como también recalca Rosa Montero- reservada para un grupo de seres humanos que necesitan curar una fisura interna contraída en el transcurso de la vida. ¿Verdades o un contraataque de los principales perjudicados?
En «La galaxia de Gutenberg», el canadiense Herbert Marshall McLuhan, desarrolla la historia de las comunicaciones, allí plantea el apogeo del libro impreso a partir de la invención de la imprenta, pero dicha época gloriosa sufre un resquebrajamiento en el S. XIX con el invento de Guillermo Marconi, el telégrafo. De una sociedad dependiente del libro, pasó a ser una sociedad en donde los sistemas electrónicos revolucionan el proceso de comunicación humana. Aunque la «Galaxia Marconi» -la actualidad- haya alcanzado el avance que no parece detenerse con nada, el libro impreso todavía no ha sido desplazado -pero el telégrafo sí fue desplazado por el teléfono-.
Retrocedamos en el tiempo (volvamos unas cuántas páginas): ¿no se predijo la desaparición de la radio y el cine con el surgimiento de la televisión? Sin embargo, y más que nunca, cada uno goza de total independencia y de un singular desarrollo. McLuhan sabía del poder que tendría la televisión en un futuro cercano (eran los finales del 60, cuando el Internet estaba en plena experimentación) y no se equivocó. Después de él y hasta la actualidad, no han dejado de aparecer muchos intelectuales que pronostican (como los modernos Nostradamus frente a un teclado y una pantalla) miles de sucesos, como si quisieran urdir una ficción tan elaborada como un cuento de Borges.
Cada día se puede hallar más libros en el Internet, pero la variedad aún es escasa debido a los Derechos de Autor que todavía protegen con excelso recelo las grandes editoriales. La aparición de los e-books, pequeños aparatos electrónicos de gran almacenamiento, no ha generado una revolución debido al elevado precio y a su «frialdad» con el lector. ¿Cómo se explica esa «frialdad»? Narro: mi profesor de literatura se jacta de tener una enorme colección de libros, agrupados en diversos estantes que asemejan un laberinto; los ejemplares son cuidados como si fueran a convertirse en polvo al mínimo contacto y el olor que expele cada volumen lo embriaga tanto como si se tratara de un fetiche; no hay algo que pueda excitarlo más. ¿Quedó claro lo de «frialdad»?
Después de haber sufrido innumerables ataques directos a lo largo de la historia, como la quema de libros en el año 213 a.C. en la China de Chi-Huang Ti, o la famosa y tristemente célebre quema que organizaron los Nazis en la Plaza de la Ópera de Berlín, donde echaron al fuego todo escrito que se oponía a los ideales del régimen de Adolfo Hitler; o el absurdo Index Librorum Prohibitorum (Índice de Libros Prohibidos) creado por la Iglesia Católica para censurar y destruir a todo «libro pernicioso» que atente contra la fe (Flaubert, Joyce, Descartes, Sartre, Rabelais, Voltaire, Wilde, Schopenhauer, Marx, Nietzsche, Copérnico, Zola, etc., fueron algunos de los tantos perseguidos), el libro ha sabido sobreponerse de todos estos ataques y hoy más que nunca sigue vigente, sacándole socarronamente la lengua a cualquier intelectual de prosa elegante que pretende cantarle un apresurado réquiem.
(La desaparición del periódico es un tema aparte. Humberto Eco recomienda publicar sólo las noticias esenciales, y un cómico hace una defensa abierta, argumentando que el periódico siempre será de gran utilidad, sino con qué haríamos madurar las paltas o qué utilizaríamos como alfombra para la jaula de pajaritos)
Nunca se publicaron tantos libros en el mundo. Desde el éxito de los best-seller como Harry Potter o El Código Da Vinci, hasta los libros de nuestra Gisela Valcárcel o Vladimiro Montesinos. Al margen de que estos textos sean de calidad o no, jamás se ha vivido dentro de un clima bibliográfico tan apabullante, en donde los jóvenes aspirantes a escritores desean publicar un libro cuanto antes, tal vez una revista, un fanzine o una plaqueta. Pese a que el Internet brinda más facilidades para que un ciudadano común pueda publicar lo que le venga en gana, todavía el libro impreso es la meta de todo aquel que trabaja expresándose con el lenguaje escrito.
Aunque en el Perú todavía no se goza de una Ley del Libro favorable al desamparado lector y la educación en las universidades estatales está dirigida por el fotocopiado, el libro impreso todavía es considerado la fuente más importante por ser confiable y completo para el desarrollo de cualquier trabajo intelectual. El Internet tendrá que esperar y si Kevin Nelly consigue el escaneo de todos los libros, los usuarios imprimirán la información para poder leerla, porque el libro también es sinónimo de comodidad y maleabilidad. ¿Acaso mediante el Internet se puede leer el hermoso acordeón «Cinco metros de poemas» de Oquendo de Amat, con el mismo placer que otorga el libro original?
En «El libro de arena», el misántropo protagonista se encierra en su dormitorio, ofuscándose con toda la información del libro maldito y al darse cuenta de que no llega a ningún lado -solo a la confusión y al borde de la esquizofrenia- decide deshacerse del preciado-despreciado tesoro. Lleva el mágico ejemplar a la Biblioteca Nacional de Argentina y lo esconde entre los millares de libros para perderlo adrede. Tal vez a veces debemos hacer lo mismo con el Internet, para darnos un poco de tiempo y coger un ejemplar de nuestros empolvados anaqueles. Además del libro, ¿acaso hay otro invento tan simple y extraordinario al mismo tiempo?
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