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Italo Svevo: “Quien pide críticas, en opinión del crítico, pide elogios”

El reclamo o el ataque contra los críticos literarios para que ejerzan su labor no es reciente. Italo Svevo, en 1923, ya se quejaba de ellos, de su condescendencia o de su ausencia

 

Desde hace algunos años se habla de que la crítica literaria ha muerto o simplemente no se ejerce como antes. La queja constante es: Ya no vemos, por ejemplo en los periódicos, páginas donde se analiza una obra reciente para que el lector pueda saber si se trata o no de una obra que valga la pena. Y si existe ese espacio, es usado simplemente para reseñar el libro, para decir de qué se trata. O, en todo caso, se hace una entrevista al autor para que él mismo nos hable de su obra.

Esta queja no es reciente, en realidad viene de años atrás (muchos) y no necesariamente tiene que ver solo con el Perú o Latinoamérica. En 1923, Italo Sevevo, el reconocido escritor italiano que más homenajeó al cigarrillo con “agudeza y humor”, según Julio Ramón Ribeyro, también renegó sobre los críticos de su país por no ejercer precisamente la crítica o “ejercerla” a conveniencia.

“Sobre la crítica italiana no se puede hablar mal porque no existe”, con esta frase inicia un artículo que publicó hace 97 años. La misma frase podría ser replicada en varios países, pese a los años que pasaron, porque existe una cierta decepción por esta disciplina. “Quien pide críticas, en opinión del crítico italiano, pide elogios”, también es otra de las frases que podría tener todas las nacionalidades.

Sobre este tema surgen algunas preguntas: ¿en la actualidad existen pocas personas interesadas en hacer crítica literaria? ¿Existe producción pero poca difusión? ¿Los medios ya no publican crítica literaria porque tiene “convenios” con editoriales? ¿Hacer crítica en medios de comunicación te puede cerrar las puertas a grandes escritores? ¿No hay crítica en medios porque no hay lectores interesados en crítica? George Steiner dijo una vez: “Al mirar hacia atrás, el crítico ve la sombra de un eunuco. ¿Quién sería crítico si pudiera ser escritor?”. Quizás ya nadie quiere ser crítico porque piensa que puede ser un buen escritor.

Mientras conseguimos las respuestas, los dejamos con el artículo de Svevo, autor de La conciencia de Zeno, quizás el libro que mejor trata el tema del cigarrillo y el hábito de fumar, como lo aseguró Julio Ramón Ribeyro en Solo para fumadores.

 

 

Sobre la crítica italiana[1]

Italo Svevo

Sobre la crítica italiana no se puede hablar mal porque no existe.

El artículo está publicado en este libro editado por la editorial Páginas de Espuma. Madrid, 2014.

¡Qué curioso! Al italiano moderno le falta la probabilidad de la crítica. En muchos casos, no le falta el odio, que es una cualidad del crítico, pero él solo lo pone en práctica contra cosas que ya se han demostrado vitales sin su ayuda. El vapuleo es su oficio preferido. Pero el italiano no sabe o puede dedicarse a algo que se presenta modestamente y que existe puesto que se ve a plena luz. Su odio estaría desaprovechado porque la cosa todavía no vive e incluso podría suceder que su odio le diera esta vida: sería un odio que alcanzaría el efecto del amor, así que no merece la pena inquietarse. Y el escritor italiano no se enfada.

El verdadero crítico siente la importancia de las

cosas que solo él lee. Estas cosas son importantes porque él las ha leído. Al italiano esto no le parece bien. Lo que no llega al público no tiene importancia. Y entonces el italiano espera que lo inciten y, cuando lo hacen, por su naturaleza, que en el fondo es sumisa porque la resistencia es un trabajo del crítico, cede y sin más pensamientos escribe ese par de líneas de elogio con palabras de Sainte-Beuve o de De Sanctis: conserva, sin embargo, una antipatía feroz hacia quien lo molestó, pero no la manifiesta o le sirve en otras ocasiones para dar cierto sabor a sus penas. “Este no me ha disgustado y es una buena persona, así que lo elogio. No le importa lo que escribe, pero tampoco lo que se diga sobre ello, así que lo elogio. Otros (no se nombran estos otros) quieren, en cambio, los elogios (quien pide críticas, en opinión del crítico italiano, pide elogios). ¡Dios mío! ¿Por qué? ¿Quiere que se le nombre en alguna historia de la literatura italiana con pocas palabras que nadie leerá?”. ¿Y no tiene miedo el señor crítico de llegar también él a esas pocas palabras de la misma historia o tiene miedo de que si esas pocas palabras se las dedicas a otro no habrá espacio para él?

Contrariamente a los que piensa Prezzolini[2], no creo que lo que le quite la palabra al crítico italiano sea analfabetismo. Todo lo contrario. En Italia carecíamos de partidos políticos porque carecíamos de gregarios y solo teníamos jefes de partido. Este es el carácter de la nación. Todos nacen jefes. Y yo –francamente– no creo que esto signifique inferioridad. En política ha habido y hay algo de confusión, que se regula cuando alguien por fin obliga a nuestros grandes hombres a la colaboración obediente o a la muy útil inactividad. Sin embargo, en un ambiente parecido se produce una selección severa que provoca que precisamente el mejor adaptado reine en un país semejante. No en el mejor en el arte. En arte el más perfecto puede ser un monstruo que se come a su semejante (su superior) y lo caga sin haber hecho la digestión, pero mejor distribuido.

Por este carácter nuestro estamos condenados a quedarnos sin críticos. Es algo malo para nuestra cultura y por eso el público italiano lee antes que nada autores franceses, para los que también en Italia se encuentran críticos amorosos; sin embargo, se ha sorteado su dificultad principal, la del gran amor que tiene que elegir, tan difícil en el extranjero como en Italia, gracias a la obra del crítico extranjero.

Carecemos de críticos precisamente porque quien en Italia se cree con un gusto desarrollado y con un correcto razonamiento piensa en su propia persona y no tiene tiempo para los demás. Mira la naturaleza y, sino sabe mezclarse y encontrar en ella su sitio, tanto peor para él. Nadie más le puede deleitar. Él no se acercará siguiendo el pensamiento del otro. Este –si es italiano– no sabrá ni seguir ni preceder.

Pero ahora, más allá de la incapacidad para criticar, al italiano le da asco. Nuestro político no lee y la crítica lo dejaría impasible. Por eso el periódico, y no la crítica, le da lo que pide. Eso sí, tenemos la presentación de alguna obra maestra hecha por quien (¡qué casualidad!) es amigo del autor. El público no lee ni la crítica ni la obra maestra.

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[1] Redactado en 1923. Publicación: Saggi e pagine sparse (Ensayos y páginas dispersas), Milán, Mondadori, 1954.
[2] Giuseppe Prezzolini (1882-1982), periodista y escritor italiano.

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