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La revolución y la tierra: revisar la historia para no caer en la indiferencia

A dos años de su estreno, el documental sobre la Reforma Agraria del general Juan Velasco sigue causando polémica, y tanto que hasta hace poco se denunció una presunta censura. ¿Por qué este hecho histórico aún polariza al país?

Escribe Eduardo Reyme*

 

En un país donde la construcción de nuestra propia historia tiene tantas y malas versiones de un mismo hecho. En donde los políticos, poseedores de verdades que sus correligionarios convierten en absolutas y por ende peligrosas, es necesario saludar documentales que tienen por único objetivo revisar hechos importantes que a fuerza de repetirse se han hecho indiscutibles. Así, por ejemplo, la Reforma Agraria, siempre ha sido contada como la acción de un mandatario golpista y militar que expropió sus tierras a un grupo de peruanos que hoy andan quejándose de la opulencia de la que eran poseedores en otros tiempos. Poco se sabe que dicha reforma era algo que el Perú de ese entonces pedía y que fue materializada en el gobierno militar.

Nula es también la reflexión de que esa reforma era una medida drástica pero necesaria porque significaba el colapso de un sistema opresor que hacía del indígena, como en casi toda la historia republicana del Perú, el sujeto más afectado de todos. La aparición de La revolución y la tierra (2019) mira al pasado de frente y a los ojos, sin miedo y sin concesiones con nadie y es quizá ello uno de los puntos más acertados del documental de Gonzalo Benavente que expone con supina inteligencia a una larga lista de intelectuales de intachable reputación para crearnos el antes, el durante y el después de una reforma que hoy, tantos años después, se puede considerar como un hecho más que necesario, y es que su ejecución nos toca directamente hasta la actualidad pues, como se menciona en el mismo, si el general Juan Velasco Alvarado no hacía la reforma, Sendero Luminoso ganaba la guerra porque la insurrección hubiera venido en una masa incontenible.

El documental enriquece a quien lo observa porque hace que nos podamos ver a nosotros mismos y generar desde ahí nuevos diálogos que aperturen la reflexión y nos sigan permitiendo entendernos sin apasionamientos radicales que, como vemos en la actualidad, a ningún lado parecen llevarnos. Resulta necesario en un contexto de rebeliones venidas de países vecinos revisar en qué situación nos encontramos como país para a partir de ahí reconocer que por aquí el abuso fue en algún momento de nuestra historia lo que campeaba a diestra y siniestra bajo la silenciosa mirada de mandatarios que poco o nada les interesaba la indiada acusada siempre de rebelde y problemática.

La revolución y la tierra interpela al espectador, desde el primer momento, contrastando imágenes del pasado y de la actualidad, y demostrando con ello que si algo no han perdido nuestras autoridades es la tan típica huachafada limeña como cuando se le oye al exministro de Cultura, Francesco Petrozzi, frente a una visita que hizo el rey de España al Perú decir: “Yo me apellido Petrozzi, así que muy español no soy. Pero me siento español por ser peruano”. Más interesante es ver la manera cómo el documental muestra a Velasco como lo que era: un piurano criollo desconocedor del quechua, fanático de la música criolla y muy cercano a la gente.

De hecho, hay más de una escena en el documental que me emocionó. Por ejemplo, aquella cuando un sindicalista fue a buscarlo a Palacio de Gobierno. El “Chino” Velasco apartó a la policía militar y prometió atenderlo. “Así era el presidente Velasco”, dice frente a la cámara y su emoción nos enmudece. Plagado de historias que trajo la reforma, el documental no ha dejado de lado la versión de personas que hablan de las grandes haciendas como la famosísima hacienda de Huando en Huaral con añoranza por aquellos tiempos y hasta admiración por la familia Graña.

Algo que no deja de hacer La revolución y la tierra es dejarnos indiferentes y he ahí el verdadero mensaje que debemos extraer más allá de posiciones predefinidas. Quizá ya es hora de reformular conceptos desde las aulas y generar diálogos que nos acerquen sacándonos viejas historias que nos contaron los abuelos o los padres y apuntar que más allá de lo que muchos crean la tierra, nuestra tierra, estuvo plagada de revoluciones porque la indignación apremia y los que lucharon por la justicia aún viven entre nosotros.

 

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* Autor de Un lugar llamado Tarata (2006), Duerme tranquila, Rebecca (2007), Épocas de radio (2010) y Lección de las aves (2015). En la actualidad se desempeña como docente en la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático (ENSAD) y como director de la editorial independiente Vivirsinenterarse. Se encuentra próximo a publicar Los ojos de Angélica, gracias a la Asociación Nacional de Familiares de Secuestrados, Detenidos y Desaparecidos del Perú (ANFASEP).

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