Mercedes Sosa: “El amor que te da el público es la explosión de un momento”
Entrevista realizada por: María Ester Gilio*
—Contame un poco de cuando eras niña.
—Siempre da un poco de pudor hablar de la niñez de uno.
—Es extraño, ¿por qué?
—Hablaría de cosas que no tienen importancia. La vida cambia tanto.
—Me parece, sin embargo, que conocer la niñez de uno ayuda a entenderlo.
—Tuve una infancia feliz. Éramos muy pobres, pero muy unidos. Mis padres se querían mucho. Eso creo que nos hizo muy bien. Ver a nuestros padres quererse tanto.
—¿Cuándo empezaste a cantar?
—Antes de saber leer. Empecé a cantar cuando empecé a hablar. Y era un desastre, pues cantaba hasta en los velorios. Yo llegaba y siempre había algún chico que quería que cantara. Y yo cantaba. Pero también estaban los otros.
—¿Los que querían silencio?
—Sí, los que querían silencio y me hacían callar. Pero yo detestaba el silencio de los velorios y la tristeza… y toda la situación alrededor de ese ser que se iba. Así que nunca me hacía rogar cuando me pedían que cantara. Yo cantaba nomás.
—¿Cuándo empezaste a cantar en público?
—A los quince años me presenté a un concurso y lo gané. A partir de allí empecé a cantar en una radio. Ganaba doscientos pesos por mes. Para nosotros era mucho.
—¿Cómo te juzgás a ti misma en esa época?
—Como una gran irresponsable.
—¿Cantabas mal?
—No sabía qué era cantar.
—¿Qué es cantar?
—Es saber elegir una canción, y después que la elegiste, saber qué querés hacer con ella. Qué querés dar con ella y cómo debés manejar tu voz para darlo.
—¿Qué es lo primero que te atrae en una canción?
—La música. Lo que más me importa es la música. La letra para mí es secundaria frente a la música.
—Sin embargo, vos hacés muchas canciones cuyas letras tienen un contenido que no puede ser casual, que no parece elegido al azar.
—Sí, pero siempre se trata de canciones que me gustan musicalmente. A la letra, en general, le exijo poco, sólo cierta discreción, desde el punto de vista estético.
—Insisto en que hacés muchas canciones con contenido político o social.
—Hago, sí, pero yo no me considero una cantante política. Creo que no hay que insistir exageradamente con el tema político. El artista tiene que tender a ser popular, no encerrarse en pequeños grupos de intelectuales. El cantor de temas de protesta es generalmente un cantor de élites. Yo creo que uno debe tender a interesar al gran público. Por supuesto, siempre dentro de una exigencia de calidad.
—¿Qué te da la pauta de lo popular?
—Ahí hay que hablar de intuición. Uno no canta una canción porque va a tener gancho. Nadie sabe eso. Ni siquiera las grabadoras con toda su experiencia. Un día grabé «Zamba para no morir», una canción difícil en la música y difícil en la letra. Fue, sin embargo, la canción que me abrió el camino.
—¿A qué adjudicás el éxito de «La Balderrama»?
—Musicalmente es una belleza. Pero… aparte de eso… Esa canción la empezamos a cantar en Pinamar, Pepete y yo. Ambos extrañábamos, allí en la costa, él su montaña, yo mi cerro. Nos sentíamos muy solos con el mar al lado. A ninguno de los dos nos gusta el mar. En «La Balderrama» pusimos toda nuestra nostalgia. Sentíamos tanto amor a nuestra tierra cuando la cantábamos. Creo que ese amor está en la canción.
—¿Hubo cambios en tu vida como consecuencia del éxito?
—Con el éxito se ganan muchas cosas y se pierden muchas cosas. Yo vivo ahora muy apurada. Casi no tengo tiempo de tener amigos. Eso me hace sufrir.
—¿No te parece que eso tiene que ver con tu forma de encarar la profesión?
—Sí, estoy segura, pero es muy difícil escapar al ritmo que te va imponiendo el trabajo.
—¿La relación con el público no te compensa en parte de esa ausencia?
—No, el amor que te da el público es la explosión de un momento. La amistad es otra cosa. Es tomar y dar. Y conocerse. Saber de las alegrías y las tristezas del otro y compartirlas. El amor del público no sustituye el amor del amigo.
—¿Vos sentís que te comunicás fácilmente con el público?
—Eso depende. Hay públicos que me intimidan. En ese caso, seguramente yo, sin quererlo, pongo una valla.
—¿Cuál, por ejemplo?
—Yo ya sé que hay determinado tipo de gente a la cual le gusta cómo canto, pero no le gusta lo que canto. Recuerdo una vez en Punta del Este. Una mujer lo dijo exactamente así: «Tiene buena voz, pero no aguanto las cosas que canta».
—Le temés al público que presuntamente no comparte la visión del mundo que transmitís con tus canciones.
—Sí, pero en eso hay a veces un prejuicio. Hace unos días canté en el Hermitage. Empecé bastante nerviosa. Era la primera vez que una folklorista se presentaba allí. Yo anuncié una canción de Víctor Jara. Lo recibieron con un aplauso cerrado. El aplauso era para él. Yo sentí que la comunicación se había establecido.
—¿Cuáles son las consecuencias de la comunicación?
—El miedo desaparece.
—¿Qué más?
—Desaparecido el miedo, uno se afloja y puede rendir el máximo.
—¿Cómo fue tu última presentación en Montevideo?
—Hubo otro episodio vinculado también a Víctor Jara. Yo dije en el escenario que iba a cantar una canción de Víctor Jara, muerto en Chile. Un hombre del público gritó: «¡Asesinado en Chile!». Le respondí: «Tiene razón. Asesinado en Chile por la Junta Militar». Cuando bajé, se me acercó un agentito y me pidió mi nombre y dirección. Se los di. Me dijo: «Me imagino que usted se hará responsable por lo que dijo». «¿Responsable de qué?», le dije. «Si matan a un amigo suyo, ¿usted qué hace?» Allí se acercó uno de particular y le dijo: «No tenés nada que discutir. Denunciá». No le faltaban ganas de llevarme. Pero se quedó quieto.
—¿Solamente frente a determinados públicos sentís miedo?
—Miedo siento siempre.
—¿En qué momento?
—Antes de subir. Cuesta subir. Cuesta. Es tremendo. Algunos toman, otros recurren a las drogas para enfrentar al público. Hubo una época en que yo me tomaba una copa de ginebra. Un día decidí parar y paré.
—¿Por qué?
—No sé.
—¿Te parecía mal?
—Sentí que era peligroso. Uno empieza con una copa y termina con un barril.
—Explicame exactamente qué sentís en el momento antes de subir al escenario.
—Siento sueño. Un sueño muy grande. Y depresión. Después que empiezo a cantar me olvido de todo eso. Y cuando termino me siento muy excitada. Sin sueño ninguno.
—¿Eso te pasaba también cuando recién empezaste?
—Cuando era jovencita me ponía un poco nerviosa. No mucho.
—La angustia y todo eso empezó con la fama.
—Sí, yo siento ahora una gran responsabilidad. Siento que tengo muchas cosas que perder.
—En definitiva, cantar es un trabajo.
—Es un trabajo y un placer. Mientras estoy esperando el momento de salir es un trabajo. A partir del momento en que empiezo a cantar y siento que todo marcha, es un placer.
—Grabar es diferente, ¿no? Allí estás tranquila.
—¿Tranquila? Nooo. Grabar es el horror. Con esa luz roja que te paraliza. Y ese silencio de muerte. No, no, es más fácil el público.
—Pero si te equivocás, se borra.
—Sí, se borra, se borra. Pero en el momento en que te equivocás, se produce un silencio espantoso. Yo siento mucha angustia y miedo. Puede ocurrir que no veas la falla en el momento. Y luego ya no tengas tiempo de volver a grabar. Eso me pasó el 4 de setiembre cuando grabé «Vidalita de la paz». A mí no me gustó cómo quedó, pero el 5 me iba de viaje. Hubo que largarla como estaba.
—¿Te gusta escucharte?
—No, no. No me escucho. No puedo escuchar ningún disco mío salvo que haya pasado mucho tiempo. Veo los más mínimos errores. ¡Ay, madre mía! Me amargo, me amargo. En casa ya lo saben y no los ponen.
—Yo creía que vos eras una persona muy tranquila.
—No, soy totalmente desequilibrada.
—Debés estar exagerando, ¿no?
—Sí, un poco. Pero en gran parte es verdad. Es difícil conservar el equilibrio cuando se hace la vida que hago yo.
—Contame.
—Tendría que ser muy fría.
—Sí, pero contame.
—Vivo de aquí para allá. No descanso nunca. Apenas llegué a un lugar cuando ya estoy saliendo. Tendría que hacer dieta. No puedo. Darme masajes. No puedo. Estoy demasiado gorda y eso me aflige.
—Es bastante frecuente que los cantantes sean gordos.
—¡Ah no! ¡Mentira!
—Mercedes, qué pasión…
—Ah, sí. Nadie tiene derecho a decir que es gordo porque canta. Eso es un invento.
—Un invento de sopranos y tenores comilones.
—Una cosa es el desarrollo del tórax y otra la gordura. Se puede adelgazar.
—Entonces…
—¡Ay, madre mía!
—Es difícil.
—Por el tipo de vida que hago, comiendo en aviones y hoteles. Hice un tratamiento en el que prácticamente no comía más que una lechuga. Durante un recital, en el momento en que cantaba «La Balderrama», me vino un calambre tal que tuve que detenerme. Volví a empezar y volvió el calambre. El médico me dijo: «Antes de una actuación, coma».
—Esa parece una solución.
—Parece, sí. Pero yo actúo cada dos o tres días.
—¿Podrías vivir sin cantar?
—No entiendo.
—Supongamos que te quedaras sin voz.
—Por unos días me sentiría tranquila, como si me hubiera sacado un gran peso de encima. Luego me enloquecería.
—¿A qué te dedicarías en ese caso?
—A alguna tarea que me hiciera sentir muy útil a los demás.
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