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Revolución y canción comprometida: Mario Benedetti entrevista a Daniel Viglietti

La entrevista fue publicada en al revista Crisis, en abril de 1974.

El uruguayo Daniel Viglietti (1939-2017) es uno de los máximos representantes de la canción popular y de protesta uruguaya y latinoamericana. Fue un activista político que usó su guitarra y voz para la denuncia social, la justicia y la esperanza, creando temas celebrados como «A desalambrar» o “Gurisito”, y dejando un legado artístico y compromiso profundo. Hoy es un referente de la Nueva Canción de los 60 y 70 que sigue interpelando al presente.

La siguiente entrevista fue realizada por su compatriota Mario Benedetti para la edición 12 de la revista Crisis, publicada en abril de 1974.

 

Daniel Viglietti: “Canciones de protesta y canciones de propuesta”

Escribe: Mario Benedetti

 

—Daniel, ¿cómo caracterizarías la trayectoria de tu canto? ¿Creés que se forma de una sola continuidad, o de sucesivas rupturas?
—Hay un determinado nivel de continuidad en mi trabajo, pero dentro de esa continuidad hay momentos en que alcancé a percibir algunos cambios. En una primera etapa (me refiero sobre todo a los dos primeros discos) la canción es un registro mínimo de la realidad social de Uruguay, y también de América. Es una suerte de denuncia, pero no aparece aún una propuesta para cambiar esa situación. En una segunda etapa, que abarcaría desde Canciones para el hombre nuevo (algo así como el puente donde se junta la primera etapa con la producción siguiente) hasta la obra que hice con textos de Benedetti, me encuentro con un nuevo período en mi canto. Esta segunda etapa se asocia a proposiciones políticas existentes, a formas de cambio para toda una situación de injusticia y desigualdad. En ambas etapas podemos decir que son canciones de protesta y canciones de propuesta. Cuando me planteabas la opción de ruptura o continuidad, confieso que lo siento como una continuidad.

—En esta última etapa, ¿creés que hay un mayor contenido ideológico?
—Probablemente sí; desde el momento en que se está planteando ideas más relacionadas con toda una forma de concebir el cambio, de elaborar una mayor crítica del sistema.

—En algún sentido, la canción es como un iceberg: se ve sólo un trozo, lo que está sobre la superficie, pero no siempre se ve todo lo que está debajo de la canción y que, sin embargo, en una concepción más profunda, también forma parte de ella. Esa parte oculta suele ser el contenido ideológico. Ahora bien, ¿cómo preferirías definirte? ¿Cantautor político, cantante popular, cantante de protesta, cantante de música popular?
—Yo diría, más bien, que tengo claro lo que no soy. Por ejemplo, no creo que sea un cantante de protesta, ni un cantante popular. “Popular” puede ser confundido, porque se trata de una manera muy amplia y a veces en un modo muy comercial de manejar las cosas. Por eso prefiero decir que hago canciones.

—¿Algún hecho político ha tenido especial influencia sobre tu obra?
—Hasta los años 60-70 había una latencia de estos problemas. El hecho desencadenante de mi toma de conciencia es la Revolución Cubana. Tengo la impresión de que fue un fenómeno generacional. Ello se concreta, se cristaliza, se hace canción, en el momento de la invasión a Playa Girón, que la viví como una invasión al nosotros, al yo. Ahí siento la necesidad de una definición, y la tomé de apoyar la lucha revolucionaria cubana. Después está mi primera visita a Cuba, en 1967, que es también impactante, sobre todo por el momento que entonces se vive allí, que es de una tremenda fuerza: es cuando el Che se ha ido de Cuba, es cuando tiene lugar la reunión de la OLAS, y es el instante de mayor fuerza de la posición guerrillera dentro de la táctica de la guerrilla campesina. Esa estada en Cuba es para mí una conmoción, al punto de que pienso que toda la serie de Canciones para el hombre nuevo (salvo “A desalambrar”, que la hago en Uruguay, antes de viajar a Cuba) está muy tocada por esa experiencia. Luego, la vuelta al Uruguay significa no saber bien si es que uno vuelve cambiado por esa experiencia, y por eso resulta un Uruguay distinto o si es que el Uruguay también está cambiando vertiginosamente. Te estoy hablando de 1967. En ese año, toda aquella perspectiva latinoamericana, de la lucha que se avecinaba, y cómo hacerla, empieza a tratar de resolverse en el propio país. En ese sentido, ya entonces hay efervescencias en las luchas políticas, en las luchas estudiantiles y en los comienzos más difundidos de la lucha guerrillera. Entramos al período que tiene otro mojón en la crisis de abril del 72; quizá habría que llamarlo el período tupamaro. Es todo un mundo, y por supuesto influye en lo que uno hace, hay una subjetividad más especial, porque el sujeto es de alguna manera el proceso revolucionario.

—Es evidente que muchas de tus canciones pueden ser calificadas de comprometidas. Ahora bien, ¿qué sentido le das al compromiso?
— Hay muchos matices en el compromiso. Así se va revelando la capacidad que un individuo puede tener para asumir determinados grados. En mi caso personal, considero que he asumido el compromiso de intentar cumplir, a través de lo que hago, una tarea que podría llamarse de contra-información, en el sentido de desalienar al oyente de las toneladas de canciones y de música que lo condicionan y lo llevan a aceptar un sistema impuesto. Ese ha sido mi intento, porque tengo claro que un compromiso puede llegar a ser mucho más profundo (pienso en Silvio, por ejemplo, para decírtelo de alguna manera). Es una zona muy difícil de precisar, porque tampoco creo en una suerte de sentimiento de culpa en relación con el compromiso. Depende mucho de la circunstancia histórica, y depende también de la circunstancia del individuo, así como de sus limitaciones. Y asimismo del momento en que eso llega a una cristalización, o sea cuando se produce un engranaje en el que participan todos esos elementos: la circunstancia histórica, el proceso individual y esa chispa que de repente ocurre.

—¿Alguna vez sentiste algún tipo de conflicto entre tu actitud política y tu exigencia de artista? La primera, ¿ha beneficiado o perjudicado a la segunda?
—En este momento estoy llegando a una situación de balance de todo lo anterior, de manera que mi respuesta está muy condicionada al momento, y no tiene nada que ver con lo que te podía haber contestado un año atrás. Entonces te habría dicho que yo sentía que, desde el punto de vista expresivo, estaba haciendo las cosas de la mejor manera posible y que no creía que el deseo de transmitir un mensaje político perturbase la obra. En este momento, en cambio, ese aspecto me preocupa. Siento que fácilmente se puede operar un tributo a una exigencia casi militante de determinados planteos (sobre todo en las letras) y en ese sentido me doy cuenta de que tengo que exigirme más en el trabajo, no solo en cuanto a los textos sino también en cuanto a la música, a pesar de que en la música ahora me siento con más seguridad. De manera que en este último tiempo tengo la impresión de que a veces se paga un tributo a ciertas exigencias. Pero también te diré que no me arrepiento de que haya ocurrido así. Creo que es un fenómeno que va mucho más allá del individuo, es un fenómeno bastante amplio y cada uno en su circunstancia y en su nivel sufre ese riesgo.

—¿Cuál es la relación que buscás con el público?
—¡Hay tantos tipos de público! Por eso hay también diferentes tipos de comunicación con el público. Me doy cuenta de que he estado en contacto con un público de clase media, los sectores estudiantiles, y parcialmente de sectores trabajadores. Hay un fenómeno de relación con determinadas ideas, que en el Uruguay se da además en una situación de relación de las clases con el proceso. A lo que estoy más habituado es a la comunicación cotidiana. La vivo casi como la relación con un amigo. Si bien de pronto soy yo el que está hablando, también encuentro en el silencio o en la atención del otro respuestas que no se pueden definir bien. Siempre vivo la relación con el público como un diálogo. Supongo que tengo un sistema de captación frente a lo que está sucediendo para percibir una cantidad de imponderables, y que eso se produce dentro de mí. No creo que sea un fenómeno de autodilatación, porque yo lo siento así. La respuesta se da a través de una palabra que alguien dice, de lo que alguien pide, de la respuesta del público mediante el aplauso o algún detalle en particular. Es una relación muy peculiar, como si fuera con una persona.

—Esas relaciones, ¿se repiten, o en cada ocasión tienen su originalidad propia?
—También depende de las circunstancias. En determinadas circunstancias hay algunos elementos comunes. Por ejemplo, en el Uruguay desde el 1968 se va produciendo un apoyo muy evidente a todas las propuestas de lucha armada, de exigencia de una actitud revolucionaria frente al proceso, o sea una adhesión a los movimientos de liberación. Pienso que tal vez sea ahí donde se va dando mejor la identificación con lo que hago.

—¿Qué diferencias sentís cuando cantás en el Uruguay y cuando lo hacés en el extranjero?
—Sí, debe haber una carga muy subjetiva. Estoy seguro de que si, por ejemplo, fuera ahora a cantar al Uruguay, estaría cargado de subjetividad en la comunicación. O sea, llevo cosas, deposito cosas, o imagino que me están dando algo. Es toda una relación con el medio, tan profundamente entrañable como la de cualquier de nosotros, y se agudiza más cuando se está lejos. Por ejemplo, cuando estuve detenido en Buenos Aires, después volví a Montevideo y canté, y esa palabra “Montevideo” era un aluvión para mí, era todo un estímulo. Ahora bien, fuera de esa sensación tan entrañable del Uruguay, en otro ambiente, por ejemplo en la Argentina, he ido encontrando una sintonía muy eficaz, tal vez porque los respectivos procesos tienen mucho en común. Y he recibido una respuesta bastante familiar. En otros países a veces cuesta una pizca más la comunicación. Se plantean a veces situaciones muy diferentes en otros países, por ejemplo en Chile, inclusive por una sensibilidad frente a la canción nuestra. De pronto se da plenamente la identificación con que se sepa “A desalambrar” (no sólo por una cosa temática sino por la música misma, por cómo cantas, etc.). Es una respuesta concreta en muchos países, pero no la respuesta global que es lo que uno busca en realidad. Desde uno, en general, esas luchas las doy, las peleo, lo que hago en un medio, y trato de establecer la comunicación, inclusive trato de lograrlo con un auditorio difícil. Me gusta dar esa lucha, y eso es una línea dificultosa. Me preocupa en cambio la respuesta mecánica. Cuando se excita frente a un público que te identifica plenamente con una causa, hay a veces una respuesta que no siempre es reversible.

—Una confirmación de que la canción también puede ser un agente revolucionario, sobre todo cuando se la mantiene con calidad y con sinceridad, es el hecho de que, por cantarla, estuviste preso en el 72. Fijate que fuiste un preso político, pese a que lo que habías hecho era tan sólo cantar. Ahora bien, ¿qué significó esa experiencia para tu arte, aunque tal vez sea un reflejo del significado que tuvo para tu vida?
—Mira, fue una situación que me toca en zonas muy hondas. Por un lado, está todo lo que podés imaginar de una situación de ese tipo; lo que la gente te cuenta de una experiencia sufrida, no tiene nada que ver con una experiencia directa, aunque sea mínima en cuanto a tiempo. Uno adquiere una gran cantidad de cosas que antes solo tenía en teoría; todo un aprendizaje que no se borra, aunque estemos todo el día hablando con ese aspecto. Ahí descubrís que estás rodeado de cosas, y lo descubrís cuando salís, si sentís que todo eso ya no va a ser lo mismo, pero de todas maneras vuelve a recibirte, en esa especie de sistema que es cada uno. Sistema de relación con el mundo. Sistema de relación con una sociedad que te está seleccionando para vivir como un prisionero político, aunque estés suelto, pero no estás exento del todo. Es una oportunidad importante, pero importante en la medida que es definitiva. (Y eso debido a lo puesto, tener claro). Dejó un resabio muy rico, un contacto totalmente directo con el mundo, con la expresión humana, que es una experiencia honda, no es posible en un año de cárcel que la tengan todos. Por otro lado también fue traumática en un aspecto que deja una huella para el que trata de analizarla todo lo posible. Por el uso que se hizo de ese episodio y por el tipo de lucha que me habían tendido, pero no me había funcionado físicamente. Si mi prisión fue mínima, tuvo también un impacto ideológico y psicológico, y sobre todo lo correspondí al rememorar todo lo que había sucedido; cuando salí y empecé a ver los diarios, con las fotos de la manifestación, con las primeras páginas de los diarios, la conferencia de prensa había sido exhibida varias veces, y sentí que de alguna manera la vida, la realidad, servía para montar otra realidad, y que era una jugada, una farsa. No creo que toda una farsa, sino que era parte, pero me di cuenta que era una pieza de esa maquinaria. Y eso me dejó un sabor amargo. Sobre todo cuando sentía que allí no podés seguir dando la batalla con lo que hacés. Tuve una mínima oportunidad en el Penal de la Colonia, de continuar la cosa, pero fue una oportunidad muy mezquina, y además viví la sensación que puede tener cualquiera de los que tenemos un nombre que aparece en los diarios, un disco o un libro, y vemos el apoyo que surge en la medida en que uno puede simbolizar algo; sentí que eso no alcanzaba a una cantidad de gente que ha hecho más, muchísimo más, y no trasciende lo que está pasando. Entendés que sea el vértice, que sea un atributo, que además representa algo que se trata de rescatar a través de un nombre, pero es muy bravo, porque de hecho, de todos los presos que estaban allí no sé exactamente quiénes habían salido, sino que sé que yo salí y que otra cantidad no ha salido. Es el contrario del artista o del intelectual, por el nombre propio, o el prestigio. Además, la salida de la prisión (fines del 72) fue la vuelta a un Uruguay que, aunque andaba por las calles o estaba en sus casas, afrontaba una situación de tensión y de dolor tremendo. Era un intercambio de dolor entre la gente, y hasta de desesperanza en determinado momento.

—¿Cuál fue la sensación de salir de una prisión física para entrar en otra opresión?
—Y lo seguí viviendo también de adentro, en la medida que uno se encuentra con la gente que no está; se crea un clima de luto, donde lo principal pasa a ser la memoria.

—¿Cuál sería para vos la más fecunda relación entre el arte y la política? ¿Por ejemplo, este oficio del cantante?
—Creo que la forma más fecunda es tratar de ser lo más íntegro posible en lo que se hace, y con una dosis grande de exigencia. El problema es cómo combinar la dosis de honestidad con la dosis de consecuencia. A veces siento que me exijo, que soy muy crítico con lo que he hecho, pero cuando vuelvo a trabajar no siento la respuesta que sentí de solo esperar a través de esa exigencia. O sea que los resultados de la autocrítica tienen que verse sospechados en lo que hago y creo que ese es el terreno fundamental: ser exigente en lo que se hace, disciplinado. Y lograr esa definición. Que la exigencia derive de una búsqueda consciente y no de la casualidad o de lo que se cree que es casual. Que desde la experiencia de nuestro deber, el siguiente disco no tenga canciones más, y el próximo mismo en vivo, incluya algunas canciones alternativas. Claro que cambio por el público y solo unas pocas nuevas, dedicadas a las cuales siento que continúo la trama del proceso, pero también que no continúe sin tanto, como hacerle ni susurrar, ya se parece demasiado al incumplimiento.

—¿Y hay a la vista alguna salida para ese doblez o transición?
—Por eso, en ese sentido, este alejamiento va a ser bueno; primero porque me va a permitir (así sea un lugar común) tomar perspectiva, enfriar ciertas cosas, tener un poco de calma y desarrollar un poco más en lo que estoy haciendo. No pensar tanto en la exigencia, en lo que se espera, a lo que hay que decir, etc., sino poder concentrarme más en el trabajo. Y también a estudiar, en vez de nada. Qué, cómo y dónde, lo voy a ver allá. Y esto no lo digo con el sentido de que voy a Europa a recibirme de nada, sino a encontrar apenas que la situación dé una cierta tranquilidad que no pueden dar. Siento que voy a volver con la respuesta a esta misma pregunta, pero mejor fundamentada.

—¿Cuál es tu máxima aspiración como cantante y como hombre?
—Son de esas preguntas que hay que contestar con tres palabras, porque si uno entra a divagar… Un cambio revolucionario, te diría. Un cambio revolucionario en todo este mundo del cual uno forma parte y en consecuencia también en uno.

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