Saudade
Autor: Jonathan Bazán
Hola querido:
Hace días que no sé nada de ti. Mejor dicho, hace 4 meses que no sé nada de ti. No sabía a dónde escribirte. Sabía muy bien que no podía hacerlo a tu WhatsApp, tampoco a tu Instagram. La última vez que lo hice (a través del modo efímero de esa plataforma) respondiste rápido y pusiste: “Ya no escribas, mi esposa vio los últimos mensajes que me enviaste”. No te voy a negar que me asusté. Tuve que poner en privado todas mis redes sociales por el temor que tu esposa me busque. Yo siempre supe cuál era mi lugar en esta relación, eso lo tuve claro. Desde ese día que nos vimos en el baño de aquel congreso donde participamos. Me acuerdo como si fuese ayer. Me enviaron al foro y activé el Grinder, solo para ‘sapear’ quién estaba ahí. Me sorprendió ver que estaba un ingeniero con el que trabajaba, me salía a diez metros cada vez que activaba la aplicación. En un momento apareció tu perfil, no tenías foto, solo habías puesto “F” como nick y me aparecías a cinco metros. Estábamos en el auditorio principal y habían más de 150 personas, cualquiera podrías ser tú. No había pasado ni dos minutos y me escribiste: “Hola, ¿estás en el Foro?”. “Hola, sí”, te respondí. “¿Tienes foto?”, continuaste y me enviaste una foto tuya. Estabas muy guapo. “Eras el osito que quería cazar esa tarde”, te dije y te envié una foto mía. “Hablo poco español. ¿Eres peruano?”. “Sí”. “Quiero verte”. “¿Dónde?”. “Vamos al baño, todos están ahora en la plenaria, te veo ahí en cinco minutos”.
Esperé un rato, no quería ser obvio. Fui directo al baño, no había nadie, estaba ansioso, pensé que te habías echado para atrás. Cuando estaba lavándome las manos para salir, entraste y mi ansiedad se disparó. Esa adrenalina de que algo “raro” estaba pasando estaba a su tope. Me miraste, te miré y tu altura me descuadró, pero tu cara de “pavo” me excitó. Me guiñaste el ojo y fuiste a orinar, me acerqué al urinario que estaba al costado tuyo, estabas “al palo”, no había nadie en ese baño, solo los dos, tenía miedo de que entre alguien en cualquier momento, que entre mi jefe o uno de mis compañeros, pero tú estabas decidido a que pase algo, tu excitación me arrechó demasiado, me pusiste muy nervioso, estaba temblando, no era la primera vez que lo hacía, pero tenía miedo de que me encuentren ahí contigo, cualquiera podía entrar. Me agarraste el pene y empezaste a masturbarme, te agarré el pene y empecé a masturbarte ahí en el baño, pensando que en cualquier momento alguien iba a empujar la puerta. Me miraste y me besaste, tu barba me raspaba, estaba muy excitado, empezaste a tocarme la nalga, me bajaste el pantalón y empezaste a manosearme, tenía que empinarme para seguir besándote. En un momento me agarraste la cabeza y me agachaste, metí tu sexo en mi boca, estabas muy lubricado, ese olor a sexo, sudor y orín se mezclaban ahí abajo, no podía más, en un momento me metiste un dedo a la boca y ahí me di cuenta de que pertenecías a otra persona. Mientras me cacheteabas con tu sexo vi el anillo de matrimonio. No te dije nada, pero me excitó más. Estaba disfrutando algo de otra persona, tu sexo tenía dueña, no sé cómo explicarlo, pero me prendió más. Agarré tu sexo y lo chupé como si fuese un chupetín, primero la lengua y luego unos besos en ese glande rosado que te manejas. Yo quería que termines, pero en ese momento me levantaste y me empujaste contra la pared. Me besaste a lo bestia, tenía el pantalón abajo, tu sexo y el mío estaban lubricados y se rozaban mientras metías tu lengua en mi boca. Recuerdo claramente esa escena, tus manos en mis nalgas, tu lengua en mi boca, yo con el pantalón bajo y mi mano en tu sexo erecto, cuando de pronto se abrió la puerta abruptamente. Era el fotógrafo del evento, obviamente nos vio, vi cómo se quedó sorprendido y casi titubeando dijo “Disculpen” y se fue con la misma rapidez con la que abrió la puerta. Te empujé, y rápidamente me levanté el pantalón. ¿Cómo nos pudo haber visto el fotógrafo del evento? ¿Sí le contaba a mi jefe? ¿Sí le decía a alguien? Tenía miedo de perder mi trabajo. Te acomodaste el pantalón, nos lavamos las manos y salí sin despedirme. Me fui a mi sitio, asustado, me senté junto a mis compañeros de trabajo como si nada hubiese pasado. A los minutos me escribiste: “Tranquilo, no dirá nada”. No te contesté, estaba con la adrenalina al tope.
Pasaron tres horas y me volviste a escribir por el aplicativo: “¿No quieres venir al hotel donde me estoy quedando?”. “Mmm… no sé”. “Ven, terminemos lo que empezamos en el baño”. Lo pensé, me dejaste con esa sensación de miedo y arrechura, no quería comprometer mi trabajo. “Estoy en un hotel a las afueras de la ciudad, puedes ir en mototaxi, estoy en la habitación B-22”. Llegué a mi hotel, me bañé, me alisté, tomé un mototaxi y fui a donde estabas. “No digas nada al entrar, cruzas la recepción, verás una piscina, vas a la derecha y ahí está la zona B. Buscas la habitación 22, estaré esperándote”. Cada vez que leía ese mensaje, se me paraba más, “maldito brasilero”, pensaba, cómo puedes manejarme así.
Seguí tus instrucciones y llegué a tu puerta. Toqué dos veces, despacio, abriste, estabas en bóxer, me metiste a la habitación. “¿Alguien te vio?”. “Creo que no”. “No importa”. Empezaste a besarme, desenfrenadamente, ya no había nadie que nos viera, o que entre alguien y nos interrumpa. Me quité ese miedo y te respondí, empezaste a besarme con locura, me llevaste a la cama y ahí estábamos, arrodillados para estar a la misma altura. Me seguías besando, me tocabas las nalgas, tocaba las tuyas, me tiraste a la cama, me besabas las tetillas, no sé cómo lo hacías porque me retorcía y apretujaba las sábanas. Empezaste a succionar mi sexo, primero despacio y luego rápido, mientras me ponías el dedo en la boca, ese dedo que decía que pertenecías a otra persona. Succionabas sin parar, pero yo quería parar, no quería terminar pronto, era como si esperaras con ansias esos momentos fuera de tu zona de confort para saciar todos tus deseos.
Subiste y seguiste besándome. En un momento te acercaste a mi oído y dijiste “Te quiero tener dentro”. Me pusiste el condón, hasta para eso fuiste juguetón, te pusiste el preservativo en la boca y me lo pusiste con esa técnica tan tuya, entre jugueteos con la lengua y los labios y ya lo tenía puesto. Te pusiste en cuatro y poco a poco dejaste que entre en ti. Era como medirte la temperatura, si no conociese ese calor, diría que estabas enfermo, que estabas con fiebre, pero me excitabas, seguro aprovechabas los viajes para esto. ¿Cuántos meses estuviste esperando esto?, ¿cuánto tiempo estuviste esperando ser libre y dejarte llevar? Lo único que podía hacer era ayudarte a cumplir esa fantasía.
Te penetré varias veces, salía y entraba, salía y volvía. Me decías “Nalguéame”, “Soy todo tuyo, peruanito”, “Móntame”, “Hazme tuyo”, “Préñame”. No podía con tu vulgaridad, esa vulgaridad que seguro esperó mucho tiempo para salir, pero no querías que yo salga de ti. Apretabas fuerte y succionabas, nunca olvidaré esos movimientos musculares que hacías con tu ano para retener, no pude más. “Dónde quieres que te los eche”, te dije, y te saliste con una velocidad que no me di cuenta. Me sacaste rápidamente el preservativo y abriste la boca mientras que con la mano que me recordaba que estabas casado me masturbaste hasta acabar. Subiste y me besaste, caímos rendidos, cansados, extasiados, pero tenía muchas dudas. “Oye, disculpa que te pregunte, pero me queda la duda”. “Sí, soy casado. Vi que me mirabas el anillo todo el rato”. ¿Entonces eres bisexual? “No lo sé, solo que aprovecho estar de viaje para estas cosas”. “Está bien, solo me dio curiosidad”. “Peruanito, quiero verte más seguido”.
A los días me escribiste diciéndome que estabas en Lima. Te invité a mi casa y lo volvimos a hacer. Esa vez me penetraste y con tu barba me hiciste un beso negro que se repotenciaba con tu barba. Ese cosquilleo que sabías que me volvía loco. Me dijiste que viajabas esa tarde a Brasil. Nunca quise preguntarte por tu trabajo, tampoco por tu familia. Me dijiste que lo mejor era escribirnos por “Efímero” en Instagram. Me enviabas fotos de tu pene y yo hacía lo mismo. Luego de seis meses de conocerte apareciste en mi trabajo y no lo podía creer. Nos vimos y te saludé como si recién te conociera, mi jefe me dijo: “Te presento a Franco Pereira, uno de los financiadores del proyecto con el que trabajaremos ahora”. No lo podía creer, Franco. Ese día me escribiste y me pusiste: “El destino quiere que juguemos”. No sabía que nos íbamos a encontrar de esa manera, no me dijiste nada, ni me avisaste. Esa noche fuiste a mi casa, me abrazaste y me hiciste el amor, un amor bonito, despacio, cariñoso. Me dio risa porque al terminar me susurraste “Saudade”, esa palabra en portugués que significa añoranza, cariño, distancia, todo a la vez. Me besaste y me dijiste: “Déjame ser tu brasilerito, peruanito”. Te dije que sí, y así estuvimos viéndonos cada vez que venías. Yo iba a tu hotel, o tú venías a mi casa en Jesús María, salíamos a pasear por San Isidro y Chorrillos, te burlabas del Cristo que estaba en el Morro Solar. “Esto es Chorrillos de Janeiro”, te reías de eso y me daba gracia. En el trabajo a las justas nos saludábamos, pero al rato me escribías “Peruanito, me excita que te pongas serio”, y me mandabas una foto de tu sexo erecto.
La última vez que nos vimos fue en mi casa. Dijiste que querías algo distinto, así que compraste vino, empezaste a besarme, mientras estábamos desnudos en la cama. Agarraste tu copa de vino y hundiste tu pene erecto en esa copa, lo sacaste y me lo metiste despacio a mi boca. Lo succioné despacio, saboreé tu sexo con sabor a vino, con sabor a madera y uva, no sabes cómo estoy ahora recordándote, brasilerito. Esa noche yo te hice el amor por última vez, te agarré el pelo por última vez, te monté sin saber que era nuestra última noche, y esa noche te pedí que por favor te quitaras el anillo, que solo una noche quería que fueses mío y no lleves ninguna marca de alguien más. Aceptaste, me miraste y dijiste “Saudade”.
Me escribiste cuando llegaste a tu casa en Matogrosso. Dejaste de escribirme y entendí por qué, pero no sabía cuándo volverías. El proyecto terminó en Lima. Hace cuatro meses te escribí como siempre, pero me dijiste que ya no lo haga porque tu esposa vio nuestros mensajes. Entré en miedo, porque sabía que ya no volverías a escribir. Encontré la dirección de tu trabajo, pensé mucho en escribirte esta carta, no sé si estoy haciendo bien o no, pero me acuerdo todo esto y decidí escribirte, recordarte lo que pasamos aquí. ¿Acaso no me extrañas como lo hago yo? Espero que esta carta llegue pronto y a salvo. Te extraño, brasilerito, mi osito tierno.
Con amor y locura:
Tu peruanito
Saudade
________________________
* Jonathan Bazán Sancho es chorrillano de nacimiento. Estudió periodismo y desde adolescente empezó a escribir en el diario El Comercio como «Corresponsal Escolar». Más adelante trabajó como community manager para El Comercio, Trome, RPP y tuvo un bloque de espectáculos en Radio Capital. En el 2022, su cuento “La Cabra” fue publicado en el libro Mundos disidentes, por la editorial mexicana Aquelarre Tinta. Este cuento fue finalista en el segundo concurso de relatos eróticos «Tócame con tus palabras», organizado por Literalgia, Ciudad Librera y Las Vibrantes.



Comentarios de Facebook