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Anne Carson: “Mi único interés al abordar el tiempo es encontrar la manera de detenerlo”

 

En una entrevista con The Paris Review, en el 2024, la reciente ganadora del Nobel de Literatura, Anne Carson, reflexiona sobre la creación literaria, el proceso creativo, las nuevas formas de comunicación y el tiempo.

Leamos unos fragmentos.

 

¿Y qué hay del acto de crear algo desde cero? ¿Es esa experiencia también de naturaleza espacial?

Lo concibo como algo que llega a la mente y que luego se aborda si resulta interesante. Es más bien como seguir algo: como cuando un zorro cruza el jardín y decides seguirlo para ver si logras llegar a su guarida. Es simplemente seguir un rastro.

[…]

¿Cómo accedes a tu estado mental más creativo?

A veces, sobre lo que termino escribiendo es simplemente cómo está la luz. Y parece existir una especie de contrato ya establecido entre la luz y yo para decir —en este cuaderno que nadie leerá jamás— cómo es la luz hoy, para encontrar las palabras exactas. No sé en qué consiste ese contrato, pero parece subyacer a todo lo demás que escribo.

Después de la luz, podríamos hablar de mi madre, de lo que voy a cenar o de la teoría de la traducción de Proust. Pero lo importante ya ha pasado. Lo importante era la luz. Sigue siendo un misterio para mí por qué ocurre eso o de dónde surgió tal contrato.

En la pieza «Snow», escribes sobre una premonición relacionada con el recepcionista nocturno del hotel donde te alojaste la semana anterior a la muerte de tu madre. ¿Es algo que te sucede a menudo?

Me ocurrió una vez. En la mitología griega, al dios Hermes se le llama *psicopompo*, lo que significa que, cuando alguien está a punto de morir, él acude a su encuentro y guía su alma hacia el inframundo. Así que, en cierto modo, identifiqué al botones del hotel con esa figura. Pero, cuando Currie y yo íbamos al funeral de su padre, recogimos a un autoestopista en medio de la nada, en Michigan. Dios sabe de dónde salió, porque allí solo había un paisaje vacío y, de repente, aquel hombre al borde de la carretera, vestido con un traje azul impecablemente limpio. Llevaba un traje azul y una camisa azul. Daba la impresión de ir almidonado; al subir al coche, este empezó a oler a ropa recién lavada: así de limpio estaba. Intentamos hablar con él, pero no quiso. Se dirigía a una biblioteca pública situada a un lado de la carretera, tres pueblos más allá, pero no quiso decir quién era. Lo dejamos en la biblioteca y seguimos nuestro camino. Aquel tipo era un psicopompo, porque aún no sabíamos que el padre de Currie había muerto. O bien, aún no había muerto; falleció ese mismo día. Pensamos que aquel hombre era la señal de que alguien iba a pasar al otro mundo. Así que sí sucede. Aunque no diría que a menudo.

[…]

¿Tienes alguna habilidad ajena a la escritura que forme parte de tu proceso de escritura?

Dibujar y pintar. También incluiría la natación. Ordenar; se me da bien poner orden.

¿Qué papel desempeña la natación en tu escritura?

Evita que me ponga hosca y malhumorada. A veces pienso mientras nado. Por lo general, es mala idea. Las ideas que se te ocurren en la piscina son como las de los sueños: das con una frase que responde a todas las preguntas que alguna vez tuviste sobre la realidad, te levantas aturdida y la anotas, pero a la mañana siguiente resulta que dice «comprar plátanos» o algo totalmente irrelevante. Además, me gusta el agua. Hay gente que simplemente necesita estar cerca del agua.

Tanto tú como Currie son admiradoras de John Cage, quien habla de eliminar el ego del arte. Sigo pensando en el epígrafe de John Cage que aparece en tu colección de 2016, *Float*: «Cada cosa es una celebración de la nada que la sustenta».

Eso es relevante para los escritores, porque suelen tener un cúmulo de recuerdos y decisiones —lo que llaman su autobiografía— y se dedican a reciclarlo sin parar mientras escriben. Hay que salir de ahí.

En el mundo literario, sobre todo en los programas de escritura creativa (MFA) y su entorno, se habla mucho de conceptos como «personaje» y «perspectiva», de la mecánica de la narrativa. ¿Piensas en el «oficio» en esos términos?

Nunca. No pienso en eso. Creo que la gente debería dejar esas cosas de lado. Basta con pensar en algo y seguir el hilo hasta llegar al punto donde se vuelve verdad.

Me preocupa que —al menos en Estados Unidos— el acto de pensar críticamente se esté devaluando desde una perspectiva cultural. ¿Percibes esto como pensadora o como profesora?

Eso es parte de lo que me llevó a reflexionar sobre la vacilación. Durante los últimos años que pasé dando clases, me dedicaba en parte a enseñar griego antiguo y en parte a escribir. Y el método para estudiar griego antiguo cuando yo iba a la escuela consistía en observar el texto original, localizar las palabras desconocidas y buscarlas en el léxico. Y luego averiguar qué significa y anotarlo. Consultar términos en un léxico es un proceso que requiere tiempo. Y conlleva un intervalo que se asemeja a un ensueño, a un pensamiento en suspenso —pues no es ausencia de pensamiento, ya que uno tiene una interrogante sobre una palabra y la mantiene presente mientras recorre las páginas en busca de la definición exacta, aunque aún no haya llegado a la idea definitiva—. Es una clase de tiempo y de mentalidad distinta a cualquier otra que se experimente durante el día. Es algo muy valioso, porque en ese intervalo suceden cosas en el pensamiento y en el sentir respecto a las palabras. A eso lo llamo vacilación.

Hoy en día, la gente tiene el texto completo en el ordenador; cuando encuentran una palabra que desconocen, pulsan un botón y al instante reciben su significado gracias al léxico cargado en el sistema. Por lo general, el ordenador selecciona el sentido de la palabra pertinente para el pasaje y ofrece únicamente ese; así, uno se pierde la historia del término y la oportunidad de explorar sus otros posibles significados.

La pérdida de ese intervalo cambia radicalmente la forma en que percibimos los idiomas. Es un estado que da reposo al cerebro en el camino hacia el pensamiento, pues aún no se está pensando plenamente. En cierto modo, es una presencia ausente, pero no se trata de la «nube del no saber» de la que hablan los místicos —cuando afirman que Dios es nada y que no debe decirse nada sobre Él, ya que hacerlo implicaría particularizarlo y limitarlo—. No es eso; se trata de un estado en camino hacia el conocimiento, suspendido en una suerte de confianza. Lamento que se haya perdido eso.

¿Cree que nuestra experiencia del tiempo tiene algo que ver con la forma en que prestamos atención? ¿Cree que alguien que lee mucho percibe el tiempo de manera diferente a alguien que pasa el día mirando pantallas?

Eso parece implicar un juicio de valor. No estoy segura. De lo que sí estoy segura es de que buscamos formas de hacer que el tiempo se detenga. Eso solo sucede en momentos de atención plena, y por eso los perseguimos. Supongo que puede ocurrir cuando ves una película en Netflix. O cuando estás inmersa en la composición de tu mejor poema. Cualquiera de las dos situaciones puede ofrecer un foco de atención en el que puedes entrar y en el que puedes desaparecer. Mi único interés al abordar el tiempo es encontrar la manera de detenerlo. Porque, cuando no se detiene, caes en el aburrimiento.

Lo ves pasar y no ocurre nada lo suficientemente significativo como para llenarlo. Nada que baste para alejarte de la desdicha. No encuentro un punto medio claro entre el aburrimiento y… eso otro: la inmortalidad, supongo. Olvidarse del tiempo.

Estar fuera del tiempo, estar en ese otro estado, es sumamente divertido. Tan divertido que te olvidas de preocuparte por el tiempo.

¿Pasa horas seguidas en ese estado?

Minutos, tal vez, si tengo suerte.

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