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¿Cómo era Chabuca Granda con sus amigos y, especialmente, con los poetas?

El poeta Rodolfo Hinostroza contó una vez su relación con Chabuca Granda y detalló cómo eran aquellas noches de jarana en la casa de la compositora peruana

Foto: Andina

 

En los 100 años del nacimiento de Chabuca Granda, queríamos recordarla a través de esta crónica escrita por Rodolfo Hinostroza, y que publicó en su libro Pararrayos de Dios. El poeta rememora los años en que conoció a la compositora y revela algunos detalles sobre cómo era Chabuca con sus amigos, cómo vivía las noches de jarana en su casa que estaba abierta casi toda la semana para todo aquel que llegara sin avisar, y el cariño que tenía la autora de “La flor de la canela” hacia los poetas jóvenes como César Calvo y Javier Heraud, a quien no conoció pero le dedicó una canción.

Chabuca Granda, la Flor de Lima

Crónica de Rodolfo Hinostroza

Una mañana, a eso de las 11, vino César Calvo a la casa que compartíamos en la Bajada de Baños de Barranco, acompañado de una bella mujer. Me la presentó como “Chabuca Granda, la compositora”, y a mí como poeta, aunque yo todavía no había publicado ni una méndiga plaqueta y ella ya era famosa. Nos caímos instantáneamente bien, a pesar de las diferencias de edad: ella entonces frisaría los 45 rubios y exitosos años, y yo andaba por los 23 displicentes y atolondrados años… Pero éramos sensibles a las mismas cosas, y Chabuca explicó que ella tenía un cariño especial por la Bajada de Baños porque aquí había vivido de niña, cuando venía a Lima, porque ella era de Apurímac, de padre minero… Nos pasamos el resto de la mañana paseando por el Puente de los Suspiros, el Parque de la Ermita con su leyenda del Cura Sin Cabeza, porque figúrate Chabuca que yo también soy barranquino y pasaba todas mis vacaciones de verano en casa de mis tíos, en la calle Independencia, y venía a jugar con mis primos aquí en este mismo parque, y bacán porque me conocía sus valses de memoria, sobre todo “La Flor de la Canela”, gran éxito de “Los Chamas”, y le conté que cuando yo vivía en La Habana, frecuentaba el Salón Rojo del hotel Capri, donde tocaba el piano y cantaba el legendario compositor Ignacio Villa, “Bola de nieve”, que por casualidad era mi vecino del Nuevo Vedado, y siempre nos cruzábamos y saludábamos en el autobús. Así, cuando “Bola” me veía entrar al rojo y aterciopelado night club donde él reinaba al frente de su inmenso piano de cola, me dedicaba, como un gesto de reconocimiento y buena vecindad al compañerito peruano, «La Flor de la Canela” en su versión personalísima, que cantaba como nadie. “¡Es la mejor versión!”, convino conmigo Chabuca Granda, y me dijo que tenía todos los discos de “Bola” firmados por el cantante… Y allí mismo nos invitó esa noche a escucharlos en su casa, porque tenía casa abierta para todos los amigos todos los días, salvo lunes y martes creo, para hacer un poco de música y conversar, con guitarra y con cajón, desde las 9:00 de la noche hasta que se fuera el último parroquiano, previo aguadito de pato, o frejolada que todos los días se preparaba en esa casa, para componer el cuerpo a las 2:00 de la mañana, como en los viejos y generosos tiempos del criollismo donde “y si al santo le faltaba / hasta el saco lo empeñaban…”.

Esa fue la primera de las muchísimas noches que pasamos en casa de Chabuca Granda, que era ya famosa por la Flor, que trinfuaba por todas partes, por “Fina Estampa”, por “Callecita Encendida”, por “José Antonio”… En efecto, la gente llegaba sin avisar, pero siempre de noche, porque los horarios de Chabuca estaban al revés, porque recién se levantaba a eso de las 2:00 de la tarde, se duchaba a las 4:00, se vestía a las 6:00, y nosotros sabíamos a qué hora trabajaba, en qué tiempo componía, salvo que fuera los lunes y martes, porque estaba toda la noche despierta, alerta, atendiendo a sus espontáneos invitados que a veces eran muy numerosos, porque de pronto Oscar Avilés o el trío “Los Chamas” desembarcaba en pleno en casa de Chabuca, cuadra 2 de 28 de Julio, segundo piso, Miraflores, saliendo de una jarana o de una peña criolla, y caía a matarla en esa casa generosa donde siempre había buen trago en cantidades más que suficientes. –cuando se nos terminaba el whisky y el bue pisco–, Chabuca tenía cajones de ron Cartavio debajo de la escalera, que le daban en parte de pago por publicidad, y nunca le faltaban, y lujosamente, en esa casa había combo todas las noches a partir de las 2 de la mañana hasta el amanecer… ¡Y qué combo! Porque Chabuca tenía una cocinera de una mano divina, que ella supervisaba desde luego, y sacaba, al lado del clásico arroz con pato de las amanecidas limeñas, una carapulcra finísima, un ají de gallina soberbio, unos sancochados… Así pues las jaranas de callejón venían a morir aquí, donde se restauraba el personal, y se cantaba la última tanda, con guitarra y con cajón, y a veces hasta se bailaba… Chabuca era buenísima bailando la marinera limeña, que trató infructuosamente de enseñarme, pero yo por entonces era tieso como un palo, me movía como un muñecón de paja, y nada aproveché de tan excelente maestra. Pero en su casa escribí hasta dos poemas de mi primer libro: “Al Caído” y “La Voz en la Playa”, en la máquina de su escritorio, que tenía cinta de color azul, alguna de esas noches de exaltada bohemia…

Cuando no se hacía música en vivo en esa casa, se escuchaba la que tenía Chabuca en su inmensa discoteca que ocupaba todo un muro de la sala. Estaba lleno de discos firmados: Armando Manzanero, el Quinteto Contrapunto, Pedro Vargas, Raphael, Caetano Veloso, Chico Buarque de Holanda… Ella vivía con sus 2 hijos chicos, lindos, que a veces aparecían por ahí, con sus uniformes de colegio, pero no se les veía por las noches, que eran para los adultos. Chabuca era muy conversadora, con opiniones propias y a veces polémicas sobre temas varios, con muchas anécdotas que contar, pues conocía a medio mundo, y era muy curiosa de todo y de todas las personas que teníamos a su casa, visceralmente hospitalaria, pero eso no le impedía el picante. Recuerdo una frase que decía a propósito del humorista Sofocleto, que era muy alto y no era santo de su devoción: “¿Soflocleto, un gigante? Si son dos enanos, uno parado encima del otro…”. A casa venía Nicomendes Santa Cruz, sacando con su voz bronca de malanoche décimas muy bien contadas, la poetisa Gladys Basagoitia que venía conmigo y era como confidente de Chabuca, Juan Gonzalo Rose y César Calvo desde luego, Reynaldo Naranjo, Hugo Neira y Mati Ureta, Edgardo Tello y Marco Alcántara, Hernando Núñez. Y había unos tenores miraflorinos que venían por ahí a cantar sus temas con voces impostadas… Chabuca, como muchas personas de las altas clases sociales, simpatizaba con las ideas socialistas e igualitarias de los jóvenes y estaba muy impresionada por la historia de Javier Heraud, que el flaco Calvo le había contado desde el alma, y sin duda eso la indujo a dedicarle una canción, aclarando que nunca lo había conocido… Esa fue la primera influencia que recibió de nosotros los poetas, y luego seguiría mejorando sus letras, haciéndolas más libres y más modernas, rescatando nuestro gran acervo de música negra cuando César se la llevó a El Carmen y le hizo conocer a Caitro Soto, a Chocolate Algendones, a Los Ballumbrosio. Chabuca llamaba a lo negro, negro, y odiaba decir “negroide”, como don Amador Ballumbrosio que cuando lo llamaban “moreno” en vez de negro, él replicaba: “Moreno es apellido…”.

Cuando cumplí 24 años, el 27 de octubre de 1965, decidí hacer una gran fiesta en mi casa de la Baja de Baños, ya no la de César porque me había cobijado algunos meses, sino la llamada “Casa de la Poesía” una cuadra más abajo, que yo había alquilado con lo que gané en mi viaje con “Cooperación Popular”, invitado por el poeta Pablo Guevara. No era un cuartito, como se piensa erróneamente, sino una casota inmensa, de 5 grandes habitaciones y 2 chicas, y patio interior, que ahora es un restaurante criollo. Mi cuñado me mandó como regalo de aniversario media arroba del mejor mosto verde, en una gran damajuana, pues por entonces residía en Ica y conocía muy bien los arcanos del pisco, invité a un montón de poetas a la jarana, y pasé por casa de Chabuca a invitarla personalmente. “¿Tienes vasos?” fue lo primero que me dijo. “De plástico…” repuse y continué “He comprado como 50 vasos de plástico… y además tengo media arroba de mostro verde…”. “¿Y platos? ¿Tienes platos y cubiertos? ¿Y servilletas?”. Y mientras yo balbuceaba incoherencias, porque jamás había recibido en mi casa y no tenía idea de cómo era el asunto, me anunció que me iba a llevar una frejolada y que ella se iba a ocupar de todo, que no me preocupase por nada…

A eso de las 10:00 de la noche la fiesta ya había despegado, y los poetas se estaban deschapando el mosto verde como su fuera sacarronchas; estaban los recién llegados Julio Nelson, Guillermo Cúneo, Juan Ojeda, con sendos vasos de plástico, los amigos de mi grupo Carlos Henderson, Beto Yábar, Gonzalo rose, el narrador Carlos Calderón Fajardo, la poeta rosina Valcárcel, la hija del poeta Gustavo, y un montón de patas más, todos sus respectivos vasos de plástico transparente, cuando de pronto mis vecinitos vinieron a avisarme que venían aquí unas personas con cacerolas, guitarras y cajones… Me asomé a la balaustrada y distinguí a todo un cortejo que venía descendiendo la Bajada de Baños, encabezados por Chabuca, y mi hermano César Calvo, flanqueados por dos robustos negros que blandían la guitarra y el cajón, y no eran otros que Caitro Soto y Pititi Sirio, que no eran tan conocidos como lo fueron luego, pero ya eran, y una imponente cocinera negra, que llevaba una canasta de platos, mientras sus ayudantes traían una inmensa olla de barro con los frejoles calientes, otra para el arroz, y otras canastas para las salsas y el ají, y los cubiertos, y las copas de pisco… los esperé en lo alto de la escalera, y apenas Chabuca llegó y me duo el beso de cumpleaños, acompañado con su botella de cognac francés, me dijo, perentoria: “Vamos a la cocina”. La conduje pues de inmediato seguida de su séquito y allí se instaló con todo su personal. César y los músicos se quedaron chupando mosto verde en copitas de cristal en los amplios salones de esa inmensa casa, y a poco comenzó a salir la frejolada chinchana, antes que se enfríe, con su salsa criolla, su chicharrón jugoso y su toque de chancaca más, en los elegantes platos y cubiertos de la casa de Chabuca Granda… ¡asu!

Además cantó, cantaron, cantamos, hasta las 3:00 de la mañana: ella me dedicó mi canción favorita: “El Gallito Camarón”, por la que yo sentía un cariño especial porque mi padre criaba gallos de pelea, y a veces la cantábamos juntos, en un disparatado dúo de una voz ronca con otra quebradiza, y hasta me parece que no desafinábamos… Agarró pues Chabuca la guitarra, hizo un gesto impredecible para sus acompañantes y me dijo: “Esta es la tuya Rodolfito…” y se largó a cantar, acompañada de guitarra y cajón, con su entrañable, encantadora voz cascada y quebradiza, aquello de:

EL GALLITO CAMARÓN

Llegó… llegó la tarde
De responderle al amo.
Tiene ansiedad de tragedia
por mi muerte o mi vida.
Se le salta el corazón de despedida
de trofeo de emoción
por mi muerte o por mi vida

Quítame gallero trabas… para reñir fui criado
tengo la caña cuadrada y el pecho muy levantado.
Ten fe en mi casta gallero
que soy de buena camada
deja ya de acariciarme y quítame gallero trabas.

Nací, crecí esperando el reto muerte o victoria
ya la mirada del amo y el galpón me están gritando.
Se me angustia la ansiedad con el coraje
y aquel adiós protector del gallero en el plumaje.

Quítame gallero trabas… para reñir fui criado
tengo la caña cuadrada y el pecho muy levantado.
Ten fe en mi casta gallero
que soy de buena camada
deja ya de acariciarme y quitame gallero trabas.

Que soy un gallito fino kikiriki de buena camada.
Tengo orgullo de mi casta y de aquel que me criara.
Que soy un gallazo fiero de aquellos de vez en cuando
que quiere vivir venciendo o se ha de morir matando…

Ese fue mi regalo de cumpleaños. Nunca he tenido uno mejor.

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