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Develadora semblanza sobre Abraham Valdelomar escrita por Jorge Basadre

«…contrató un cirujano para que engarzara una esmeralda en la falange de su dedo, operación por cierto imposible…»

En el siguiente texto, el historiador peruano Jorge Basadre muestra algunos extractos poco conocidos de la vida de Abraham Valdelomar, uno de los escritores más originales de la literatura peruana, no solo por su prosa elegante, sino por su personalidad que escandalizó a los limeños pacatos del siglo pasado y su producción que iba más allá de lo netamente literario.

Valdelomar fue periodista, ensayista, poeta, narrador, crítico de arte, editor y sobre todo una persona muy influyente que marcó de por vida no solo a su generación sino también a las que le siguieron. Lamentablemente, el escritor iqueño solo vivió hasta los 31 años, dejando inconclusa varias de sus obras y dejando en la orfandad al movimiento cultural de entonces.

¿Qué habría pasado con el Perú si Valdelomar no nos hubiese dejado tan pronto?

 

Abraham Valdelomar (Ica, 1988 – Ayacucho, 1919)*

Autor: Jorge Basadre

 

Abraham Valdelomar, nacido en Ica el 16 de abril de 1888, se educó en el Colegio de Guadalupe, apareció como caricaturista en las revistas Aplausos y Silbidos, Actualidades, Monos y Monadas, Cinema, Gil Blas y Siluetas entre 1907 y 1909, figuró luego como escritor en Contemporáneos, Ilustración Peruana, Variedades y El Diario. Participó en la movilización bélica de 1910 y escribió entonces las crónicas «Con la argelina al viento». En la campaña electoral de 1912 fue fundador y presidente del Club Universitario Billinghurst No. 1. Secretario del nuevo Presidente en 1912 llegó a ser luego director de El Peruano y, posteriormente, en 1913, secretario de segunda clase en la legación del Perú en Italia. Desde este país envió al diario oficial La Nación unas bellas crónicas sobre Roma.

En un concurso abierto por dicho periódico, en enero de 1913, obtuvo el primer premio el cuento de Valdelomar titulado “El Caballero Carmelo”. Esta producción abre una nueva etapa literaria en el Perú: la del cuento criollo con sentido depurado y moderno del gusto y del estilo. Valdelomar evoca con ternura y sencillez la vida de la infancia, del hogar, del puerto y de la provincia. Su prosa está hecha con las risas y los sueños de ayer. Aparece como trémulo poeta al ser pintor de costumbres y al embellecer sus páginas poniendo en ellas como un marco el paisaje de la región de Pisco. Introduce al niño en el cuento peruano.

Valdelomar (que era por ese entonces secretario de José de la Riva-Agüero) publicó en 1915 la biografía La Mariscala sobre Francisca Zubiaga de Gamarra, ensayo honesto en su propósito, bello en su estilo, aunque a veces excesivo en sus alardes retóricos y débil en su documentación, si bien acertado por el hecho de redescubrir esta interesante figura republicana.

Ya se ha mencionado en el capítulo referente al periodismo en la época aquí tratada, la aparición de la revista Colónida, de Valdelomar, en 1916.

El pintor argentino Svetozar Franciscovich llegó a Lima, de paso a Nueva York, en febrero de 1916 e hizo una exposición de sus obras. Eran ellas paisajes andinos en soledad y silencio. Teófilo Castillo las elogió en Variedades, por su técnica llena de gracia, vida y dinamismo, su sentimiento decorativo de la línea, su potencia de visión de color. Franciscovich, según el crítico peruano, era un «maestro de sinfonía patetista».

Abraham Valdelomar encabezó, desde Colónida, un movimiento de acerba crítica a este mismo artista que se limitaba a la «pintura bonita» para exaltar, en cambio, al catalán Roura Oxandaberro como símbolo del impresionismo. La polémica entre ambos contrincantes alcanzó virulencia. Castillo fue acusado de retrogrado; y él habló de los ignaros con un poco de turismo europeo y de quienes tenían aficiones y conocimientos artísticos por intuiciones y conversaciones. Según este crítico (y aquí se equivocó), el impresionismo había aparecido en el Perú en algunas telas de Francisco González Gamarra y en las de Ricardo Flórez. Probablemente ninguno de los adversarios en la polémica sobre arte encendida en 1916 tuvo razón. Valdelomar encarnó el eterno anhelo renovador y Castillo el vano respeto a las tradiciones artísticas; pero ni Franciscovich ni Oxandaberro eran pintores de gran categoría. Algún tiempo después este último se dirigió al Ecuador donde se dedicó a vender productos farmacéuticos.

En setiembre y octubre de 1916 se produjo una polémica sobre las generaciones literarias jóvenes o viejas. Intervinieron allí Enrique López Albújar, Abraham Valdelomar y Federico More. El primero defendió desde La Prensa a los valores del pasado y atacó a los nuevos iconoclastas. El segundo sostuvo que solo en aquellos días se había podido lograr un prístino concepto del arte y condenó las imitaciones pobres de antaño, aunque hizo, sin embargo, la salvedad de algunos nombres ilustres. También en este caso el debate fue ocioso. Hay buenos y malos escritores en todas las épocas. No por creerse más, se es más. El espíritu de cizaña y de pugna es un mal que las luchas políticas contagian a los artistas. Todos ellos acaban por ingresar en la historia y hermanarse ante sus ojos, aun los que la niegan y escarnecen. Valdelomar, el joven desafiante de entonces, es hoy uno de los «viejos» cronológicamente. Salvo uno que otro caso de excepción, la obra de los escritores peruanos hay que leerla con los ojos de la historia. En lo que, a pesar de todo, Valdelomar tenía razón era en que, en general, la generación de la segunda década del siglo XX poseía un gusto y una sensibilidad más depurados que sus antecesoras, del mismo modo como ha sido superada por quienes han venido después. Como analogía para este fenómeno tan sutil puede ponerse la diferencia entre la poesía de Núñez de Arce y la de Rubén Darío, entre el gusto por el toreo de Faico y Bonarillo y el de Joselito y Belmonte, entre la afición por los bailes escénicos a fines del siglo XIX y comienzos del XX y el ballet a partir de Ana Pavlova.

En 1918, bajo el título de El Caballero Carmelo juntó Valdelomar una serie de cuentos de su infancia provinciana, de polémica política, de inquietud metafísica y también de preocupación moderna y afán de exotismo centrado en los llamados «cuentos yanquis». Asimismo, en 1918 apareció su obra Belmonte el trágico, interpretación estética del toreo, pobre en los conceptos y en la cultura de carácter filosófico, atrayente y original en el análisis de este arte y de la personalidad del gran torero español. Constituyó un esfuerzo para dar calidad estética al comentario taurino, generalmente de bajo nivel en crónicas y glosas de prosaico tecnicismo o de hueca retórica.

Periodista fino en La Prensa y otros órganos de publicidad, dueño de una incontenible vocación literaria, espíritu inquieto, demostró ser capaz de cultivar, simultánea o sucesivamente, la biografía con atisbos de lo que se llamó más tarde la biografía novelada, la novela corta, el cuento de múltiples facetas, la crítica artística, la arenga cívica, el aforismo lírico, el teatro, una poesía dulce y humana y el ensayo literario. A propósito de este último, Estuardo Núñez ha reivindicado, dentro de la obra de Valdelomar no agrupada todavía en libro, los artículos de contenido estimativo y crítico, muchas veces en un plano estético y de personal teoría con un laudable afán de renovación y superación de cánones tradicionales y caducos. Dentro de ellos ubica piezas como los apuntes sobre sicología del gallinazo y del cerdo, crónicas sobre problemas estéticos (pintura, danza, fotografía, teoría poética y otros temas), sobre buenas y malas costumbres (el barrio chino y sus fumaderos) y sobre evocación histórica, así como las impresiones de viaje. Aunque una investigación minuciosa ha de analizar si este tipo de trabajo periodístico no fue hecho también por otros escritores de la misma generación (Mariátegui, More, Alfredo González Prada, Alberto Ulloa Sotomayor, Félix del Valle o algunos más) ello no restaría a los aportes de Valdelomar su estilo inconfundible y sus enfoques originales. En todo caso, con más valor que tratándose de otros escritores que ya han alcanzado sucesivas ediciones en una popularidad singular, la obra de Valdelomar abarca no solo sus libros accesibles, sino, a veces con iguales o mejores méritos la producción dispersa en revistas y periódicos; como si se tratara de una cultura exótica cuyas suntuosas joyas estuviesen solo en parte exhibiéndose en los museos y, en parte, todavía siguieran enterradas entre ruinas y desperdicios.

Escandalizó, además, Valdelomar a la gente pacata de Lima con sus alardes de admiración a sí mismo, con sus gestos de gran señor, con sus ademanes de snob y de dandy. Fue así como se besó las manos en homenaje de admiración, contrató un cirujano para que engarzara una esmeralda en la falange de su dedo, operación por cierto imposible, escogió a veces indumentarias extravagantes, se paseó con una magnolia en el ojal, pronunció discursos en alabanza propia y tuvo sin recato el culto de los paraísos artificiales. A un poeta provinciano (la anécdota ha sido personalizada, sin confirmación, en César Vallejo) sorprendió con las palabras: “Puede usted irse a su tierra diciendo que tuvo el honor de estrechar la mano de Abraham Valdelomar”. Insolencias y alardes que él trató de explicar con la aseveración de que eran bromas para llamar la atención del vulgo sobre él, algo así como los trucos que emplean los fotógrafos con los niños. Recibió influencias de D’Annunzio y de Wilde y se anticipó, en ciertos esbozos, a Pirandello y a Gómez de la Serna. Tuvo afán por la belleza, incesante voluntad de imaginar y crear, culto por lo nuevo, esfuerzo continuo por lograr una obra depurada, sentimiento poético auténtico. Mientras otros, en lo que escriben siempre o a veces, dan un color gris y suenan como el pasar de una tropa anónima, en él hay, hasta en cualquier modesta crónica de periódico, destellos de luz como un aire cantado. No solo fue un gran aficionado al manejo de las palabras, sino sintió entrañablemente su voluptuosidad, el placer de su juego, la intuición de su íntimo y musical sentido, la pasión de engarzar en ellas nuevas ideas o frescas impresiones o inesperados puntos de vista.

Otra de las notas características de Valdelomar, acentuada en los últimos años de su vida, fue la ternura por el cielo, el aire, el mar, la tierra y la gente del Perú. A fines de 1918, realizó una gira por el norte del país con el propósito de dar conferencias. Estuvo en Huacho, Trujillo, Ascope, Salaverry, Pacasmayo, Chilete, Cajamarca, Chepén, Guadalupe, Zaña, Chiclayo, Eten, Piura, Sullana, Catacaos, Muñuela, Sechura. También al empezar 1919 visitó Ica, Pisco, Mollendo, Arequipa, Cusco, Puno, Sicuani y Moquegua. Algunos creyeron que viajaba por cuenta de algún político, si bien las conferencias no hicieron propaganda a nadie. Otros pensaron en los móviles económicos, aunque Valdelomar no cobró a los obreros ni a otras gentes del pueblo. En un artículo que publicó a su regreso a Lima dijo: «Cuando sepáis, ¡oh vosotros que preguntáis por qué se viaja y se va y se cambia y se enseña y se apostoliza y se llora y se canta!; cuando sepáis darle todo su valor a esta palabra de ocho letras: Angustia; cuando sepáis darle su valor justo a esta palabra de seis: Patria; cuando sepáis el sentido exacto de esta otra de cuatro: Arte; cuando aprendáis, ¡oh preguntadores insensatos!, ¡oh queridos animales de mi corazón!, el significado de estas palabras que para vosotros no tienen sino un valor fonético o visual y que son, apenas, caprichosas filas de letras; cuando comprendáis su trágica sustancia… entonces, queridos preguntadores, no volveréis a preguntar».

Los temas de las conferencias fueron estéticos, cívicos, patrióticos; también propugnó ideas de progreso social, mejoramiento de los obreros y condena de los políticos tradicionales. Acuñó la frase «Patria Nueva».

En un reportaje escrito por César Vallejo, en febrero de 1918, este ha revelado el plan que Valdelomar le esbozó acerca de la creación de un gran movimiento intelectual de estructura federativa, capaz de incorporar a los más significativos espíritus del Perú, cuyo fin era trabajar en pro del alumbramiento de la conciencia nacional y, dentro de esta tarea, por la culturización integral de las masas. El vehículo del pensamiento de tal empresa debía ser una revista nueva, Colónida remozada y superada, con el título de Patria. Los viajes de Valdelomar por el norte en 1918 y los acontecimientos políticos de 1919 contribuyeron a que tan ambiciosa iniciativa quedase postergada.

En un reportaje publicado en La Reforma de Trujillo, en mayo de 1918, afirmó: «Tengo en prensa Belmonte el Trágico, Neuronas, libros de filosofía y Fuegos fatuos, colección de ensayos de humour. Y listos para entregarlos, un libro de leyendas incaicas, Los hijos del sol, una colección de novelas cortas, La ciudad de los tísicos, un libro de crónicas, Decoraciones de ánfora prologado por José Vasconcelos, el magnífico esteta mexicano, mi tragedia Verdolaga y mis tres últimas novelas: El príncipe Durazno, El extraño caso del señor Huamán y un título intraducible». De todas estas obras, aparte de Belmonte el trágico, solo se publicó Los hijos del sol, cuentos cuyo ambiente inca es solo de paramento. La ciudad de los tísicos fue una novela juvenil aparecida en Variedades en 1911.

Falleció Valdelomar en Ayacucho el 3 de noviembre de 1919, a los treintaiún años, cuando había sido elegido diputado regional. El elegante y genial artista quedó mortalmente herido cerca de un silo por haberse caído en el pasadizo de un hotel provinciano, como símbolo tremendo de que en el Perú pueden surgir las más privilegiadas inquietudes intelectuales, pero que ellas coinciden con una vida nacional carente en lo profundo, de servicios y comodidades elementales.

 

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* Peruanos del siglo 20. Jorge Basadre. Ediciones Rikchay Perú. 1981.

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