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Donde esté y con chicha: la voz de Arguedas y el llanto de una maestra

Anécdota de cómo un alumno de Literatura quedó marcado por la obra y vida de José María Arguedas

Por: Eduardo Reyme Wendell

 

Nunca conté esto, pero creo que hoy es un día especial para hacerlo. Cuando era estudiante de Literatura, allá por el 2004, llevé el curso de Metodología de la Investigación con la profesora María Rosa Salas, una antropóloga que recuerdo hasta el día de hoy por todo lo que –musicalmente –inculcó en mí. No sé cuántos de mi promoción la recuerden ahora, pero creo que ella y yo estábamos destinados a recordarnos el uno al otro.

Gracias a ella pude oír por primera vez sobre la palabra etnomusicología, algo que hasta ese entonces jamás había oído en mi vida. Además, le debo haber conocido musicalmente a Manuelcha Prado, Chalena Vásquez, Walter Humala y Margot Palomino, entre otros músicos. En casa, a pesar de haberme criado entre Lps y cassettes de diversos géneros, esa música difícilmente sonaba en la vieja National que teníamos como equipo.

La actividad que dejó la profesora María Rosa Salas fue la de exponer la obra completa de un autor peruano que sea de nuestro agrado. Fueron sus palabras textuales: “El que ustedes quieran, pero completo”. Como consideré repetitivo hablar de un autor que ya había leído, opté por uno que no conocía o que estaba conociendo recién: José María Arguedas. Había leído con seriedad y en la universidad Los ríos profundos y había quedado encantado con la belleza, ternura y fragilidad del niño Ernesto, su Zumbayllu y los miles de colores que emanaban de su eterno danzar. Luego pasé, por recomendación de un amigo huaracino al Yawar fiesta, en una edición coleccionable y popular que pasó completa por todo el grupo lector como reguero de pólvora. Y por un amigo chimbotano llegué a El zorro de arriba y el zorro de abajo en la famosa edición de Horizonte. Me causaba gracia la forma de cómo uno, el chimbotano, le increpaba al otro el cambio de su ciudad y eso se convertía de pronto en un infinito debate donde yo era su primer espectador, pues oírlos a ambos era tener las dos versiones de los hechos, era como tener a los dos zorros frente a frente treinta y tres años después. Sumado a esas circunstancias debo agregar que por un profesor arguediano (que despreciaba todo aquello que no sea sobre Arguedas) leí con sumo cuidado Todas las sangres y luego El sexto, Agua, Katatay y con un par más creí, ingenuamente, que allí estaba todo Arguedas. Debo reconocer que su obra antropológica sigue siendo un misterio para mí y me alegra saber que aún hay tanto por leer del taita.

Como tenía de qué hablar en una exposición que duraría toda la clase, auditorio lleno de más de cuarenta personas y egos lo suficientemente altos para echarse abajo cualquier exposición, decidí ponerle un valor agregado a la misma. La idea o culpa la tiene un amigo de la universidad Católica, quien me comentó que existía un CD donde se le oía a José María cantando. De hecho, el CD existe y se llama «Arguedas: canto y herencia». Lo prestó para mí y de pronto me aparecí en la exposición con una radio con CD dispuesto a crear el ambiente arguediano idóneo para compartir parte de su obra.

Allí de pronto estaba el taita. Sonando bajito, cantando “Lorochay” como fondo musical, sin buscar protagonismo, repitiéndose una y otra vez. No recuerdo pasajes exactos de la exposición, pero sí recuerdo la pregunta que me hizo la profesora María Rosa Salas al final de la misma.

–¿Cómo has conseguido esa grabación? –me preguntó un poco compungida.

Le comenté sobre la edición que había sacado la Católica, y sobre este amigo que me había facilitado el disco.

–¿Sabes de quién es la voz femenina que canta con Arguedas? –Volvió a preguntar.

Sentí por miedo, inexperiencia o nerviosismo que toda mi exposición había sido un fracaso. El texto musical que más había expuesto era el que menos conocía. La premura en armar la exposición no me permitió revisar los créditos del disco.

Avergonzado le dije a la profesora María Rosa Salas que no lo sabía y que no había tenido tiempo de revisar los créditos. Se me quedó mirando por un tiempo largo como esperando que mi mirada validara mis palabras y sus ojos de pronto se llenaron de lágrimas.

–Soy yo –me dijo, y su voz y toda ella se quebró frente a mí.

Después de unos breves instantes y habiéndose recuperado de la impresión gracias a la ayuda de mis compañeras que se le acercaron para saber si se encontraba bien, contó que ella había estudiado Antropología por Arguedas, que su padre era amigo de su familia, que Arguedas le enseñó a cantar en quechua. Aclaró además que el taita no era un hombre triste porque, de buen ánimo, hasta se animaba a contar chistes. De pronto ya no era Arguedas cantando ni yo intentando convencer por qué debía aprobar esa exposición a nadie.

La profesora María Rosa Salas, con estudios en Londres y conocimientos en instrumentos antiguos no lo supo aquella vez, pero fue ella quién me permitió entender a José María Arguedas. Quizá este país tan enemistado y distante necesite más profesoras como ella para que personas jóvenes se acerquen a un autor tan esencial como el andahuaylino. La última vez que la vi fue en un evento sobre literatura latinoamericana realizado en el hotel Meliá. Pensé que no se acordaría de mí. La saludé con el respeto que siempre le profesé. No hablamos sobre dicha anécdota, pero fue muy amable y cordial conmigo.

Cuando hablo de Arguedas, antes siempre hablo de la profesora María Rosa Salas. Ella solía decir que Arguedas le marcó la vida. A mí me agrada decir que yo llegué a Arguedas por mis amigos, los zorros de arriba y los zorros de abajo, y que ella dejó algo en mí que es un poco más difícil de explicar. Donde esté y con chicha, y sobre todo por el taita, ¡salud!

 

 

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