Genios, revolucionarios, trasgresoras, independientes, únicas. Novelistas, poetas, artistas de la palabra que no solo nos han dejado importantes obras, y en varias épocas, sino también han convertido sus vidas en otra historia más, donde lamentablemente el final ha sido trágico.
Compartimos una pequeña lista de algunos escritores que no solo nos dejaron un importante legado, sino también tomaron la decisión de terminar con su existencia. Y a pesar de que partieron, siguen más vigentes que nunca.
Alejandra Pizarnik (1936–1972)
Poeta argentina de una sensibilidad extrema, su obra explora el silencio, la infancia, el cuerpo y el deseo. En poemarios como Los trabajos y las noches y El infierno musical, la palabra se vuelve refugio y herida. Aquejada por depresiones recurrentes, Pizarnik se suicidó con una sobredosis de barbitúricos a los 36 años.
Ernest Hemingway (1899–1961)
El autor de El viejo y el mar, Adiós a las armas y Por quién doblan las campanas dejó una marca indeleble con su estilo austero y directo. Vivió intensamente, entre guerras y aventuras, pero no pudo vencer la depresión que lo acompañó durante años. Se quitó la vida en su casa de Idaho con una escopeta, siguiendo un trágico patrón familiar.
José María Arguedas (1911–1969)
Escritor y antropólogo peruano, Arguedas fue una de las voces más profundas del indigenismo. Obras como Los ríos profundos y Todas las sangres dieron voz a los pueblos originarios del Perú desde una mirada íntima y comprometida. Tras varias crisis personales y profesionales, se suicidó en 1969 dejando una carta y su última novela inconclusa: El zorro de arriba y el zorro de abajo.
Stefan Zweig (1881–1942)
Autor austríaco de biografías, ensayos y novelas como Carta de una desconocida y Momentos estelares de la humanidad, Zweig escribió con lucidez sobre las pasiones humanas. Exiliado por el nazismo y desesperanzado por el destino de Europa, se suicidó junto a su esposa en Brasil, dejando una nota que reflejaba su dolor por la destrucción del mundo que había amado.
Alfonsina Storni (1892–1938)
Poeta suiza naturalizada argentina, Storni escribió con valentía sobre el amor, el cuerpo y la condición de la mujer. Obras como El dulce daño y Mundo de siete pozos abrieron caminos para la poesía femenina en América Latina. Aquejada por un cáncer y una honda tristeza, caminó hacia el mar en Mar del Plata y se dejó llevar por las olas. Su suicidio inspiró la célebre canción Alfonsina y el mar.
Horacio Quiroga (1878–1937)
Narrador uruguayo, maestro del cuento breve, especialmente en Cuentos de la selva y Cuentos de amor de locura y de muerte, donde la naturaleza hostil refleja una vida marcada por tragedias personales. Enfermo y con un diagnóstico fatal, decidió suicidarse con cianuro en un hospital de Buenos Aires.
Yukio Mishima (1925–1970)
Escritor japonés de culto, exploró la belleza, la muerte y el cuerpo en novelas como Confesiones de una máscara y El templo del pabellón de oro. Su vida estuvo atravesada por una estética del honor y la disciplina. En un acto tan literario como extremo, cometió seppuku tras un intento simbólico de restaurar el militarismo japonés.
Yasunari Kawabata (1899–1972)
Primer japonés en recibir el Premio Nobel de Literatura (1968), su obra (Lo bello y lo triste, País de nieve) está marcada por la melancolía, la sutileza y el vacío. Aunque las razones de su suicidio nunca se aclararon del todo, se cree que influyeron la soledad, el silencio creativo y la muerte de Mishima, su discípulo y amigo.
Virginia Woolf (1882–1941)
Intelectual brillante y una de las figuras clave del modernismo anglosajón, autora de Al faro, Orlando y La señora Dalloway, transformó la narrativa con su introspección y sensibilidad feminista. Agobiada por su enfermedad mental y el miedo a una recaída, se quitó la vida llenando sus bolsillos de piedras y sumergiéndose en un río.
Cesare Pavese (1908–1950)
Poeta, narrador y crítico italiano, escribió sobre la soledad y la angustia existencial en obras como El oficio de vivir y La luna y las fogatas. El diario íntimo que dejó evidencia un lento y lúcido acercamiento al suicidio, que concretó con somníferos en un hotel de Turín.
Sylvia Plath (1932–1963)
Una de las voces más intensas de la poesía confesional, su obra (Ariel, La campana de cristal) revela una lucha constante con la depresión y el deseo de desaparecer. Su suicidio a los 30 años, luego de una separación dolorosa, convirtió su figura en un símbolo del sufrimiento femenino y creativo.
David Foster Wallace (1962–2008)
Autor de culto contemporáneo, escribió la monumental La broma infinita, donde la adicción, el entretenimiento y el vacío moderno se entrelazan. Tras años de lucha con una depresión severa, y tras abandonar una medicación que le resultaba insoportable, se ahorcó a los 46 años.















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