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“Feliz quien no exige de la vida más de lo que ella espontáneamente le ofrece, dejándose guiar por el instinto de los gatos”

 

Fernando Pessoa (1888–1935) fue uno de los poetas y escritores más importantes de la literatura portuguesa y universal del siglo XX. Dejó un legado literario fascinante que se descubrió, en su mayoría, tras su muerte.

En su obra maestra en prosa, el Libro del desasosiego, el personaje habla de dos verdades que descubrimos “cuanto más avanzamos por la vida”.

Leamos un fragmento del libro donde hace esta reflexión.

 

 

Verdades de la vida según Bernardo Soares

Cuanto más avanzamos por la vida más nos convencemos de dos verdades que sin embargo se contradicen. La primera es que, ante la realidad de la vida, palidecen todas las ficciones de la literatura y del arte. Proporciona, es cierto, un placer más noble que los que da la vida; sin embargo, son como los sueños, en los que sentimos sentimientos que en la vida no se sienten, y se conjugan formas que en la vida nunca llegan a encontrarse; son, a pesar de todo, sueños de los que se despierta, que no se constituyen en recuerdos ni en saudades con los cuales podamos después vivir una segunda vida.

La segunda es que, siendo deseo de toda alma noble recorrer la vida por completo, tener experiencia de todas las cosas, de todos los lugares y de todos los sentimientos vividos, y siendo esto imposible, la vida sólo subjetivamente puede ser vivida por entero, sólo negada puede ser vivida en su sustancia absoluta.

Estas dos verdades no pueden reducirse la una a la otra. El sabio se abstendrá de querer conjugarlas, y se abstendrá también de repudiar a ninguna de las dos. Tendrá, no obstante, que seguir una sola, saudoso de la que no sigue; o repudiar a ambas, alzándose por encima de sí mismo en un nirvana propio.

Feliz quien no exige de la vida más de lo que ella espontáneamente le ofrece, dejándose guiar por el instinto de los gatos, que buscan el sol cuando hay sol, y, cuando no lo hay, el calor donde quiera que el calor se encuentre. Feliz quien renuncia a su personalidad con la imaginación, y se deleita en la contemplación de las vidas ajenas, viviendo, no todas las impresiones, sino el espectáculo exterior de todas las impresiones ajenas. Feliz, en fin, el que renuncia a todo, y al que, por renunciar a todo, nada le puede ser ni arrebatado ni reducido.

El campesino, el lector de relatos, el asceta puro -estos tres son los que viven una vida feliz, porque son estos tres los que renuncian a la personalidad- uno porque vive del instinto, que es impersonal, otro porque vive de la imaginación, que es olvido, el tercero porque no vive, y, no habiendo muerto, duerme.

Nada me satisface, nada me consuela, todo -haya existido o no- me sacia. No quiero tener alma y no quiero renunciar a ella. Deseo lo que no deseo y renuncio a lo que no tengo.

No puedo ser nada ni todo: soy el puente entre lo que no tengo y lo que no quiero.

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