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Hermosa carta de Hermann Hesse a la escritora Emmy Hennings

En 1928, el autor de El lobo estepario publicó en un periódico una tierna carta a la fundadora del grupo Cabaret Voltaire, precursor del dadaísmo en Zurich

En una carta publicada en un periódico europeo, el autor de Demian y Siddhartha refleja cómo era su relación con algunos de sus amigos con quienes compartía no solo su visión del mundo, sino también opiniones sobre diversos temas, desde detalles sobre sus obras hasta los quehaceres cotidianos y, además, algunos gratos recuerdos.

Por ejemplo, en su carta a la escritora Emmy Hennings, autora de La prisión, expresa el cariño que siente por esta artista, precursora del dadaísmo en Suiza. Asimismo, le habla sobre la literatura contemporánea, los amigos en común, su «temor» a viajar solo, y sobre la importancia del legado de la misma Hennings. Y todo ello es narrado con ternura, con palabras que dibujan hermosas imágenes.

A continuación, compartimos dicha carta*:

A Emmy Ball-Hennings

Zurich, 1928

Querida Emmy Hennings:

¿De modo que está vagando de nuevo por esas regiones de Salerno y Nápoles y de momento se ha tomado un descanso en Positano? Hay allí muchos alemanes y para usted este hecho debe tener evidentemente la ventaja de la comunicación verbal. Sin embargo, creo que podría entenderse y convivir mucho mejor con las criaturas meridionales, con los pescadores y viñadores, que con esos artistas e intelectuales, aun cuando den la impresión de entender el alemán.

Sí, y si deposita sus cartas en esos viejos y oxidados buzones, colocados entre las piedras, y luego se entera de que desde hace años ya no son usados ni vaciados y de que desde tiempos inmemoriales no existen llaves para abrirlos, no se afane, querida Emmy, que, dentro de algunos decenios, encontrarán sus cartas y las exhumarán como las ruinas de Pompeya, volarán como mariposas, liberadas de la crisálida, y algún profesor interesado en realizar una compilación y un editor se harán famosos y adquirirán fortuna través de estas cartas. Muy pronto, todos serán de la opinión unánime de que a partir de Bettina Brentano jamás fueron escritas cartas semejantes.

Naturalmente, hoy no les damos la importancia que tienen. Su profesor no ha nacido aún, las cartas yacen en un buzón oxidado y ni usted ni yo nos beneficiamos con ello.

Y como al parecer tampoco le llegan mis cartas y la zona donde vive está anegada y la correspondencia de los locos extranjeros es arrojada presumiblemente al fuego de sus chimeneas por los carteros que menean la cabeza, le escribo esta carta través del periódico, del mismo modo en que los muy desesperados buscan novia en sus columnas. Al fin y al cabo, la gente de nuestra clase no hace ni ha hecho otra cosa en todo tiempo que pedir por los medios más desesperados en los lenguajes secretos más complicados del mundo un poco de amor y comprensión, pues a pesar de toda nuestra desesperación y nuestros fracasos conservamos aún en un rincón del corazón la creencia de que la música que hacemos tiene sentido proviene del cielo.

En que atañe mi obra, aparentemente me va mucho mejor que usted. Hace años escribió La prisión, uno los libros más veraces y emocionantes de nuestro tiempo, un libro maravilloso que nadie conoce. Los libreros llenan sus escaparates con todos esos productos de la literatura de moda que son devorados hoy, y mañana por la noche ya están en basura, mientras que los libros como suyo no se conocen.

Pero si me va mejor y mis libros se venden más, no por eso la aventajo, Emmy, en lo de ser comprendido, ni me va mejor de que le fue nuestro querido Hugo. Nosotros tocamos nuestra música y por incomprensión de vez en cuando alguno nos arroja una moneda en el sombrero, porque cree que nuestra música es algo didáctico, moral sabio. Si supiera que es solo música también, seguiría de largo y se guardaría su moneda.

Sin embargo, aun los más grandes cánones de la moda se enmohecen rápidamente, Emmy, y la literatura sobrevive. Recuerdo ejemplos. No voy a hablar de los autores antiguos a quienes desde hace cien años y más se los entiende mal en forma permanente y a pesar de ello no sucumben y siguen viviendo y ardiendo en una decena o en un centenar de corazones encendidos. Recuerdo, por ejemplo, a cierto Knut Hamsun, que es hoy un anciano y goza de fama universal; los editores y las redacciones lo tienen en muy alta estima y sus libros se han reeditado varias veces. Este mismo Hamsun fue un desesperado sin patria en la época en que escribió sus libros más bellos y tiernos, andaba descalzo y andrajoso y cuando nosotros, jóvenes rapaces entonces, abogamos por él y lo defendimos con fanatismo, cosechamos la risa de los demás o no nos escucharon.

Y no obstante, esta es su hora; esto significa que finalmente las mentes perezosas han recibido su flujo en el curso de tres décadas a través del lento proceso asimilatorio que conocemos tan bien, y se han estremecido y han debido admitir que se han puesto en contacto con algo que emana maldita vitalidad.

Por otra parte, he descubierto recientemente algunos hermosos libros que merecen nuestro elogio. El editor Wolfgang Jess, de Dresde, ha sacado por primera vez una edición completa de los Fragmentos de Novalis, un libro inagotable. Joachim Ringelnatz ha narrado sus experiencias en la guerra, un volumen algo extenso pero muy simpático, titulado Als Mariner im Krieg (En la guerra como marino). Ni el príncipe heredero ni ninguno de los generales han hecho hasta ahora tan buenas descripciones de la guerra. Y ya le han levantado también su monumento al pobre Gustav Landauer. Su correspondencia ha sido publicada en dos volúmenes por Rütten y Loening. Estas cartas muestran a un individuo noble y sapiente, que no obstante corrió a ciegas hacia la máquina infernal de una revolución que con excepción de él y otros dos asesinados, tuvo muy poco espíritu. Pero la novedad predilecta que desde hace un mes me captura todos los días durante dos horas y me tendrá ocupado aún durante meses, es una obra que probablemente también le hubiera agradado a Hugo: Der heilige Thomas von Aquin (Santo Tomás de Aquino), del dominico Sertillanges, versión alemana publicada por Hegner, de Hellerau. Sabe Dios que la «visión del mundo” de un dominico de la Edad Media no era sencilla. Se requiere para ello más espíritu que el de un literato alemán de nuestra era o de un presidente americano.

¿Lleva consigo también en este viaje su pequeña cajita de música redonda con esas tres antiguas y tiernas canciones, de melodía tan delicada, fina e infantil que tantas veces nos fascinó? ¿Y conserva aún su pasaporte y el bolso de mano, o ya los perdió, los regaló o le fueron hurtados?

¡Ah, Emmy, es bueno que no tenga ningún acompañante de viaje! No estaría nada satisfecho con usted y le prohibiría muchas cosas y le estropearía la diversión. También es bueno que en su lugar la acompañe su ángel custodio que parece tan tímido y ajeno a la realidad, pero que no obstante la guía en forma tan decidida y generosa por el curioso mundo y esta curiosa y exigente época, de la cual nuestro Hugo ha huido con tanto éxito.

Las pocas cartas de Hugo, publicadas en el número de diciembre del «Neue Rundschau» no han contribuido a cambiar el mundo, ni acercado el tiempo a la eternidad, pero despertaron amor en dos docenas de personas, les arrancó lágrimas y les alivió su supervivencia. Vuestras vidas, la suya y la de Hugo pronto se convertirán en leyenda, y así como el padre de Hugo sabía contar en medio de sus informes comerciales, que durante sus viajes de negocios los pájaros habrían bebido de su jarro de cerveza, del mismo modo se relatarán cosas extravagantes y confortadoras de usted y de Hugo. Se originará una bella serie de leyendas y todo será cierto y más que cierto.

El hombre que le ofreció café de malta y le endilgó sermones sobre la salud no quiso matarla. Es injusta en su aseveración. Sus intenciones eran buenas. Pensó que siendo usted mujer le sería beneficioso ser más sana y robusta para soportar mejor los viajes, el hambre y el desconsuelo. Si hubiera sospechado que usted es un ave encantada y un pequeño ángel, se le hubiera acercado sin dejar de hacer reverencias y no le hubiese ofrecido sino café a la turca, Marsala añejo y cigarrillos egipcios. ¡Más adelante remediará su error, no lo dude! Hoy la considera todavía un poco enferma y un poco extraviada. En realidad, todos nos tienen por tales, pero llegará el momento en que sollozando le pedirá perdón por el café de malta.

Querida Emmy, si tuviera su técnica para viajar iría a visitarla, pero usted ya sabe que solo puedo alzar vuelo tendido en mi cuarto o en un prado estival. Tan pronto me ponen contacto con ferrocarriles y aparatos parecidos, las cosas salen mal. Fracaso yo, o bien falla el aparato. Hace un año, cuando con cargos de conciencia tomé por primera vez en mi vida un boleto para Berlín y me dirigía a esa curiosa ciudad, nuestro tren se detuvo media hora en medio del campo, a poca distancia de Berlín. No le miento. Los funcionarios corrían desorientados en torno a la locomotora declarada en huelga. Vimos los pinos mecidos por el viento, vimos correr a las liebres por los secos pastizales. Pero aquella vez el Señor me obcecó. Yo no hice caso de la advertencia y a pesar de todo seguí mi viaje a Berlín con una hora de atraso y tuve que conocer el Kurfürstendamm, el Paseo triunfal y la Galería Nacional y otras cosas tristes. Bueno, esto se hace una sola vez en la vida.

En aquellos días visité aquí, en Zurich, con mi amada, la cervecería donde cierta vez usted y Hugo se presentaron en Cabaret. El local seguía estando colmado y se seguía exhibiendo Cabaret. Un imitador remedaba con sus gesticulaciones las caras de Lenbach, Menzel y Hindenburg, y la graciosa bailarina era tan bonita que podía darse el lujo de olvidar las únicas tres palabras que le tocaba decir y quedarse confundida. Pero la mujer del escenario no era Emmy, ni tampoco era Hugo el que estaba sentado al pianito. Por lo menos, ese individuo no daba la impresión de pasar los días escribiendo dramas y poesías, ni estar preparando una revolución artística. Pero eso nunca se puede saber. Muy cerca de vuestro cabaret se levanta la casa en la cual el pobre e insignificante señor Lenin ocupaba un cuarto en el año 16, hasta que lo vinieron a buscar de Rusia para que embarullara un poco el mundo.

Si desea escribirme, eche su carta en Amalfi. Allí parece funcionar el correo, o bien échela al mar. El mar también es de fiar. Y no se le ocurra volar hacia los ángeles, pues aquí la necesitamos mucho todavía. Hasta la vista y un centenar de saludos.

 

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* La carta fue rescatada en el libro Hermann Hesse, cartas escogidas (Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 1980).

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