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J. D. Salinger: el escritor que decidió vivir en eterna cuarentena  

Jerome David Salinger (1919- 2010), autor de El guardián entre el centeno, tuvo una accidentada relación con periodistas, biógrafos y fans que intentaban contactarlo. A partir de 1965, después de publicar algunos libros, se aisló para siempre.

A continuación un texto de uno de los biógrafos que fueron rechazados por este escritor que prefería vivir alejado del resto de los seres humanos.

 

En busca de Salinger[1]

Autor: Ian Hamilton

 

A las tres semanas de haberse calmado el primer diluvio de respuestas, recibí una carta del mismo J. D. Salinger. Tal parecía que su hermana y su hijo -ambos aparecen en el directorio de Manhattan- habían recibido una de mis cartas. Salinger me reclamó el molestar a su familia «en el no muy glorioso nombre de la academia». Aun cuando no podía impedirme escribir un libro sobre él, creía necesario advertirme -«por poco que sirviera»- que ya no podía aguantar una invasión más en su vida privada -«eran demasiadas para una sola vida»-.

La carta era conmovedora a su manera, pero también algo repelente. Era tan fríamente impersonal como podía, y también demasiado prolija, demasiado orgullosa de su brillo para convencerme de que se trataba de un franco grito del corazón. Pero sus intenciones eran inconfundibles. Mostré la carta a dos de mis más cínicos amigos literatos. Uno dijo: «La verdad, es una provocación»: «No puedo impedir» debe interpretarse como «Adelante, por favor”. Otro dijo, «¿Quién se cree?», respuesta que se parecía más a la mía. Sin embargo, me era difícil precisar lo que sentía. Ya había aceptado la comisión por el libro. Me habían pagado (y ya había gastado) una cantidad generosa. Según mi plan original (donde lo ideal era tentar a Salinger al exterior), podía decirse que las cosas resultaban muy bien. Y este contacto humano, aunque gélido, me hizo reflexionar. Hasta el momento, había jugado con la idea de Salinger, como personaje ficticio, ciertamente simbólico, de la fábula de la literatura norteamericana. Decía no querer ni fama ni dinero y así se las había arreglado para ganar reservas de sobra de ambas -muchas más de las que hubiera encontrado de haber permanecido en el mercado junto con los demás-. Seguramente, pensaba yo en mis momentos más solemnes, había mucho que aprender de su «trayectoria». ¿Hasta qué punto era Salinger una víctima del sistema norteamericano de «estrellas de la cultura»? ¿Hasta qué punto su fruto más fino? Los intelectuales norteamericanos sienten compasión por los escritores de Europa del Este censurados por el Estado, pero aquí, en su propia cultura, un autor muy querido eligió el silencio. Tenía la libertad de expresión pero, al parecer, lo que más deseaba era la libertad de callar. Y el poder de hacer callar: de hacer callar a cualquiera que osara investigar las razones de su silencio.

Pero había esta carta, que me obligaba a enfrentarme a la presencia del hombre. Quería que lo dejaran en paz. Había cumplido con su parte del trato: al no publicar, al rechazar toda entrevista, fotografías y demás. No había llegado a retirar sus libros del mercado, pero tal vez no estaba en su poder hacerlo. Aparentemente, se comportaba con dignidad y tolerancia cada vez que un colegial ansioso se aparecía por su casa. ¿Acaso no te nía el derecho de cualquiera a la privacía? Pues, sí. Y por otra parte, no exactamente. El guardián en el centeno, Franny y Zooey, y demás, están en las librerías y en las bibliografías, y permanecen entre las obras maestras de nuestro tiempo, según los criterios más convencionales. ¿Las abordamos de manera especial diciendo, lo que muchos no diríamos de otras obras, que debemos ignorar todo interés en el autor? A simple vista, no. Y al pedir Salinger ser ignorado, ¿acaso no pide que otros escritores hagan lo mismo? Después de todo, todo autor delimita su privacía al decir «Puedes preguntarme esto pero no lo otro». Salinger ha optado por salirse del juego. Pero también podría decirse que, al no jugar, al no decir nada, se ha expuesto a otro tipo, el tipo de juego que le responde “Cuál es tu juego».

Le respondí a Salinger diciendo que ciertamente su carta me había hecho reflexionar, pero que de cualquier forma había decidido seguir adelante con mi libro. Accede ría, sin embargo, a respetar ciertas reglas. Como hasta 1965 él había permanecido en el dominio público, no haría indagaciones posteriores a esta fecha. Tampoco molestaría a su familia y amigos. Aún podía cambiar de parecer y recibirme, o contestar a mis preguntas, pero supuse que no lo haría. Le dije que albergaba esperanzas de que, si algún día llegaba a leer mi libro, podría llegar a moderar su opinión -no solo sobre mí, pero dentro de lo posible, lo más cercanamente posible, sobre un género como este-.

A mí mismo, me di un par de indicaciones. No intentaría buscar a su exesposa, sus hijos, o su hermana. Me permitiría escribir a aquellos que habían sido sus amigos durante sus años de escritura (o publicación), pero no los sorprendería con llamadas telefónicas, ni insistiría después de dos cartas sin respuesta. Dejaría muy claro, si acaso hubiera duda, que Salinger estaba en contra de lo que hacía. Y otras cosas. Quería proyectar una imagen decente -no solo para Salinger, sino también para mí-. Por una parte, no veía por qué tenía que abandonar mi curiosidad en este fenómeno llamado Salinger: claro que no estaba solo en querer saber más sobre él. Por otra parte, ¿en qué momento la curiosidad más decente se convierte en morbo? A fin de cuentas, supuse que me percataría de esto al ir avanzando.

Este autocuestionamiento circular persistió con cierta constancia por una o dos semanas. Y era genuino, se sentía genuino. Pero no parecía detener mi marcha hacia el paso siguiente del proyecto. En noviembre de 1983 partí a Nueva York. Más bien, partimos dos: el que se atormentaba con cuestiones morales y mi alter ego de biógrafo, ahora mi compañero inseparable, simplemente ansioso de echar manos a la obra.

 

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[1] Traducción de Miriam Grunstein. Fragmento de la biografía de lan Hamilton In search of J.D. Salinger, 1988. El texto fue rescatada por la revista La Gaceta del Fondo de Cultura Económica. México, octubre de 1994.

 

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