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Once poemas dedicados a Miguel Grau, el “Caballero de los Mares”

Entre los poetas figuran José Santos Chocano, Ricardo Palma, Carlos Augusto Salaverry, Juan Ríos, entre otros.

 

 

El Peruano del Milenio, el Caballero de los Mares, el héroe máximo del país: Miguel Grau Seminario. Tras su muerte en el Combate de Angamos, en 1879, el marino piurano dejó un enorme vacío en los peruanos pero también una lección de entrega y sacrificio.

Entre sus más recordadas acciones, siempre estarán sus exitosos combates, al mano del monitor Huáscar, pero también su hidalguía con el enemigo. Por estas razones, por la admiración que le tenían, algunos poetas le dedicaron algunos versos.

Entre estos poetas se encuentran José Santos Chocano, Ricardo Palma, Carlos Augusto Salaverry, Juan Ríos, entre otros.

A continuación, les presentamos algunos poemas que resaltan las cualidades del marino peruano.

 

IMPROMTU

Autor: José Santos Chocano

Miguel Grau –Padre nuestro
que estás en las alturas–
homenaje siniestro
para ti, es el que te hacen tantas almas impuras…

El entronizamiento
que ves hoy en tu patria de la ruindad y el vicio,
ha de tornar obscuro tu claro pensamiento,
al comprender lo inútil que fue tu sacrificio…

Tú, que tan generoso
con tu adversario fuiste –tal Cristo en el Calvario–
no permitas que nadie perturbe tu reposo,
si no se muestra digno de ti con su adversario.

O desciende un momento
a la tierra, en que, ha un siglo, naciste; y los cañones
que te saludan calla, mientras a paso lento
vas a abrir tú las puertas de todas las prisiones…

Y si los que homenaje
pretenden hoy rendirte, niegan a tu guirnalda
la flor de tal nobleza, tómalo por ultraje,
rasga tus vestiduras y vuélveles la espalda…

Y dueño de ti mismo,
prohíbe tú que nadie profane tu grandeza…
No entienden tu heroísmo
quienes no son capaces de sentir tu nobleza!

[25 de Julio de 1934]

 

 

 

GRAU

Autor: Carlos Augusto Salaverry

I

«Asciende hasta Historia”, decía.
«Con nuevos lauros, renombre sella;
Menos confiado propicia estrella
Que alma de inmutable valentía».

A mi prosodia, el héroe respondía
–»Morir por nuestra patria muerte bella;
Cambiar mi vida por un triunfo de ella
Será –si Dios me escucha– hazaña mía».

Y en insólita lid colmó el deseo
de honrar su patria y de trocar vida,
Por inmortalidad del mausoleo!

Salvó honor, perdiendo victoria
pensó al ver su nave destruida:
–Quien no espere triunfar muera con gloria.

DUELO MUERTE

II

Cayendo en marítima celada
Sin un bajel en su defensa acuda
Sus fuegos rompe, aunque del triunfo duda,
La coraza era el todo, valor nada!

La armadura, cual vidrio, quebrantada,
La tropa ve estallar de asombro muda;
Pero en la lid, desmesura ruda,
La enseña del Perú persiste izada.

Sucumbe GRAU! En evidente calma,
Otro envidia su suerte y se resigna
A la gloriosa herencia de aquella alma!

De su heroísmo es víctima expiatoria;
Y lega a todos la inmortal consigna
–Quien no espere triunfar muera con gloria.

 

 

CATAFALCO IDEAL

Autor: Pedro Paz Soldán y Unánue
(Juan de Arona)

I

Era entre nubes escondido rayo
Que esperaba flamígero el momento
En que el mundo admirara su ardimiento,
En que aplaudiera su primer ensayo.

Rayó el veintiuno del glorioso Mayo,
Y partiendo del lóbrego aposento,
A Iquique libertó del sufrimiento
Y al Perú de su angustia y su desmayo.

Los mares enemigos atraviesa,
Y honras celebra, y náufragos alivia
Sacerdote del mar en Punta Gruesa.

Si hoy bajo tierra tanto ardor se entibia,
Tierra a lo menos de la Alianza es esa,
¡Tierra de Mejillones de Bolivia!

II

Apartó las insignias de Almirante,
Quiso ser más: ¡del «Huáscar» comandante!

III

Nueve lustros de vida transitoria
Y cinco meses de infinita gloria.

IV

Por cinco meses, desde Mayo a Octubre,
El mundo ante su nombre se descubre.

V

Alma de acero y corazón de niño,
Batió a una escuadra y perdonó al Cousiño.

VI

Héctor peruano entre enemigos viles,
Halló su tumba sin hallar su Aquiles.

VII

Ferré, Aguirre, Rodríguez y Palacios,
Viven hoy de la gloria en los espacios.

VIII

¡»Huáscar!» de nuestros héroes cuna y tumba,
El eco aún de tu cañón retumba!

IX

Los escalones del mando del «Huáscar» fueron los cadáveres de sus comandantes.

 

 

OFRENDA A GRAU
(Fragmento)

Autor: José Valdizán Gamio

¡Avanza el monitor, pigmeo extraño
en medio de olas frígidas y enormes;
al hendirlas, el mar, ladrón huraño
le hurta color con su gélido baño
y huye irisado, en gotas multiformes…

¡Navega el monitor, su acero cruje
y su casco trepida y se estremece;
más que barco, parece un león que ruge
y que incapaz de controlar su empuje,
se arroja… si la presa lo merece.

Tras su estela, la «Unión» forzando palas
barboteando, remonta las espumas;
verde festón adorna sus regalas
y la esmeralda de esas frescas galas
la invade… y se atomiza entre las brumas…

 

 

MIGUEL GRAU

Autor: Ricardo Palma

Sol de resplandor fecundo
que nuestras pupilas hiere
es Miguel Grau… nunca muere
el astro-rey para el mundo.

¿A qué de duelo profundo
llanto derramar sincero
si ya, con buril de acero,
grabó ese nombre la Fama,
y el mundo la gloria aclama
del héroe y el caballero?

Vive la vida inmortal
que conquistó su heroísmo;
no conquistó en el abismo
del olvido nombre tal.

Del tiempo el giro fatal
dará más irradiación
a tan espléndida acción,
y del héroe la memoria
honra será de la historia,
gala de la tradición.

 

ODA PINDÁRICA A MIGUEL GRAU

Autor: José Gálvez

Frente al océano, ¡oh Grau!,
semidiós lleno de bondad humana,
te evoco como a un gran penate lírico:
y al evocarte,
¡oh gran señor del mar!
los mitos y los símbolos
florecen y se encarnan
en henchidas imágenes radiantes.
¡No son mentiras vacuas,
ni son fantasmagóricos alardes
esas figuraciones tutelares,
la leyenda, la historia y la gloria y la patria
que, por ellas, un hálito divino
infunde en lo pasado vida sacra,
y a las cosas que fueron las salva del olvido;
un hálito divino,
que hincha las palabras,
como velas de barcos atrevidos
que van al infinito!

Puede la vida triste
irse como una sombra, pero quedan,
de las almas sublimes,
el resplandor y el eco
de vibración perenne, que rescata
en una sagrada resurrección,
a los hombres que encarnan,
en misiones eternas, ideal y abnegación…!
Locura de poeta, creencia popular,
son las que captan el mensaje
que se vuelve a cantar,
cuando en la hora trágica
la carne de los héroes se hace polvo
y el alma vuela al cielo
para lucir, eterna
como una estrella tutelar,
de esas que marcan
camino de la tierra para el mortal que pasa
ruta celeste
para el mortal que ha de durar.

Y así –¡oh Señor de nuestro mar!–
al evocarte vienen, con nuevos atavíos,
las antiguas estampas.

No son mentiras, no, los símbolos:
la leyenda, la historia y la gloria y la patria.

Fuiste la encarnación del sacrificio.
Fuiste la encarnación de la esperanza,
y como Cristo
bien sabías que te sacrificabas.
Como a un gran corazón
iba hacia ti la sangre de la patria,
que su dolor sentía en tu dolor,
que por ti palpitaba,
y que confiaba en ti su salvación.
Todo lo fuiste, todo, en un instante:
la epopeya, el ensueño,
la audacia y el misterio,
lo incomprensible y casi inalcanzable
con que esperaba redimirse un pueblo.
La Patria,
tú, tal vez como nadie, lo sabías
la forjan los que sufren, los que luchan,
los que se sacrifican;
que, en el surco del pueblo, el sacrificio
es la única semilla
que hace brotar la flor del patriotismo.
Tú fuiste así; por eso
son eternos tu nombre y tu recuerdo.
En la tremenda hora
de patriótica angustia,
ibas sobre las ondas,
como un ave silente,
en formidable empeño de aventuras,
desafiando a la muerte y a la suerte,
y tras tu frágil nave,
como un viento propicio,
iba el cálido aliento
con que seguía tu ilusión tu pueblo.
¡Nunca tuvo una estela
más luminosa un barco,
como la estela que dejó tu nave,
ni jamás las estrellas
alumbraron a un buque solitario,
de más pura y romántica osadía,
como al romanticismo de tu barco,
retoño nuevo de caballerías…!

Viejos, niños, mujeres, tus campañas
seguían como en sueños,
y se echaban al vuelo,
por tu nombre, las líricas campanas.

¡Señor de la sorpresa,
recorrías, impávido, las costas
enemigas. Absorta
te contemplaba aclamaba América,
–¡flores de damas, ritmos de poetas–
y hasta la vieja, indiferente Europa
depuso su soberbia ante tu gloria!
De las galeras que cantara Homero
de los pueblos Feacios,
tu nave fue sublimación airosa;
veloz y silenciosa como un sueño,
caía como un rayo,
se iba como una sombra…
Ensoñación del mar, en flor de hazañas,
era mito, milagro, fantasía;
maravillosa
mezcla de caballero y de fantasma,
sorprendía, apresaba, combatía.

Tú eras la patria sobre el mar,
bajo el cielo
y más allá del horizonte,
y unías la leyenda y el cantar
al ejemplo,
como un nuevo Quijote.
Reflejo azul de una bondad divina,
por ti, la roja guerra tuvo;
hundías barcos y salvabas vidas;
aun al enemigo diste amor,
y, entre la sangre y la metralla, puro
pasaste, el alma erguida
por la mano de Dios.
Y como con la patria te uniste y confundiste,
y eras un paradigma
de heroísmo sin par,
a tu lado tuviste gallardos paladines.
Pero la realidad te perseguía
acechando a tu ideal.
¡Duro el destino,
castiga y premia a los que osaron mucho,
los castiga en la carne y en la tierra
y en el tiempo fugaz,
y los premia en el alma y en la gloria
y les da eternidad!

Como tu par insigne, Bolognesi,
tenías que caer por nuestras culpas
y para ser ejemplo;
porque el Destino escoge
las víctimas más puras,
y así redime castigando pueblos
en el dolor de los que son mejores.

¡Tenías que caer!
y en un dantesco círculo de fuego
se consumó tu sacrificio cruento.
¡Tenías que caer!
Como en un mito griego,
se hizo de sangre todo el horizonte,
y se alzaron como unos semidioses
los que contigo al holocausto fueron.
¡Tenías que caer!
¡Se hizo de sangre todo el horizonte,
pero el mar, como nunca, fue color de laurel!

 

 

CANTO A GRAU

Autor: Juan Ríos

1

Yo canto el héroe y la muerte del héroe.

Loados sean en él los que caen del lado de la vida en los combates,
los que escuchan a las sirenas de la sangre murmurar en sus oídos,
los que ven a la derrota con la misma sonrisa viril que a la victoria,
los que se estrellan como fúlgidas olas en las peñas sin luz del infinito,
los que aceptan morir sin preguntar por qué motivo,
y son el yunque donde el golpe del destino forja el alba.

Esta no es una marcha fúnebre. Esta es una marcha triunfal,
una marcha triunfal para los que sucumben en su puesto,
para los marinos que perecen erguidos sobre sus puentes de mando,
para los broncos tripulantes que yacen en los sepulcros del océano,
para los que oyen impasibles las campanas del fondo de las aguas,
para los que muerden su angustia cual dulce fruta envenenada
cuando sienten el beso de la fatalidad sobre la frente.

Es hermoso jugarlo todo a una carta inexorable,
ganar como quien pierde, vivir como quien muere,
pero es sublime perder como quien gana,
morir como quien vive, desplomarse de bruces en la altura;
porque basta una voz de la garganta o los cañones,
una sola palabra desnuda como una espada,
basta un instante puro para justificar la vida,
basta un bello ademán para justificar la muerte.

La suprema embriaguez no se detiene;
los que la alcanzan, deben morir bajo sus alas.
Está madura su alma para la eternidad terrestre.

2

El monitor es pequeño;
pero el océano es grande.

Blindada agonía, hermano de los mares,
hijo de la Cruz del Sur bajo las aves y el viento,
yo canto al «Huáscar» surcando las tempestades del odio;
yo lo canto en su impotente grandeza herida.
Rocinante marino arremetiendo contra toros de espuma,
contra molinos de estrellas que el alba triste asesinaba.

Yo canto a Grau, cara al futuro en su apoteótica derrota,
Almirante del Perú por los siglos sucesivos;
yo lo canto, huérfano de patria en mar adverso,
abandonado hasta la entraña en los brazos del destino;
yo lo canto de pie en su torre acribillada por la luna,
corsario de los débiles, desamparado Señor de la esperanza,
fidedigno caballero de la razón en pleno vértigo,
intuyendo, en esas noches en que la lucidez como un cuchillo corta,
que significa menos alcanzar la victoria que haberla merecido;
yo lo canto en su hora tremenda, bajo la suave luz de la mañana,
solitario de la gloria en su función social de pararrayos,
estratega de la muerte dominada en el vértice mismo de la muerte.

Yo no canto el odio estéril ni el recuerdo del odio,
pero saludo la fraterna sangre de los héroes
y evoco a mi Almirante en el metal azul del cosmos.

3

El mar choca en las playas;
pero la muerte es infinita.

Es bello perder el cielo para ganar la Tierra,
no anhelar más ebriedad que la de la sangre,
más resplandor que el fuego propio;
y es hermoso también, cara a la vida,
atravesar sereno las artificiales tormentas de la guerra,
sin protestar si caen contrarios los dados del destino.

Cóndor del océano que la serpiente glauca aprisionaba,
Almirante de la agonía, invicto del desastre:
Yo quisiera alumbrar, para cantarte, las sendas de mis venas,
y decir triunfal esas palabras que nacen en el corazón
y mueren niñas, inocentes, en los labios;
porque hacía falta tu sangre, tu sublime sangre derramada,
para mirar de frente a la derrota vestida de apoteosis
y cubrir de larga gloria tu gran fracaso iluminado.

¡Alabados sean en ti todos los héroes de la Tierra!
¡El alma no duele cuando los labios cantan!

4

Era un hombre para la paz nacido,
su mano era cordial, y suave su sonrisa,
no era alto de estatura, hablaba poco,
amaba su paisaje de tristes arenales,
su desolado país entre el océano y la selva acorralado.

Fue marino porque así lo quiso el mar,
su palabra era firme como una lanza,
clara y directa como una espada;
hacía siempre lo que había que hacer,
cumplía órdenes a fuer de gran señor sin discutirlas nunca;
respetaba al enemigo, admiraba el valor en cualquier parte,
recogía a los náufragos, saludaba a los vencidos,
se conmovía de puro hombre por los otros,
era severo y dulce con los suyos,
iba a la guerra como a un baile con la muerte.

Con todas las causas perdidas del mundo a cuestas, sin decirlo,
poniendo en singular muchas plurales angustias acalladas,
nadie sabía si le pesaba o no en el corazón su destino de acero;
«Corazón de flor», podía decirse, «Corazón iluminado»;
pero él llevaba clavados algo así como picos de cuervos en el pecho,
y algo implacable, como un sepulturero,
ahondaba el surco debajo de sus ojos;
porque él amaba la vida igual que todos,
y sufría al sentir cada vez más herida su esperanza.

5

A la buena de Dios desde la inmensidad circular de su agonía,
arando el mar para sembrar semilla heroica,
peleaba el «Huáscar» la mañana final de Punta Angamos,
enardecido, estoico, sereno, solo, humeante, acorralado,
entre el cielo y la costa acorralado,
al tope la bandera coronada de estrellas de pólvora caliente.
¿Quién dijo, quién, que la muerte es solo una,
que la muerte se entrega así no más al primer venido?
¿Quién dijo, quién dice aún, quién dirá más tarde,
que las victorias valen siempre más que las derrotas?

Buen tapete es el mar para los dados del destino,
buena arboleda el «Huáscar» para el hacha de las llamas,
para los férreos, potentes, invulnerables acorazados de Chile,
leñadores del Pacifico talando el templado bosque náutico.

Yo saludo y canto a la perpetua tripulación del «Huáscar»,
a los inconcebibles hijos del fuego que al agua verde enamoraba,
a los sucesivos oficiales que la muerte fue nombrando capitanes,
a los furiosos hombres del cañón y de las jarcias,
a los insomnes vigías ateridos, y a los tostados,
profundos, sinfónicos esclavos del Infierno,
los membrudos fogoneros que soñaba el viento libre.

Yo no lloro la tragedia de Angamos; yo la canto:
El barco es pequeño y el océano es grande,
pero la muerte es infinita, y lo contiene todo.

¡Estaba sublime el mar, cuando sus cabellos llegaron a la muerte!

 

 

A GRAU

Autor: Fernando Velarde

Es tragedia sublime nuestra vida,
Precursor muy audaz nuestra esperanza;
Al festín de la gloria nos convida
Y al gran ciclón universal nos lanza.

¿Cómo el destino en sus misterios pudo
Hacer tan grande y tan fugaz tu historia?
¡Héroe! recibe mi postrer saludo,
Es un sollozo de dolor y gloria.

Siendo yo joven desgraciado, errante
Mensajero fugaz de clima en clima;
Fuiste mi alumno férvido y constante
Allá en la noble y opulenta Lima!

A pesar de los años que se lanzan
Cual aves negras al profundo olvido,
Mis recuerdos más íntimos te alcanzan
En la revuelta oscuridad perdido.

Te recuerdo muy bien, meditabundo
Cual las pasiones tempestuosas, tiernas…
Como un viajero que en el fin del mundo
Ve surgir a las vírgenes eternas.

En transportes de júbilo temblabas
Cuando los hechos de Numancia oías;
Con Bolívar el grande te exaltabas,
Con Sucre el inmortal te enternecías.

Siempre fue dulce para mí tu nombre,
Siempre fue fausta para mí tu estrella!
Es un arcano incomprensible el hombre,
Dios en la muda eternidad le sella.

Nunca fuiste risueño ni elocuente,
Y tu faz pocas veces sonreía,
Pero inspirabas entusiasmo ardiente,
Cariñosa y profunda simpatía.

Los días melancólicos y bellos
Pasaron, cual relámpagos veloces,
Mi sentimiento meditando en ellos
Exhala dulces, somnolientas voces.

Marcha! me dijo mi contraria suerte
Y cantando me fui de clima en clima;
Mas nunca pudo devorar la muerte
Mis memorias poéticas de Lima.

Después del tiempo en los confusos giros,
En Londres otra vez nos encontramos,
Y cual dos melancólicos suspiros
Que lleva el huracán… nos separamos.

Cual muy lejano cántico elocuente
Triunfaste del olvido en mi memoria,
Y flotabas en mí confusamente
Como un fantasma de una muerta gloria.

Esperé que otra vez te encontraría
De este mundo en la gran encrucijada;
Mas fue un sarcasmo la esperanza mía,
Mi sueño hermoso convirtióse en nada.

Nuestras tristes y lánguidas estrellas
Coronadas de fúnebres misterios,
Brillaban melancólicas y bellas
En distantes y opuestos hemisferios.

Cuando implacable comenzó la guerra
Hirió mi corazón la profecía,
Te vi cual Nelson coronar la tierra,
Con tu noble y suprema valentía.

Te vi del «Huáscar» en la humilde popa
Midiendo el Polo y observando a Antares
Con grandes hechos sorprender la Europa,
Barrer las costas y asombrar los mares.

Pero vi que la espada de la suerte
Implacable hacia ti se dirigía,
Y ante tan noble y tan gloriosa muerte
Lloraba de dolor y sonreía.

Llegó por fin el último momento
Del afán… del fragor… de la batalla…
Y taladró tu voz el firmamento…
Los vientos gimen… lo infinito calla!

Fue formidable para ti la gloria,

No quiso darte ni siquiera un día,
Como a Ricaurte te entregó a la historia
Y a la austera y sublime profecía.

Cuando vencido… vencedor caíste,
Del mar gimieron las soberbias ondas
Y te contaron un poema triste
Leónidas y Catón y Epaminondas.

Tembló Albuquerque en la distante Goa
Y lloraron los héroes del Callao;
Desde el cadalso te aplaudió Balboa
Y en grandes himnos prorrumpió Bilbao.

Cual siderales pléyades lucientes,
Todos los manes te cercaron juntos
Y aplaudieron los sínodos vivientes
Y cantaron los éxodos difuntos.

Cual inmortal constelación, tu nombre
Arrojaste a las bóvedas esféricas;
Lleno de asombro te contempla el hombre
Y llenas de entusiasmo las Américas.

Tú resplandeces refulgente y solo,
Ceñido de tormentas huracánicas
En la corona antártica del polo,
Más allá de las nubes Magallánicas.

Humilla oh Chile! tu soberbia gloria
Ante la sombra del audaz marino,
Mil veces superior a tu victoria,
Más grande que la muerte y el destino.

Londres, 1880.

 

 

MIGUEL GRAU

Autor: Martin García Merou (Argentino)

Triste es la suerte de la vida humana!
Quiere fijar el porvenir incierto.
Y en sus débiles manos se derrumba…
Ya se hunde en el desierto,
Ya se eleva a la cumbre soberana,
Da un paso más en su carrera vana,
Y rueda en una tumba!…

En la extensión sombría,
Tú también te has envuelto en el sudario;
Tú también has vertido
La sangre en las malezas del calvario
Que escala el corazón en la agonía;
Tú también has caído
Como un sol en el seno del ocaso,
Al dintel de la puerta de la historia,
Subiendo paso a paso
El pedestal de soberbia gloria!

América la madre cariñosa,
Hoy va a llorar sobre tu triste fosa
Mientras murmura el viento,
Gime el raudal y el pájaro que canta
Se estremece al rumor de su lamento!
Ella, que en días de valor fecundo
Y tiernas expansiones,
Virgen ceñida de laurel y de oro,
Pudo mostrar sus héroes y legiones,
Para decir, como Cornelia, al mundo:
–»Mirad! son mi tesoro»
Hoy que vacila su inmortal santuario,
Hoy que el templo de la honra se desquicia,
Hoy que enjuga su llanto en tu sudario,
La Gloria y la Justicia–:
Hoy va a posar sobre la tierra helada
De las victorias el sagrado emblema;
Hoy va a arrancarse su postrer diadema
Y arrojarla a tus pies, desesperada!…

El ángel del martirio
Rozó tu sien y acarició tu frente;
Porque la gloria humana
Enciende el blanco cirio
En la llama fugaz de la aureola,
Y abre su templo al corazón ferviente,
Pero después sobre el altar lo inmola.

Como dejan las flores su corola
Cuando el sol con sus rayos la consume,
El cuerpo queda, mientras sube el alma
Lo mismo que el perfume!…
Y en ese instante de dolor profundo
Se despedaza el corazón del bravo,
Porque al dejar el mundo,
Él, que rey se juzgaba, moribundo,
Muerto, despierta en el sepulcro esclavo!…

¿Acaso se cernía
En tu pecho ese lóbrego presagio,
Cuando en medio de bélicas acciones,
Valiente desafiabas los cañones,
Valiente desafiabas el naufragio?

¿Quién lo sabrá?…
Sobre la nave inquieta,
Como un potro que siente el acicate
Se destacaba tu vivaz silueta
De entre el humo sombrío del combate,
Sin tregua ni desmayo,
Siempre de fe cual de entusiasmo lleno,
Como si hubiera dominado el trueno,
O esclavizado a tu poder el rayo!

Hoy águila valiente,
Se dividen tu túnica sagrada
Los que doblaron ante ti la frente!
Hoy eres su trofeo!
Hoy esa nave que llevaste airada
Sobre las ondas de la mar salada,
Te ha servido, al morir, de mausoleo!…

Mártir! descansa en paz! En ese lecho
Donde empiezan los sueños de la muerte,
El corazón deshecho
Encuentra un puerto contra el rudo paso
De las ondas mudables de la suerte!…
Llega la noche tras la blanca aurora!
Y cuando el sol se oculta en el ocaso
Y se inclina la tarde encantadora
Lo mismo que las tiernas sensitivas,
El crepúsculo, el luto, los dolores,
La oración del jardín de las Olivas!…

Después!… Ese después es el misterio,
La eternidad, las sombras mortecinas!
El después es el mudo cementerio,
Las solitarias ruinas
De la grandeza ufana; es el gemido
Que llega a las regiones de la historia,
Que alumbra los abismos del olvido,
Y a un héroe nos presenta
Envuelto en los cendales de su gloria!

Él te elevó hasta Dios! Sublime ejemplo
Del soldado que expira por la patria
A la sombra sagrada de su templo!
Del que sabe morir, como un romano
Sobre la ardiente arena,
Sobre las ondas del movible océano
Que agita horrorizado su melena;
Del que blandió su acero,
Con el valor de la piedad cristiana,

Sobre la sien del enemigo artero
Que va arrastrando la honra americana
Entre sus turbas viles,
Como el cadáver de Héctor, el troyano,
Era arrastrado por el fuerte Aquiles!…

Entre la sombra hundido
Oye esta voz, escucha esta plegaria;
Ave gloriosa cuyo triste nido
Se hundió en las ondas de la mar contraria!
Y el viento que murmura en los palmares,
Las dulces cantinelas
Que levantan las selvas seculares,
El rumor misterioso de los mares,
Que derraman su espuma en las arenas;
Todo te diga con acento suave
Que la angustia al espíritu devora,
Que el corazón te canta como el ave,
Que el corazón, como ciprés, te llora…

 

 

 

 

HUÁSCAR
Autor: Martín García Merou

Allá va… Solitario entre las brumas
Se confunde en la sombra su silueta
Con el oscuro cielo,
Las pálidas espumas
Y los reflejos de la mar inquieta!…
Su generoso anhelo
Lo empuja a la victoria
En medio del embate de la suerte,
Murmura el viento que lo mece: muerte!
Y el mar rugiendo le responde: gloria!…

¡Salve Huáscar audaz! Cómo se eleva

El corazón, testigo
De la nube de gloria que te lleva,
Espada del Perú, cambiada en rayo
Que fulmina la sien del enemigo!

Cuando a la lucha amarga
Te provocara la ambición chilena,
Tú fuiste el primero
En darle el bofetón de tu descarga;
Y el océano altanero
En cada ola refirió a la arena.
Que eres más poderoso que el pampero
Cuando su ira en el llano desenfrena!

Tu trueno prolongado,
Llegando hasta la tierra,
Con acento inmortal, ha levantado
El himno clamoroso de la guerra;
Y al par que se difunde
La chispa que los ánimos inflama,
Tu gloria se derrama
Como un incendio que en la selva cunde!

¡Fraternidad! Oh madre americana!
Oh aliento bendecido,
Que al levantar la mente soberana
Reanima el espíritu abatido!
Aquí donde los vientos
Van murmurando cadenciosos ruegos,
Encuentran los volcanes esos fuegos,
Y encuentran la batalla esos acentos!…

América suspensa,
Presenciando la lucha de sus hijos,
Bendice tu defensa,
Y mientras surcas los revueltos mares
Dejando roja huella,
Palpita con los bosques seculares,
Aplaude con la luz de la centella!

Ah! la misma feraz Naturaleza
Se levanta también sobresaltada
La fiera en la maleza,
Los vientos saturados de perfume,
Los torrentes que ruedan sobre peñas,
Los verdes bosques que la sed consume,
Las flores enlazadas en las breñas,
Todo, todo se agita conmovido,
Y desde el astro hasta la altiva palma,
Le envía en su sonido
La caricia más plácida de su alma!
Y él entre tanto, parte
Como las brisas solas,
Llevando por escudo su estandarte
Y por amigas de su fe las olas!
El entre tanto, cuando ruge ardiente
La batalla, triunfante se pasea
El levanta la frente
Y en la sombra del mar relampaguea!…

Y al salir de su sueño la tormenta
Que en el espacio gime,
Cuando la nube con fragor revienta,
En la penumbra de ese horror sublime
Que al corazón devora,
Parece sacuden su letargo
Los viejos héroes de inmortal pujanza,
«Valor» –le dice Espora,
Mientras el mar amargo
Le repite con Brown; Fe y Esperanza!…

¡»Huáscar» entonces tu bandera flota
Besada por el céfiro en su vuelo
Entonces te abalanzas atrevido
Iluminado el cielo,
Para dejar deshecho y esparcido
Cuanto se opone a tu tremendo empuje;
Para clavar certero
Como una garra tu espolón de acero,
Mientras el mar bajo tus plantas ruge!…

¡Siempre de pie! La luz de la victoria
Te guía en la batalla,
Donde tu santa indignación estalla
Hasta alcanzar la palma de la gloria!
En ella te recreas
Como el astro en el cielo oscurecido,
Y al ceñirte tu nítida guirnalda,
Hundes a la «Esmeralda»
Pero salvas magnánimo al vencido!…

Ah! por eso la tierra americana
Te mira palpitante,
Y a cada hazaña de tu nombre, ufano
Alza al cielo tu espíritu gigante!
Por eso él, se repite en su circuito
Allí donde se mueven las arenas
Bajo el impulso del sonoro viento,
Mientras levantan su armonioso acento,
Jugando con la espuma, las sirenas
Allí donde la hiedra
Desheredada crece
Enlazando el peñasco de granito,
Allí do el terremoto se adormece
Bajo la capa secular de piedra,
Allí donde respira el infinito!…

Y tú veloz cuando la luna brilla,
Sobre las tristes olas
Mientras dormitan en el bosque, solas
Las aves, compañeras del misterio,
Mientras hablan las hojas con la brisa
Y el fuego fatuo cruza el cementerio

Mientras orla a las flores el rocío,
Te internas en la sombra abandonado
Y la sombra en espectro te convierte,
Como el corcel sombrío
Del sueño apocalíptico, montado
Por el negro fantasma de la muerte!…

Es que el valor te guía…
El valor de la tierra coronada
Que electriza el acero de los bravos;
El valor de la América sagrada,
Donde tienden los Andes la mirada
Sin encontrar sobre su faz esclavos!…

Esa enseña te lleva a la victoria
¡Oh «Huáscar»! Pero hay algo más sagrado:
La libertad, diadema de la historia!
La libertad, escudo del soldado!
No la feroz e indómita bacante…

¡La virgen india de gracioso paso,
De seno palpitante.
De tez deslumbradora,
Que al sol su Dios, despide en el ocaso,
Que la bendice al apuntar la aurora!

La libertad que en sus visiones palpa
El corazón a quien la suerte abruma;
Amada cariñosa de Atahualpa,
Y sostén inmortal de Montezuma!…
La libertad, bandera
Que recorrió la América agitada
Encendiendo hasta el último cartucho,
Para elevar en el Perú, severa;
La luz de su alborada
De entre el humo y el polvo de Ayacucho!

Y en estas horas de recuerdo santo
En que a la mente acude
La imagen de la patria libertad,
Sobre el mar que su ímpetu provoca,
Mientras todo es amor y regocijo,
Mientras un pueblo entero,
Los grandes héroes del pasado invoca,
El con el brazo fijo
Se envuelve en la mortaja de la bruma,
El, rápido se aleja
Como quien va al encuentro de la Historia;
Y la nube veloz, la blanca espuma,
Los vientos que modulan una queja
Le dicen al pasar: «Patria y Victoria»!…

 

 

CONOCIMIENTO DE GRAU

Autor: Luis Carnero Checa

I

Hace apenas veintitrés soledades que conozco tu nombre,
hace apenas una muerte de astros solidarios
que tu ausencia tejida de minerales mágicos
patrulla los recuerdos
y la pólvora azul que amasaban tus manos.

Sí, hace apenas veintitrés soledades y una muerte
que tu barco encendido de testículos,
de misterios y nubes,
rectifica el dolor de los mares, las cavernas azules,
y califica el agua!

¡Es tan triste tu ausencia,
que la sombra mueve sus arcos repetidos,
y tus huesos dinásticos corean con los peces
una canción que gira sin memoria,
una canción que duele, ahora, en este espacio
que tengo el corazón blando como una nube!

II

En la noche que enciende mis manos de silencio
se agitan tus discursos de tórtolas plateadas.

Como un sueño presente tu voz desconocida,
se ha quedado enredada en la amapola muerta
que gira entre tus labios cargada de alborada.

No habrá sol renovado en las aguas del Sur,
no habrá tiempo, ni viento rodando entre las piedras,
¡ah! tu muerte ilustrada de estrellas esenciales.

Ni la primera letra de la agonía te fraccionó la lengua
y ya estaba el alba colgada de tus brazos,
hablándote de un mundo de esperanza intacta
y de nombres sonámbulos que esperaban tus ojos.

Tu coraje me envía recado de ilusiones
y me duele la sangre pensando que te fuiste
con la boca sellada de lirios y cloruros
y que yo no sé nada de las noches que labras.

Para medir tu muerte
necesito un diptongo de azucenas marinas
y plasmar elementos de teoría astral.

III

Los hombres comidos por el límite,
no saben que la gloria es una fracción de muerte
que nos hace presentes las cosas ignoradas
que anidan en los huesos,
y es la yarda de ausencia
que buscando tu sombra, hace fecundo a Dios.

IV

La madera afectiva del Huáscar florecía
copulando los mares
soñando con sus aves pintadas de ternura
y era triste y sencillo como el mundo irreal.

Tu corazón estaba poblado de instrumentos;
y maduro en Angamos de riscos submarinos
estalló entre las algas trizadas de recuerdo.

Ya que nada ha sido capaz de hacerte sombra
en esta inclinación de soledad y angustia,
hay un árbol de sangre
que cuida de tus gestos de pólvora constante.

V

¡Qué guadaña de luces habrá usado la muerte
para apagar tu cuerpo
qué dulces azucenas habrán anochecido
al ver sobre las aguas tu dolor meridiano!

VI

Tus venas taponeadas de balas luminosas
reposan en el fondo del mar rescatando misterios
y en tus cartucheras repletas de cariño
dibujada de trinos, descansa tu cabeza.

Yo sé que te han dejado con brújulas de sangre
bordadas en la frente,
yo sé que te han dejado
con una cinta fría de soledad en los ojos,
que encima de tu cuerpo,
¡compañero absoluto,
ha estallado el cielo como un cristal de amor!

_____________________________________

* Los poemas fueron rescatados del libro A la gloria del Gran Almirante Miguel Grau, publicado por la Comisión Cultural del Centro Naval del Perú, conmemorando los cien años del Combate de Angamos. Lima, 1978.

 

 

 

 

 

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