En una semblanza sobre Mario Vargas Llosa, el escritor peruano Alfredo Bryce recordó aquella vez que le robaron el maletín que guardaba la primera versión de Huerto cerrado, su primer libro de cuentos. Bryce narra que, cuando le contó sobre este hecho a Vargas Llosa, el autor de Conversación en La Catedral sufrió mucho más, como si le hubiesen robado a él. Por ello, Bryce lamentó haber causado esa amarga y triste sensación a su compatriota.
Leamos la anécdota publicada en la revista Cielo, volumen IX, octubre de 1983.
[…]
Francamente no sé qué habría sido de mi literatura en París, sin los escritores peruanos que yo más admiraba. Para empezar, Mario nunca leyó el manuscrito del libro de cuentos que yo le había prometido escribir, porque todo tema es bueno para la literatura. Primero, me lo robaron, y después Julio Ramón Ribeyro le cambió de título porque nos hicimos amigos, y porque como Mario, Julio ha sido también muy buen amigo. O sea que Mario leyó Huerto cerrado, pero cuando ya era Huerto cerrado, porque Julio Ramón le había cambiado hasta el título, lo cual supone un transcurso de tiempo y ese robo que tanto daño le hizo a él y que para mí fue una verdadera lección de coraje en la adversidad y de literatura.
–¡No puede ser! –exclamaba Mario, en un departamento situado cerca a la Port de Versailles, porque se había mudado del Barrio latino, y porque mi memoria no logra ubicarlo bien, debido al estado tan importante de Mario.
–¡No puede ser, Alfredo! –exclamaba, obligándome a concentrar toda mi atención, y agregando que lo que sentía era un verdadero sudor frío.
La soledad era muy grande y su esposa no estaba y yo no era casado. Y en ese departamento de dos o tres piezas, ya dije que no lo recuerdo muy bien, dos escritores peruanos, respetando lo presente, o sea lo que habría sido o lo que iba a ser a la larga al manuscrito de Huerto cerrado, entonces ausente.
–Para siempre, Mario –le dije, tratando de que se acostumbrara a la idea–. La policía hasta encontró a un ladrón robando, pero ya ese ladrón confesó, con pruebas, y resulta que cuando él pasó ya otro ladrón se había robado la maleta que yo había dejado adentro del auto.
No agregué que adentro de la maleta había un maletincito con mi manuscrito adentro, porque ya habría sido caer en el procedimiento literario que se conoce como la caja china, y porque Mario, con una pasión por la literatura que, lo juro, en mi vida he vuelto a ver, estaba sudando frío por una obra que no era suya. Eso me dio un gran coraje en la adversidad, y además se convirtió en una verdadera lección de literatura.
–La esposa de Hemingway le perdió un manuscrito y Hemingway se divorció –dijo Mario, con esa pasión que yo nunca había visto, y con una voz en la que se mezclaban la amistad, la generosidad, y una verdadera erudición. Empecé a sentir de pronto que mi manuscrito también era importante y que no sabía lo que había perdido.
–A T.E. Lawrence le tomó siete años escribir Los siete pilares de la sabiduría, y los olvidó en un maletín en Victoria Station.
–¿Y, Mario? –lo interrumpí, interesadísimo.
–Jamás los encontró.
–¿Y, Mario? –le pregunté, al ver que no me quedaba otra alternativa.
–Le tomó tres años más volver a escribir su libro. Otro célebre caso fue el de…
La memoria me falla aquí, pero parece que tuve muchos y muy ilustres antecesores. O es que yo ya no escuchaba a Mario, por ese sentimiento tan egoísta que nos dejan algunas experiencias. Recuerdo, eso sí, que empecé a sentirme casi tan mal como él, pero nunca tanto, porque el robo había tenido lugar un mes antes y ya como que empezaba a acostumbrarme. No sé, pero lo cierto es que el robo en casa de Mario se convirtió en un verdadero escándalo y que no logré recuperarme del todo hasta no ver que él ya se estaba recuperando, gracias a la erudición.
–Todo tema es bueno para la literatura, Mario –le dije, para animarlo a animarme, como en los viejos, buenos tiempos. Creo que lo logré, porque me dio un fuerte apretón de manos, me acompañó hasta la puerta, me dio una palmada en el hombro, dentro del silencio que correspondía a las circunstancias, y porque hay muchas palmadas de hombro en Huerto cerrado.
Pero, ¿cómo me vio partir Mario aquella tarde? Yo siempre pienso que me fui como quien se desangra, porque, en efecto, qué palabras mejores que éstas de la última frase de Don Segundo Sombra, a falta de mayor erudición. Pero, ¿y si a Mario no le pareció que me iba así? Este es un asunto que me ha preocupado a menudo, en su ausencia, y que por fin, una vez, se me vino tal cual a la memoria mientras almorzábamos en el restorancito de la Place Falguière, Julio Ramón, Mario, y yo, y justo cuando él mencionó lo de Mort, où est ta victoire, entre los libros que estaba leyendo para la redacción de La guerra del fin del mundo. Le dije, entusiasmado, que conocía muy bien esa novela, y me dispuse a interrumpirlo por segunda vez consecutiva.
–Espérate, pues, Alfredo –me interrumpió, a su vez, Julio Ramón, interesadísimo en La guerra del fin del mundo, y yo hasta hoy no he conseguido enterarme de cómo me fui en mi recuerdo. Puedo evocar muchas otras conversaciones con Mario, pero recién ahora me doy cuenta de que siempre me he olvidado de preguntarle por este recuerdo. Ya estas alturas ya creo que solo me cabe si él se acordará de este olvido.



Comentarios de Facebook