¿Cómo fue su juventud?
Escribe: Blanca Varela[1]
Para llegar a ser joven se necesitan muchos años. Algo así dijo Picasso y creo que estaba en lo cierto. No sé, pues, de qué juventud debo hablar, porque además vivo todavía tan confundida con ella que me es imposible juzgarla sin pasiones y temo que la imaginación me traicione y me ponga a fabular como de costumbre.
De todas maneras, creo recordar la salida de la adolescencia, aproximadamente los diecisiete años, como la edad más dolorosa de esa muchacha que fui. Tenía muchas ganas de todo, una conciencia bastante despierta y un duelo muy personal e íntimo conmigo misma y con lo que me rodeaba. Acababa de entrar a San Marcos, donde sufrí los embates de ser una mujer, casi una niña, en un mundo de jóvenes bárbaros que se preparaban para ser hombres con mayúscula. Allí encontré, por extraños caminos, ciertas cosas buenas o útiles, con excepción de la enseñanza sanmarquina, y, además de un elemental asomo de verdad en mí, al mejor amigo de mi juventud: Sebastián Salazar Bondy.
Como a cualquier jovencita me gustaban la música, el baile, y los muchachos muy guapos; pero, al mismo tiempo, tenía una vida secreta, bastante terrible, que era una suerte de conciencia insomne que no me daba tregua y que, mezclada con un obsesivo delirio interpretativo, me hacía la vida imposible, a menos que no la colocara sobre papelitos, servilletas de papel, cajetillas de cigarrillos rotas apresuradamente y convertidas en minúsculas páginas, donde depositaba ciertas palabras, frases desordenadas y hasta alguna ilegible obscenidad.
Fue Sebastián quien poco a poco me hizo darme cuenta de que lo que intentaba era escribir poesía.
No creo que fuera demasiado tonta ni ignorante para mis años. Gracias a una madre y un padre lectores, y felizmente librepensadores, había leído sin censuras y desde muy pequeña todo lo que había caído en mis manos, especialmente novelas. Pero Quevedo, García Lorca, Rilke, Martín Adán, Nerval, Góngora, Cernuda, Mallarmé, Westphalen, Eliot, Xavier Abril —así, sin ningún orden ni concierto— me fueron descubiertos y «regalados», primero, por Sebastián y luego, por Raúl Deustua, otro querido amigo que soportaba con británico humor mis debilidades por la Plaza San Martín, el Jirón de la Unión y las matinés en cazuela del cine Metro, así como los cafecitos bebidos lentamente en algún infame bodegón del Centro mientras le consumía su elegante paquete de Chesterfield hablándole de las cosas de la vida… y del sueño.
No pude tener mejores ni más generosos maestros. Por ellos comencé a descubrir la poesía y en particular a los mejores poetas peruanos y, lo que era más extraordinario aún, a conocerlos en carne y hueso, beneficiándome con amistades entrañables, algunas de las cuales perduran hasta hoy como la de Westphalen, de quien he sido y soy —no solo a través de Las Moradas y Amaru— la más devota y enamorada alumna.
Pero, además de los mayores, tuve la fortuna de ver, leer y hasta plagiar, casi a diario, a Javier Sologuren y Jorge Eduardo Eielson, y de conocer en pleno patio de Derecho, junto a una pila atestada de cachimbos, a un fornido y sorprendente joven que se llamaba Bendezú, algunos de cuyos hermosos versos de esa época recordaré siempre.
Al poco tiempo de conocernos, Sebastián me llevó cierto día a un lugar que me pareció extrañísimo. Era algo así como una tienda vieja, con un portón estrecho, bajo y cerrado que solo se abría a medias para dejarnos pasar a partir de las siete de la noche. En su interior, bajo una luz bastante escasa, y rodeado por los objetos más fantásticos que había visto en mi vida, estaba reunido, hablando animadamente, un grupo de «gente grande». Ese lugar era la Peña Pancho Fierro y aquellas personas que me acogieron eran nada menos que José María Arguedas[2], Celia y Alicia Bustamante, Judith y Emilio Westphalen, Federico Schwalb, Chepa Valencia, Ricardo y Renée Tenaud, Julia Codesido, Leonorcita Vinatea, Julio Gastiaburú, Juan Francisco Valega, y tantos otros inolvidables compañeros. Los extraños objetos que me habían sorprendido al entrar por primera vez eran la fabulosa colección de arte popular a la que dedicó su vida Alicia Bustamante, en una época en que la gente de Lima fruncía la nariz frente a esas «cosas de cholos»[3].
Con Arguedas, que bailaba huainos como el más noble y airoso alcalde de pueblo, hacíamos fiestas en las que él cantaba y, además, invitaba para compartirlos con nosotros, sus amigos limeños, a otros amigos que venían de lejos, de la sierra; músicos y bailarines con los cuales a la zaga de José María nos confundíamos zapateando como locos y demasiado animados con el delicioso pisquito de frutas que nos invitaban Celia y Alicia. Pero la peña no fue solamente un lugar donde compartimos bailes e ingeniosos pasatiempos. Creo firmemente que allí escuché y aprendí cosas muy importantes sobre el Perú y a sentirlo como una verdad muy oscura, honda, dolorosa y casi impronunciable. Eso es lo que fue, un asedio apasionado, trágico y no exento de esperanza, a este horrible y amado país nuestro. Confirmo esta apresurada frase con el recuerdo de las obras de algunos de los «fieles» de la peña: Arguedas, Sebastián, Sérvulo, Sabogal, Grau; y no mencionaré a quienes todavía viven y fabrican aún sus invalorables obsesiones sobre el tema.
Muchos amigos extranjeros pertenecieron a la peña, uno de los más ilustres fue sin duda Corpus Barga, y no puedo dejar de recordar a los que estuvieron de paso: Pedro Salinas, Jouvet, Christopher Isherwood [4], Dámaso Alonso, Barbero, Ontañón, y muchos otros.
Pero basta del Perú, porque después esta joven que fui se fue con un joven y pobre pintor a pasear por París y ese fue un largo y definitivo paseo que duró algunos años.
Cuando Eielson y Pepe Bresciani nos recibieron a Szyszlo y a mí en la estación de tren en París, y nos llevaron a un mal oloroso hotelito de Rue Casablanca en pleno quinzième, lloré todas las noches por lo menos durante un mes. Pobre niña provinciana, no me imaginaba la suerte que tenía. Uno de los primeros amigos que tuvimos fue, sin duda, el mejor y al que más debo. Me refiero a Octavio Paz. Sin su generosidad y su afecto jamás hubiera escrito poesía o, mejor dicho, hubiera pasado a su lado maltratándola, y no estoy hablando de los resultados sino de la intención. Enrique Peña nos presentó y fue el coup de foudre de la amistad para siempre. Octavio me obligó a escribir. Leía con atención mis pequeños y desordenados papeles; me los exigía y comentaba. Por él conocí a gente formidable, no sé si a Cortázar o si la amistad con Cortázar vino por otro lado, pero lo cierto es que acabé sin haber hecho méritos perteneciendo a un grupo que primero se reunió en el Café de Flore y luego se mudó a un barrio más «tranquilo», al Café des États-Unis, en Montparnasse, adonde —como lo ha contado el propio Octavio— llegaba el gran poeta nicaragüense Carlos Martínez Rivas [5] con su sonrisa, su guitarra al hombro y su inevitable compañero, Jaimito Valle-Inclán. No faltaban Cortázar, Serrano Plaja, Cardenal —quien pasó brevemente por París—, Palau, el Alquimista, y otros que sería largo enumerar. En casa de los Paz (Octavio estaba entonces casado con la excelente escritora Elena Garro) en la avenida Víctor Hugo, ensayamos frenéticamente nuestros primeros mambos, con discos que sonaban estrepitosamente y disgustaban a los elegantes vecinos del barrio, y bebimos todo el vino que podían ofrecernos nuestros anfitriones. Inventamos juegos loquísimos y tuvimos inolvidables fiestas de disfraces, para las cuales Rufino Tamayo ofició alguna vez de maquillador. Con él, con Tamayo, conformé un dúo ranchero que se presentaba casi siempre de madrugada y que a veces también incursionaba en los boleros de Agustín Lara, mereciendo mi afónica e indecisa segunda, o tercera, cálidos aplausos de mis alegres amigos.
No viene al caso hacer mayores comentarios literarios o artísticos. Prefiero rememorar que bailaba tango con Octavio mientras hablábamos mal de los franceses que, según él —además de ser horriblemente chauvinistas—, carecían de nuestra gracia latinoamericana.
Creo que todavía se extiende mi juventud a una segunda temporada que también viví en París, aunque esa vez más sola, pero en la que fueron los chauvinistas franceses «que amo todavía» quienes me hicieron sentirme viva y querida. No es simpática ni apreciable la gente que suelta, como quien no quiere la cosa, nombrecitos famosos para ver si así algo de la gloria ajena se le pega. Pero pecaré de ese mal gusto para ser honesta con mi recuerdo y completar así este apresurado boceto de lo que tal vez fue mi juventud.
Jacques Lanzmann, ex pintor y novelista bisoño en aquellos años, fue mi mejor compañero de aventuras. Era prácticamente el dueño del Boulevard Saint-Germain, porque la poesía, la pobreza y la juventud siempre fueron las verdaderas dueñas de la calle. Conocía a todo el mundo y generoso como pocos me hizo compartir a sus amigos. Giacometti, Jean Genet, Sartre, Simone de Beauvoir, Léger, Michaux, Mouloudji, la Gréco, el vendedor de maní, el jefe de bomberos y hasta algún famoso expresidiario. Algunos solo fueron ocasionales compañeros de mesa de café; otros fueron más próximos y otros menos o nada famosos son seguramente imborrables en mi corazón y en mi memoria.
En esa época conocí muy de cerca la soledad, el temor, el frío, el amor y la miseria. No los he olvidado.
Cuando por elección y destino volví al Perú, ya era la misma vieja niña o niña vieja que no quiere dejar de serlo jamás.
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