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Aullidos contra el olvido: reseña de Los ojos de Angélica, libro de Eduardo Reyme

Según Danny Barrenechea León, este libro «nos permite entender los mecanismos básicos que se evidenciaron con la CVR, el desprecio y el abuso sistemático en la que se encontraron las personas de los Andes».

Escribe: Danny Barrenechea León

 

Antes de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), para muchos peruanos la violencia y la barbarie que dejó la guerra interna en el Perú durante los años 80 y 90 no eran más que asuntos y datos de una historia para los libros y los antojadizos especuladores de alguna facultad de Humanidades; sin embargo, la abrumadora cantidad de testimonios que retumbaron entre testigos y comisionados dejó indefectiblemente un nudo de dolor en el pecho, un quejido insondable como tonada triste de guitarra ayacuchana. Las torturas, asesinatos, violaciones y sobre todo desapariciones eran una verdad aterradora que se abría paso a hacía la luz de la indiferencia del centralismo propio de los limeños. Estos testimonios evidenciaron una herida abierta que tenemos los peruanos desde la Conquista, esa segregación impuesta por el criollo contra el mundo andino, esa dolorosa separación entre la ciudad y el campo, el mestizo y el indio, el rico y el pobre, como diría Ivan Degregori.

A la luz de la CVR se empezaron a confirmar o reconocer por primera vez de manera tangible el gran suplicio al cual estuvieron condenados nuestros hermanos del Ande, el despojo de su identidad y sus tierras, el trabajo impago, que terminó parcialmente con la reforma agraria, por menester del blanco gamonal. A fin de cuentas, los españoles y sus herederos habían determinado que los indios no tienen alma y son poco más que bestias de carga. Con la reforma, el mundo andino pudo recuperar o poseer por primera vez algo de dignidad en un mundo de opresores y oprimidos, la consecución de la libreta electoral, por ejemplo, por fin les permitía asumir esa identidad de orgullo patriotero del blanco y del mestizo limeño: el ser peruano.

Así pues, con una identidad reconocida por fin por el Estado, donde sus diferencias culturales no les impida la consecución de igualdad ante la ley, una guerra interna les explotó en la cara arrebatándoles las pocas ilusiones que cobijaron entre sus mantos y sus sueños de un mundo más justo y de igualdad de oportunidades. Durante esta guerra aquellos que prometían una revolución en pos de los más pobres, terminaron por convertirse en sus más cruentos verdugos y los que ejercían el deber de defenderlos competían con el monstruo de Sendero en crueldad y violencia. La matanza de Putis ha quedado como un registro innoble del desprecio contra el mundo de los Andes, moneda corriente heredada del colonialismo. Obligados a cavar su propia tumba con engaños, fueron asesinados varones y niños, para luego arrebatarles no solo la vida sino también esa libreta electoral que los reconocía por fin de tantas décadas como peruanos.

La justicia para estos pueblos sin duda era una quimera, ser serrano para el Estado se convirtió en la excusa perfecta para soltar las fieras despreciables del racismo imperante, nunca en América Latina tener en la piel el color de la tierra era sinónimo de terruco y por ende de una condena a muerte. En Ayacucho, por ejemplo, llamarte Arquímedes y apellidarte Ascarza Mendoza y ser propio de los Andes, para el Estado, representado por las Fuerzas Armadas, eran suficiente indicio para no solo acusarte, sino de condenarte a muerte. Es pues Arquímedes el nombre propio de cientos de víctimas de desapariciones a lo largo de la guerra interna sufrida en el país y es su madre, Angélica Mendoza, el símbolo de un grito desgarrado por encontrar al hijo que un día le fue arrebatado para no volver jamás, pero esto Angélica no lo sabe o, mejor dicho, no lo quiere saber. Ella guarda con todas las fuerzas que alberga una madre volver a ver al hijo amado, que dentro de su sabiduría ancestral la justicia ha de ser posible si se quiere vivir en paz.

Eduardo Reyme, con su segunda pieza teatral (la primera: Un lugar llamado Tarata) Los ojos de Angélica nos permite entender los mecanismos básicos que se evidenciaron con la CVR, el desprecio y el abuso sistemático en la que se encontraron las personas de los Andes. La presencia de mamá Angélica es una excusa necesaria para conducir a través de los diálogos entre las escenas como es que el Estado y Sendero Luminoso competían en tiranía y crueldad, es la doble historia de un amor postergado por la tragedia, anulada por el rechazo ancestral de lo andino.

Por un lado, tenemos la historia de Félix y Libertad que por momentos se diluye entre la desconfianza y la esperanza, esperanza que nace del desarraigo pues los Andes terminan siendo un lugar imposibilitado para toda asunción de vida duradera y pacífica, donde cualquier paso en falso como estar en el lugar y la hora equivocada puede ser una sentencia de muerte segura. Por otro lado, tenemos la figura de mamá Angélica, una figura materna muy propia de la mujer del Ande, sufrida, abnegada, obligada a casarse casi en la niñez para cuidar los hijos que no deseó pero que amó desmesuradamente.

La mamita, como la llaman, es una fuerza desbocada en busca de su hijo Arquímedes, quien ha sido aparentemente retenido por las fuerzas del orden. Ella no va a cejar en su afán ya no solo de encontrar al hijo, sino de conocer la verdad, porque es de justicia y menester en un país que se precie de serlo. Para ello Angélica mueve cielo y tierra para que su historia se conozca, para que vaya más allá de los claustros de la CVR, por ello Reyme la confronta con un periodista que es la viva imagen de una ciudad centralista, racista, discriminadora como es Lima: Gabriel Galarza. Este joven aprendiz de dramaturgo es la Lima de los 80, desinteresada y petulante, poco empática y muy egoísta, casi como lo es ahora, donde los limeños parecen no haber aprendido ni un carajo de su historia reciente y sacan a lucir en sus fachadas no solo el pendón nacional sino todo su racismo y desprecio por lo serrano. A Gabriel no le interesa la historia de Angélica y este rechazo es propio de sus prejuicios, de su discurso de privilegio que verá desmoronarse a medida que el testimonio de Angélica va desgarrando su indiferencia.

Para la construcción de la historia, Reyme emplea elementos propios del teatro vanguardista, se rompen los espacios y los tiempos, la oscuridad, los silencios y la estridencia de los disparos permiten al lector/espectador sumergirse en esa atmosfera opresiva y de desesperanza que nos ofrecen Félix y Libertad. El escenario se convierte por momentos en la serena quietud de una sala o en un agobiante y horrendo espacio de torturas donde Apumayta, quien representa a Sendero, y el teniente Ochoa, quien representa al Estado, llevan a cabo un juego macabro por demostrar quién de los dos justifica mejor su desprecio y desconocimiento de una idiosincrasia ajena a su realidad.

Los ojos de Angélica es un drama urgente, una obra necesaria y pertinente a la luz de este Bicentenario, es un ejercicio inequívoco de memoria en un país donde ejercerla parece ser un acto constricción de la dignidad, donde conocer la historia y juzgar a sus actores parece colocarte en la elite de Sendero Luminoso, cuando lo único verdaderamente certero es que no debemos olvidarnos de los Arquímedes que aún persisten entre nosotros. Dicho de otro modo, es pues el teatro de Reyme una apuesta necesaria en la construcción de esa resistencia al olvido, esa apuesta por esos otros héroes que gesta nuestra peruanidad como lo fue y lo es Angélica Mendoza, donde los estudiantes de Huanta, los campesinos de Putis o los Arquímedes, los Intis y los Bryan no sean olvidados sino eternizados entre vítores, canciones y obras de teatro como las que canta este autor como si en solitario aullara a las fauces del olvido.

 

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