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Crónica | El número telefónico de Ernesto Sábato

A diez años de la desaparición física del narrador argentino, el escritor John Martínez recuerda su experiencia al buscar al autor de El túnel, en el Buenos Aires de comienzos del 2000.

Ernesto Sábato. Foto: Ministerio de Cultura de Argentina

Escribe John Martínez Gonzales*

 

A finales del siglo pasado la narrativa argentina era mi preferida: Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato eran una trinidad que me guiaba. Por ellos  descubriría a Leopoldo Lugones, Roberto Artl, Rodrigo Fresán, César Aira, entre otros, todos narradores que usan a la capital argentina casi como si fuera un personaje. Por eso, cuando arribé a Buenos Aires, en febrero del 2002, llegué ante todo a una ciudad que conocía en la ficción, a través de libros que había leído frenéticamente. Sentía que en cualquier momento me iba a encontrar con algunos de los personajes de los libros. Un Buenos Aires literario que se rompió inmediatamente cuando llegué al real.

La ingenuidad de un chico que cree que una ciudad está habitada por sus personajes literarios, hizo que en mi primer día vaya del hotel hacia el parque Lezama, el mítico parque donde Alejandra y Martín (personajes de Sobre héroes y tumbas) comienzan una de las historias de amor más tormentosas de la novela latinoamericana. El parque está entre los barrios (distritos) de San Telmo y Barracas, camino al río, en lo que podríamos llamar el centro de la ciudad. Yo estaba en calle Corrientes y no me quedaba más que tomar la línea B del subte. Luego de alzar la mano para detener el tren y de confundirme al hacer el transbordo, llegué a la estación Constitución. La misma donde en 1977 habían perseguido a balazos a Rodolfo Walsh, periodista que enfrentó a la dictadura militar de Videla. Allí lo emboscaron y al final terminaron desapareciéndolo. Pensaba en eso mientras caminaba las cuadras que separan la estación del parque, en una zona nada turística. Avancé por las calles empedradas. Las mujeres eran apariciones de una belleza inédita y yo imaginaba si alguna de ellas ha leído a Sábato y más aún: si alguna quería ser como Alejandra.

De pronto llegué al parque y parecía una feria, era domingo y toda la ciudad estaba allí, los chicos jugando al fútbol, las familias alrededor de las parrillas, cientos de niños en bicicletas, patinetas y demás objetos para jugar. Las parejas se besaban o caminaban lentamente bajo un sol seco, y desemboqué en una de las bancas, cerca a la estatua de Ceres. Era demasiada gente, lleno de mascotas, ruido y con el follaje de los árboles salpicados de avisos de neón de petroleras y tiendas de comida rápida. Me fui medio triste, si bien no esperaba vivir una novela, el barullo de la capital sudamericana me abrumó. Así comenzaría mi educación sentimental por tierras gauchas.

Pasaron los días, seguí conociendo lugares y personas. Así me encontré con el poeta Antonio Requeni, quien me recibió varias veces en su casa, en el barrio  de Caballito. Yo quería conocerlo por su poesía y porque había sido amigo de Alejandra Pizarnik (la otra Alejandra que me obsesionaba). Una de esas tardes le comenté mi experiencia en el parque Lezama, de mi interés por Sábato.

Che´ sho trabajé con él, un maestro. ¿Por qué no vas a visitarlo?

No tengo idea de cómo ir, Antonio. Solo sé que vive fuera de la ciudad.

Entonces Requeni se levantó del sofá Voltaire y fue hacia su escritorio, abrió el último cajón y sacó una libreta de cuero antigua. Mi corazón latió inclementemente durante esos segundos… qué teléfonos tendrá allí… pensé hasta que su boca salieron las siguientes palabras:

Aquí está, shamalo, hablá con Martín, quien le ayuda, es un buen pibe.

No me acuerdo cómo me despedí. Salí hacia la avenida Rivadavia y en la primera cabina telefónica que encontré, marqué por primera vez su teléfono. Nadie contestó. Tomé el bus hacia El Abasto, donde vivía, y al bajar en Anchorena entré a otro locutorio. Está vez si contestaron. Fue Gladys, la encargada de los asuntos domésticos, que volviera a llamar, que Martín era el que le podía dar más información, que el señor Ernesto ya no recibe visitas pero que en todo caso llame más tarde.

A los días, cuando logré hablar con Martín y luego de que me diera la dirección de Ernesto Sábato, a un par de cuadras de la Estación de Santos Lugares, me puse muy nervioso, me aterré al pensar que podía conocer a uno de mis héroes literarios (vení pero no te aseguro que te reciba, escribile, si como decís querés dejarle algo, vení). Me costó mucho escribirle al autor de El túnel. Martín me dijo que podía leerle mi carta, entregarle mis poemas, las revistas que traía conmigo desde Lima y darle mis saludos; aunque también me comentó  que a veces accedía a contestar llamadas, cada vez menos, de jóvenes, como vos, que lo buscaban.

En busca de Sábato. John Martínez en la estación Santos Lugares de Buenos Aires.

Luego de un par de días estaba listo, tomé el tren hacia Santos Lugares y me bajé en la misma estación donde había muerto el poeta peruano Luchito Hernández, pero esa es otra historia. Llegué antes del mediodía, anden vacío. Al salir de la estación me encontré con un puesto de periódicos decorado con portadas de fanzines de literatura de diversas partes del mundo, con dibujos y frases en diversos idiomas, todas relacionadas a Sábato. Antes de salir hacia la calle Roberto Lage (avanzá dos cuadras por allí y luego doblás a la izquierda una cuadra) participé de ese collage.

Por un azar que no busco comprender todo fue contundente. Volví una vez  más a esa casa antigua, hermosa y triste, de grandes árboles y enredaderas.

Luego me fui de ese país.

Toda esa década mi hogar fue migratorio. Hasta el día en que murió, hoy [30 de abril] se cumplen diez años de esa pérdida, cuando la tristeza o la desolación me invadía,  cuando andaba extraviado y sin fuerzas, me rescataba la posibilidad de poder llamarlo y que me escuche, marcar otra vez el 05411 4757 1373 y hablarle otra vez –como si fuera un padre–. Yo había hablado con Ernesto Sábato, él había escuchado el tono de mi voz, la desesperación de mis palabras. Y esa certeza, saber que podía reencontrarme con alguien que me había salvado con sus libros y que además –sobre todo– había escuchado mi voz, me reconfortaba. Tener el teléfono de Sábato durante muchos años me sirvió como me sirvieron sus libros.

Ahora, 18 años después, el teléfono sobrevive en mi agenda electrónica.

 

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* John Martínez Gonzales (Lima, Perú 1981) Poeta, editor, comunicador social y gestor cultural. Ha publicado: Collage de viaje (Ediciones Altazor/Perú, 2009 – Editorial Imaginaria/Uruguay, Amaru Cartonera/Perú, 2013); El Elegido (Casa Katatay Editores/Perú, 2011); y Campanas bajo el mar (Andesground Editores, Chile, 2019). Textos suyos han sido incluidos en ME USA Brevísima Antología Arbitraría (Paracaídas Editores/Perú; LP5 Editora/Chile, 2012); y en Vox Horrísona, muestra de poesía joven peruana (Malabares Editores/México, 2014).

 

 

 

 

 

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