Georg Ehrenfried Groß (1893-1959), más conocido como George Grosz, fue un pintor alemán nacionalizado estadounidense de la época expresionista. Es reconocido por ser un artista comprometido política y socialmente con su tiempo, y porque usaba la pintura como un arma de agitación.
Después de la Primera Guerra Mundial, su pintura llamó la atención por denunciar la realidad alemana, y por ello fue denunciado. Incluso, durante la época de nazismo sus pinturas fueron censuradas, aunque conservadas porque los seguidores de Hitler sabían el valor de su arte reconocido a nivel mundial.
A continuación, replicamos un artículo que apareció en la revista cultural peruana Motivos, entre abril y mayo de 1998.
George Grosz*
Los años de Berlín
La obra de George Grosz, uno de los más grandes artistas alemanes contemporáneos, fue ampliamente apreciada en el Museo Thyssen de la ciudad de Madrid el pasado mes de septiembre de 1997. A continuación, el destacado crítico de arte Jorge Bernuy se ocupa de dicha exposición y de la vida y obra del espectacular Grosz.
Alemania fue la cuna del expresionismo. No obstante las múltiples razones que la vinculan con la corriente general del arte, el expresionismo alemán llegó a alcanzar la categoría de arte nacional. Uno de sus grandes representantes fue George Grosz (Berlín, 1893-1959); su humor negro, su sátira social, su cinismo dan paso a obras de un sentimiento de ternura y de pena cuando pinta a esas mujeres que viven en un mundo estrecho y sin esperanza. Mujeres resignadas en la espera humillante del cliente que ha de llegar. En general, en toda su obra, sin caer en la narración vulgar y simple del suceso cotidiano, se refleja un observador atento y penetrante que supo captar con ojo inquieto la plenitud de la acción, basado esencialmente en el dibujo, en el trazo ágil y espontáneo. Sus figuras no son simples personajes anónimos, sino que, la mayor parte de las veces, constituyen verdaderos retratos que el pintor supo captar y plasmar con una capacidad psicológica poco corriente entre sus contemporáneos.
Grosz comenzó su carrera como caricaturista con un fuerte acento de crítica social. De 1917 a 1920 fue uno de los principales componentes del grupo dadaísta de Berlín y, a partir de 1920, principal líder de la Nueva Objetividad, expresando su disgusto con la Alemania de la posguerra. En 1933 huyó de la Alemania nazi y vivió el resto de su vida en los Estados Unidos, aunque volvió a Berlín poco antes de morir.
El primer estilo de Grosz refleja la influencia del cubismo, del expresionismo y del futurismo. A principios de la década de los años 20, su arte se acerca a la Nueva Objetividad, mostrando un mayor interés por percibir y captar la realidad.

En su obra se mezcla la fantasía con la experiencia, un constante reflejo de los acontecimientos de su entorno inmediato y, al mismo tiempo, un medio para manifestar sus propias opiniones y observaciones. La expresividad de su lenguaje, su forma de presentar el mundo que lo rodea con una perspectiva diferente, su ingenio e ironía junto con un marcado cinismo y escepticismo, dan a su obra una gran vivencia y actualidad. La gran ciudad, llena de distracciones, espectáculos y diversiones, ejerció en él una fascinación constante. Junto a esos temas urbanos, Grosz abordó también otros géneros como el desnudo y el retrato. Su pasión por todo lo americano está también presente a lo largo de su larga trayectoria artística.
La exposición que se presentó en el Museo Thyssen de Madrid se centró en la obra y actividad de Grosz durante los años vividos en Berlín (1893-1933), su periodo más decisivo para el arte del siglo XX. La selección incluyó unos 20 óleos, un centenar de obras sobre papel y varios libros de apuntes de diversos museos y colecciones, así como de la sucesión de Grosz.
El artista berlinés se presentaba a sus contemporáneos en múltiples facetas. De un lado estaba el Grosz pintor-dibujante; del otro, el mariscal Dadá: Grosz, el moralista. O el Grosz dandy, que, bien trajeado, la cara empolvada de blanco y los labios pintados de rojo, con un delicado bastón de bambú sobre las rodillas, observaba críticamente a la gente que pasaba, sentado en las terrazas de los cafés berlineses.
Con su estilo, afilado como un cuchillo, Grosz, lleno de odio, había jurado vengarse por la injusticia cometida con él en la Primera Guerra Mundial y empezó a utilizar su arte como arma. Si antes de la guerra había odiado indiscriminadamente todo aquello que le parecía feo y repugnante, después su odio se concentró en aquellos a quienes consideraba responsables de la catástrofe: los belicistas y los que se beneficiaron de la guerra, el Ejército y los representantes de la Iglesia. A su furia observadora no escapaba nada y, en sus incisivos dibujos, fijó despiadadamente todo lo que le sugerían su vista y su fantasía.

La editorial Malik, fundada en 1917, le permitió publicar sus dibujos, reproducidos por miles en libros y revistas; constituyen una singular enciclopedia de la condición espiritual alemana y del filisteísmo alemán. En ellos están reunidos todos: los inconmovibles representantes del Ejército, el indolente clero, los adustos patriotas, los glotones filisteos de todos los colores y los militantes nacionalistas radicales. Pero también encontramos aquí existencias miserables: el parado hambriento, el mutilado de guerra y el desesperado suicida. No es extraño que estas crudas representaciones, realizadas en un estilo afilado, fueran motivo de procesos judiciales por «ofensas al Ejército», «difusión de escritos inmorales» y «blasfemia».
Grosz interpretó los signos de su tiempo con increíble claridad y lucidez. Sin embargo, su arte no era sólo espejo de una época, sino que se convirtió en advertencia de la catástrofe que se estaba preparando. Pero Grosz no era sólo un artista. Como hombre de acción y de convicciones, firmó manifiestos y panfletos; asistía los domingos por la tarde a las concentraciones de trabajadores en los suburbios; y, por ejemplo, en un llamamiento publicado en la prensa en 1923, prestó su apoyo a la introducción de la jornada de ocho horas.
En 1959, Grosz preparaba su regreso a Alemania y se instaló con su mujer en la casa de sus suegros en Berlín. Pocas semanas después de su regreso a la capital, le sobreviene repentinamente la muerte. Tras pasar la velada bebiendo con unos amigos, pierde el conocimiento en el portal de su casa. Grosz muere poco después de un paro cardíaco. Es enterrado en el cementerio municipal de Berlín.
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