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Jorge Eduardo Eielson: “En Lima, hablar de dignidad humana es una broma de mal gusto”

En este artículo publicado en 1988, el prolífico artista y escritor peruano se refirió a la capital del país y sus habitantes, sus problemas, carencias y a la transformación de esta gran urbe donde la desigualdad es una marca registrada.

 

El respeto por la dignidad humana

Todos sabemos que es imposible hablar de civismo sin civilización, ni de cultura sin creatividad. Pocos aceptamos que para formar parte armoniosa de la civitas -en su antigua acepción latina de conglomerado humano regido por leyes, derechos y obligaciones reciprocas- es necesaria una buena dosis de altruismo y respeto por los demás.

Por Jorge Eduardo Eielson[1]

 

En una ciudad como Lima, por ejemplo, hablar de dignidad humana parece una broma de mal gusto. Desde los microbuses apiñados de seres humanos, reducidos a ganado, hasta los lodazales infectados donde juegan los niños pobres, se extiende una gama tristemente variada de vejaciones, incurias, explotaciones, discriminaciones, indiferencia y hasta desprecio por el conciudadano menos afortunado, generalmente proveniente de la sierra u otras regiones del país. Así, el cáncer de la urbe asediada por la miseria se extiende rápidamente en una suerte de metástasis, que ya no provoca ningún dolor a sus anestesiados protagonistas.

Yo, que no vivo en la ciudad desde hace casi cuarenta años, y que, por lo tanto, no tengo los anticuerpos materiales, espirituales ni morales necesarios para sobrevivir en medio de tanta contaminación, me desespero ante la vista de tanto desorden, tanto abandono y desamparo del ser humano. Sé muy bien que los orígenes históricos de esta situación son remotos y, muchas veces, no imputables ni a conquistadores ni a caudillos, ni a políticos oportunistas, ni voraces explotadores del pueblo, como se suele decir en el lenguaje de la demagogia. No. No siempre es fácil individuar la causa de tantos males. La geografía, por ejemplo, que nos ha regalado un país tan vasto y variado, ha deparado también uno de los territorios más difíciles del mundo. No es fácil vivir en el desierto, ni en las glaciales punas, a varios miles de metros de altura, ni en la tórrida floresta amazónica. Los peruanos han tenido siempre que arreglárselas para sobrevivir en los pocos espacios amables diseminados en esta naturaleza tan majestuosa como despiadada; es decir, entre los escasos valles de la costa y las abras andinas, o en las raras planicies y mesetas de clima temperado. Esto ha determinado, como todos sabemos, una gran variedad de caracteres étnicos y culturales que, desde los tiempos prehispánicos, han permitido la formación de algunas de las más admirables civilizaciones de la Tierra. Siempre, sin embargo, en incesante lucha con una naturaleza a un tiempo hostil y generosa, avara y fascinante como pocas.

UNO DE LOS GRANDES MISTERIOS DEL PERÚ

Uno de los más grandes misterios del Perú es, justamente, esta incomprensible proliferación de culturas costeñas y andinas en un territorio que más bien pareciera negado a todo desarrollo cultural. Algo semejante a lo sucedido con sumerios, caldeos y egipcios.

Es verdad también que, según estudios bastante prolijos y rigurosos, dichas regiones gozaban, hace algunos milenios, de un clima más propicio que el actual. Sin embargo, toda mitología y el simbolismo del Medio Oriente están permeados de fervor religioso hacia las divinidades acuáticas, como los ríos y las lluvias. Lo que prueba la importancia que dicho elemento tenía para los habitantes de esas tierras, eminentemente áridas.

En nuestra costa dicho fenómeno se repite tal cual: prácticamente a las orillas de cada uno de los ríos que desembocan en el Pacífico se establecen poblaciones que, en muchos casos, alcanzaron un grado de desarrollo insospechable. Es el caso de las culturas Moche y Chimú en el norte, o Paracas y Nazca en el sur, y, sobre todo, el de las expansiones Chavín, Wari e Inca, que dejaron huellas imborrables de su cruento cuanto imponente despliegue artístico y religioso a lo largo y ancho de todo el territorio peruano, e incluso en grandes porciones de lo que hoy se llama Ecuador, Bolivia, Chile y Argentina. Y entonces, como ahora, las diferencias telúricas en la costa y la sierra eran las mismas, suavizadas, claro está, por las semejanzas étnicas, sociales y religiosas, que en el antiguo territorio pan peruano eran notables.

No fue difícil, pues, a los grandes imperios andinos someter a los reinos de la costa e imponerles su propio sello cultural. El verdadero trauma sería el de la conquista por parte de un puñado de hombres venidos de otro mundo; casi de otro planeta, con caracteres étnicos, culturales y religiosos completamente diferentes.

ELROSTRO DE UN ORGANISMO ENFERMO

Ahora bien, mi pregunta es esta: ¿no estamos viviendo otro choque cultural irreversible y de proporciones insospechables, del cual apenas nos percatamos? Si el rápido y cruel fenómeno de la conquista y su larga secuela colonial fue el choque de civilizaciones -la europea y la indoamericana- el de nuestros días sería la respuesta, tardía, pero inevitable, de una raza y una cultura vencida -hoy marginada en una precaria economía campesina, en una religiosidad y una artesanía- a los obtusos y venales designios de la sociedad industrial, heredera de la supuesta «arcadia colonial» imaginada por Sebastián Salazar Bondy. Si ya desde entonces Lima nos parecía tan horrible a algunos de nosotros (opinión que siempre compartí con César Moro y Sebastián, tan es cierto que, hacia fines de los años 50, escribí una suerte de novela sobre ese tema), era porque en ella velamos el rostro de un organismo enfermo y postrado que se llamaba el Perú. Y esto por más que los viejos y graciosos afeites de una ciudad cortesana quisieran ocultárnoslo. Para los demás limeños de entonces Lima era, en cambio, una ciudad civilizada, limpia y ordenada y hasta, para algunos, aristocrática. Pero aristocracia como es hoy la minoría blanca, anglosajona de Johannesburgh, en Sudáfrica, aún –hay que reconocerlo– sin la violencia de los afrikaners.

Así como se dice de las personas, que a los 40 años cada cual tiene la cara que se merece, lo mismo podría aplicare a capital del Perú, cuyo deterioro es el deterioro de un cuerpo maltratado durante siglos y que hoy muestra sus atávicas caras en su propio rostro.

La andinización de la ciudad, si bien es un fenómeno local y muy nuestro, forma parte también de un fenómeno universal que investa todo el llamado Tercer Mundo. En este sentido, y volviendo a lo anterior, el choque entre las viejas culturas locales de América, África y Asia, y la represiva y rediticia sociedad industrial, es el mismo en todas partes, con las peculiaridades implícitas en cada caso.

ALTERNATIVAS ENTRE CIVILIZACIÓN Y BARBARIE

La alternativa en estos países no es, pues, como generalmente se dice, entre revolución y golpe militar, entre terrorismo y régimen policial; sino, a mi manera de ver, entre civilización y barbarie. En donde la civilización es ese conjunto de normas que nos permite vivir decentemente, aunque duramente para todos, como sucede en la viejísima Europa, codo a codo con millares de personas, sin que nadie jamás nos pise un pie, sin perder jamás el sentido de las promociones, de la libertad y del espacio vital ajeno, y que se resume cortésmente cuando es necesario, con una simple frase: «Permiso, por favor». Y en donde la barbarie es el atropello cotidiano, la prepotencia del fuerte sobre el débil, la vulgaridad espiritual, la arrogancia, el uso y abuso de ciertos privilegios y, sobre todo, la odiosa convicción, por parte de algunos, de que «en este mundo siempre habrá vencedores y vencidos». Que es como decir: siempre habrá ricos y pobres, siempre habrá malos y buenos, siempre habrá blancos y negros, etc. Lo que equivaldría, si tomado en serio, a la negación de todo proceso civilizador, de toda base moral y cristiana, de todo afán renovador en los diferentes sectores que conforman una sociedad en desarrollo. Porque es en el juego infinito de posibilidades que nos depara la variedad de nuestros orígenes; en su exacto ajuste a determinadas coyunturas históricas –como la que es tamos viviendo en el Perú y en el mundo– que delínea ese proceso que se llama civilización y que, en nuestro caso, como hace siglos en la cuenca del Mediterráneo, es un proceso de mestizaje y de amalgama étnico-cultural de grandes alcances. Y que, a final de cuentas, además y solo sobre la plataforma de una justicia social siempre perseguida y perfeccionada, ello no será sino una de las tantas formas que asume el amor a nuestros semejantes y el respeto por su dignidad humana.

Solo entonces podrá surgir en todo su esplendor ese milagro de nuestro pueblo hoy consignado tan solo en el pasado que se llama religiosidad, arte, sabiduría, Cultura, en una palabra. Una cultura mestiza, consciente de sí misma y orgullosa de sus orígenes. Una cultura nueva, original y central, y no necesariamente tan solo artesanal, folclórica y popular como se la quiere reducir hoy día, en injusto y obtuso cotejo con la cultura hegemónica europea de la cual no se puede prescindir ciertamente, pero cuyos pálidos reflejos académicos siguen llegando a nuestras costas. Una cultura, en una palabra, digna de todos nuestros antepasados, comprendidos los geniales tejedores de Wari y Paracas, la majestad de Atahualpa, el coraje de Túpac Amaru, el sublime delirio de Cervantes, la grandeza de Leonardo y, ¿por qué no? puesto que también forma parte de nuestro pasado: la barbarie de Pizarro.

 

 

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[1] El Comercio, 14 de febrero de 1988.

 

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