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Los restos de la felicidad: cuerpo, culpa y memoria en Gabriel Rimachi Sialer

 Por Alberto Benza González                                                                                       

 

Hay títulos que no solo nombran un libro, sino que ya te dicen por dónde va a doler. Todos los muertos de mi felicidad es uno de esos casos. No hay ironía ni juego: desde el inicio queda claro que aquí la felicidad no es algo que se alcanza, ni siquiera algo que se persigue. Es más bien un lugar al que se vuelve… como quien visita un cementerio.

A lo largo de los cuentos, cada historia parece abrir su propia tumba, pero todas terminan apuntando a lo mismo: aquello que alguna vez pudo ser luminoso acaba destruido, ya sea por decisiones, por el contexto o por impulsos que los personajes no logran controlar.

Desde “Ciudad solitaria”, el primer relato, el lector entra sin aviso a una experiencia dura. No hay preparación ni distancia. El aborto clandestino que se describe con tanto detalle no funciona solo como un hecho dentro de la historia, sino como una especie de punto de partida para todo el libro. Ahí se fijan varias de las ideas que se repetirán después: el cuerpo como espacio de violencia, la precariedad social como una presión constante y la memoria como algo que no cierra nunca.

El narrador no juzga, pero tampoco suaviza nada. La escena en la que el protagonista tiene que deshacerse de los restos del feto, en un baño precario, resulta especialmente incómoda. No tanto por lo explícito, sino porque instala una culpa que ya no se va a ir.

Desde ese arranque queda claro el tono: Rimachi Sialer no escribe para consolar, escribe para mostrar lo que normalmente se evita mirar.

La violencia como lenguaje

Uno de los aspectos más inquietantes del libro es cómo la violencia deja de sentirse excepcional. En cuentos como “Sérpico, sin Al Pacino” aparece de forma extrema, pero no como algo fuera de lo común, sino como parte de una lógica instalada.

La tortura, el sadismo y la deshumanización no se presentan como aberraciones aisladas, sino como prácticas que ya forman parte de un sistema. Los personajes no son monstruos clásicos: son personas que han corrido sus propios límites éticos hasta el punto de que el dolor ajeno se vuelve rutina… o incluso entretenimiento.

Lo más perturbador no es solo lo que hacen, sino la manera en que lo hacen: con humor, con referencias culturales, con una especie de complicidad masculina que recuerda a ciertos relatos policiales, pero llevados mucho más lejos. El Caimán, por ejemplo, representa una masculinidad completamente deformada, donde deseo, violencia y camaradería se mezclan hasta volverse indistinguibles.

Rimachi logra algo difícil: no moraliza, pero tampoco justifica. Simplemente deja que todo ocurra frente al lector, sin ofrecerle un lugar cómodo desde donde mirar.

El amor como territorio dañado

Si hay algo que atraviesa todo el libro, es la idea de que el amor no logra sobrevivir en estos contextos. Aparece, sí, pero siempre contaminado: por el miedo, por la culpa, por el poder o por la memoria.

En “Ciudad solitaria”, el amor joven se rompe con la decisión del aborto y con la incapacidad del protagonista para estar presente cuando más se le necesita. En “Elogio de la sirvienta”, la relación entre Fonchito y Justiniana desarma cualquier idea idealizada de la intimidad: ahí hay abuso, manipulación y dependencia emocional. El amor, lejos de salvar, termina destruyendo.

“Monsieur Hernández”, uno de los cuentos más logrados, lleva esta idea a otro nivel. Aquí el amor se cruza con el periodismo y con una realidad donde la muerte se vuelve parte del trabajo cotidiano. La muerte de Cristina no es solo trágica: también evidencia el desgaste de vivir en un entorno donde todo se vuelve negociable.

Hernández es un personaje quebrado. Ha aprendido a moverse en ese sistema, pero eso no le sirve para proteger a quien ama. La carta final de Cristina funciona casi como el centro moral del libro: deja ver que el problema no es solo la violencia externa, sino también la forma en que se convive con ella día a día.

La ciudad como algo que devora

Lima no aparece como simple escenario. Es casi un personaje más, y uno bastante hostil. Es gris, húmeda, indiferente. Un lugar donde la vida humana parece valer poco.

Los espacios –Plaza Bolognesi, Huachipa, redacciones, casas deterioradas– construyen una ciudad que desgasta a quienes la habitan. En “Ofelia”, esto se intensifica todavía más: la presencia constante de la muerte vuelve el trabajo policial algo mecánico, casi vacío de humanidad.

Cuando aparece lo fantástico, no rompe la lógica del relato; al contrario, la hace más profunda. Porque la realidad ya es lo suficientemente extrema como para que lo extraño encaje sin problema.

La ciudad no solo contiene la violencia: la produce.

El cuerpo como registro

En todos los cuentos, el cuerpo ocupa un lugar central. No como algo bello o deseable, sino como un registro de lo vivido.

Son cuerpos que sangran, que se desgastan, que son violentados o abandonados. Cada uno carga una historia que no se puede contar de otra forma. En “Ciudad solitaria”, el cuerpo femenino refleja la precariedad del sistema de salud. En “Sérpico…”, los cuerpos son objeto de tortura. En “Ofelia”, el cuerpo muerto conecta tiempos distintos. En “Elogio de la sirvienta”, el cuerpo se vuelve espacio de deseo y sometimiento.

Lo que los personajes han vivido no está tanto en lo que dicen, sino en lo que sus cuerpos han resistido.

La culpa que no se va

Si la violencia es lo que ocurre, la culpa es lo que queda. Ningún personaje sale limpio.

El protagonista de “Ciudad solitaria” no logra desprenderse de lo que hizo. Hernández tampoco puede esquivar el peso de la muerte de Cristina. Justiniana queda atrapada en un vínculo que sigue afectándola incluso después de la pérdida.

Aquí la culpa no aparece como castigo externo. Es algo más interno, más persistente. No se resuelve ni se borra. Simplemente se queda.

Una forma de contar sin adornos

En lo formal, Rimachi opta por una escritura directa, a ratos cercana a lo oral. No hay exceso de adornos, y eso hace que lo que se cuenta golpee más.

Aun así, introduce momentos donde la realidad se desestabiliza y roza lo alucinatorio, como en “Ofelia”. No es un recurso para sorprender, sino para intensificar lo que ya está pasando.

El uso del monólogo interior, sobre todo en “Monsieur Hernández”, permite entrar en la mente de los personajes: memoria, presente y culpa se mezclan sin un orden claro, reflejando ese caos interno.

Una incomodidad necesaria

Quizá lo más potente del libro no está solo en sus historias, sino en la sensación que deja. Rimachi Sialer no ofrece respuestas ni consuelo. No hay personajes ejemplares ni finales tranquilizadores.

Lo que hay son zonas grises, decisiones difíciles y contextos que no permiten soluciones simples. El lector no puede colocarse fácilmente del lado “correcto”, porque ese lado nunca termina de definirse.

La felicidad, como ruina

Todos los muertos de mi felicidad es un libro que no se olvida fácil. No por espectacular, sino por insistente. Cada cuento parece girar alrededor de una misma pregunta: ¿qué queda después de perderlo todo?

La respuesta no es esperanza ni reconstrucción. Es memoria. Una memoria que no cura, pero tampoco desaparece.

Rimachi Sialer construye así un libro donde la felicidad no es una meta, sino algo que ya pasó… y cuyos restos todavía pesan. El lector termina siendo testigo de algo que preferiría no ver, pero que, una vez visto, ya no puede ignorar.

Hay libros que se terminan. Este se queda.

 

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