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Obra cuenta la historia de “Mama” Angélica: la mujer que jamás dejó de buscar a su hijo  

En la siguiente entrevista, Eduardo Reyme Wendell cuenta los detalles de Los ojos de Angélica, su reciente obra teatral ambientada en la época de violencia política que ensagrentó al Perú en las décadas de 1980 y 1990.

Foto: La República

Por Jaime Tranca 

La violencia política de las décadas de 1980 y 1990 es uno de los momentos más trágicos del Perú. Por un lado teníamos a Sendero Luminoso y el MRTA, dos agrupaciones terroristas que nos hacían vivir en zozobra diaria por sus atentados y secuestros en casi todo el país, y por el otro lado estaban las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional que, al no saber cómo enfrentar este fenómeno, cometieron diversos crímenes atroces. Y en medio de ambos bandos, estaba el pueblo, el mismo pueblo que decían defender ambos grupos armados. Ese pueblo que a veces no sabía lo que pasaba y, por instinto de supervivencia, solo huía de la barbarie. Ese mismo pueblo que en Lima explotaba en mil pedazos y en Ayacucho desaparecía como si jamás hubiese existido.

Hasta el momento, el número de víctimas mortales es incierto, pero son miles. A ellos les sumamos las víctimas que hoy viven aunque sin una parte importante de su cuerpo. Aunque tampoco debemos olvidarnos de aquellas personas que quedaron huérfanas, de los que perdieron al esposo o esposa, o de aquellas personas que jamás volvieron a ver a su hijo, ni siquiera para darle una digna y tradicional sepultura a donde puedan dejarle un ramo de flores.

En este último grupo se encontraba Angélica Mendoza de Ascarza, más conocida como «Mamá” Angélica, una mujer que nunca dejo de buscar a su hijo Arquímedes Ascarza, detenido y desaparecido en el Cuartel Los Cabitos en 1983 (Huamanga, Ayacucho). Debido a esta incansable búsqueda, “Mama” Angélica se convirtió en un símbolo que representaba a miles de mujeres que vivían como si les faltara un pedazo de su alma.

La historia de esta mujer ayacuchana caló hondo, y esto se reflejó en los homenajes que recibió en vida. Hoy, un reciente libro también se sumó a esta lista. Se trata de Los ojos de Angélica (Editorial Vivirsinenterarse), una obra teatral del escritor Eduardo Reyme Wendell, con quien conversamos hace poco.

Tu libro abarca una parte de nuestra dolorosa historia reciente. ¿Por qué decidiste tocar la historia de “Mamá” Angélica? ¿Qué te llamó la atención de su historia?

Había terminado de estrenar el monólogo sobre el atento de Tarata en el año 2005 y fue con este trabajo que pude abrirme paso a un tema hasta ahí desconocido por mí en su total magnitud. Empecé intentando explorar lo que supuso la violencia política desde Lima y llegué hasta lo que sucedió en Ayacucho topándome con testimonios que agriaron mi mirada y haciéndome ver que aquello que habitaba mis miedos de pequeño no era nada en comparación al infierno vivido allá. Por aquellos años yo era un estudiante de Literatura que me encontraba en una búsqueda de temas que estén relacionados con mi historia personal. Para ser puntual, llego a la historia de “Mamá” Angélica a través del libro Jamás tan cerca arremetió lo lejos (memorias y violencia política en el Perú) editado por Carlos Iván Degregori en el año 2003 para IEP. En dicho libro hallé un artículo escrito por Ana María Tamayo sobre ANFASEP y creo que fue allí la primera vez que leí sobre ella. Mucho antes de oír las audiencias de la CVR sabía que el testimonio de Angélica merecía más atención porque su gesta era el reflejo de muchas mujeres valientes que vivieron su misma desgracia.

¿Por qué decidiste contar la historia de “Mamá” Angélica en una obra de teatro y no, por ejemplo, en una novela?

Yo no diría eso porque no conozco ninguna novela peruana que haya tocado la historia de mamá Angélica para ponerla en comparación con esta propuesta mía; de hecho, si esta obra permite abrir un nuevo horizonte a los narradores peruanos habrá cumplido con uno de sus intereses. Al respecto y ahora que lo mencionas hay que señalar que no existen muchas novelas que se basen en personajes reales que hayan sido víctimas del Conflicto Armando Interno en sí, y eso es curioso porque, en ese sentido, no existen tantas novelas históricas que aborden este período con personajes reales, salvo que se piense por novela histórica todo lo acontecido en el Perú antes de 1980. Ahora bien, esto tampoco es juzgable porque es una opción apelar a lo ficcional y no necesariamente centrarse en lo real. Existen, eso sí, por ejemplo, muchos textos al respecto desde el ensayo como Memorias de un soldado desconocido de Lurgio Gavilán o Los rendidos de José Carlos Agüero que han explorado en el testimonio algo de ello con respecto a las víctimas. Sobre “Mamá” Angélica conozco Quédense cerca de mí (2019) aunque esta propuesta va más por el lado performativo y documental sin dejar de ser esto importante también.

En los últimos años, y seguramente en años posteriores, seguiremos contando sobre la historia de peruanos que vivieron el terrorismo. ¿Es una forma de curarnos de este proceso traumático?

Obra fue presentada en julio de este año.

Creo que contar una historia es en el fondo una búsqueda extraña y atípica de intentar curarnos como sociedad. Al respecto existen muchas teorizaciones sobre el acto de escribir como efecto de curación, pero ese efecto es a nivel intelectual; qué pasa, me pregunto yo, a nivel social, ¿han curado ese proceso traumático las personas que se vieron afectadas directamente? Porque pienso que puede haber muchos textos que busquen “curarnos” como sociedad a nivel simbólico y eso está bien, pero lo real y cierto es que si ampliamos un poco más el espectro tendríamos que aspirar como sociedad (y esto es ya trabajo del Estado) a que quienes estuvieron más afectados sean atendidos en sus necesidades básicas por recuperar su pasado y saber si ante sus reclamos alcanzaron justicia o no. En el caso de “Mamá” Angélica, como sabes, Cabitos tuvo una sentencia casi simbólica, muchos acusados se hicieron pasar por personas con demencia senil y en el peor de los casos están prófugos de la justicia.

¿Tu obra entraría al rubro de la llamada “literatura comprometida”?

Creo que toda literatura es comprometida en sí misma porque refleja la ideología de un autor y sus intereses como creador. Desde el concepto al cual creo que haces alusión podría decirte que esta obra tendría una fuerte influencia de autores comprometidos con su época; sucede que en estos momentos hablar de ese concepto de literatura comprometida es un tanto ambiguo porque en ese sentido podría ser también literatura comprometida la que hace Flor M. Sandoval. Yo por eso prefiero hablar de una obra con una determinada carga ideológica porque en ese sentido lo ideológico se reproduce en lo que hago y no en lo que pienso. Si a partir de lo que hago ayudo a alguien a reflexionar entonces me doy por satisfecho. La gente y el periodismo cultural debe entender que en lo que uno hace está su ideología y no en lo que uno piensa. Mi literatura es tan comprometida desde el punto como la entiendo yo que a diferencia de la de Sandoval que seguramente también lo es va más allá del mercado.

En el tema del terrorismo, ¿cómo diferenciar cuándo una obra se hace para “sanar” y no solo con fines comerciales?

Quizá el concepto de falsa conciencia nos puede ayudar a entender esto que existe no solo en la creación sino en todo lo discursivo. En ese sentido no solo es la literatura la única práctica que se vería afectada por esta falsa conciencia, sino también el periodismo televisivo, escrito y radial. Su existencia por otra parte no la legitima porque, así como existe una falsa conciencia tenemos la percepción que existe una “otra” conciencia siempre cuestionada y en constante construcción. Sobre lo comercial a mí personalmente no me parece preocupante si detrás de lo comercial existe una propuesta alejada de esa falsa conciencia. Ahora bien, crear a partir de ella y sumarle encima lo comercial sí sería cuestionable porque no solo no intentaría ocultar lo real, sino buscaría engañar y hacer de un conocimiento real algo falso.

La literatura tiene muchas licencias, pero ¿hay límites al momento de contar historias como la de “Mama” Angélica?

Por supuesto que sí, por eso la construcción del personaje es a partir del testimonio que dio ella a cuanto lugar iba. En la obra quizá por eso su presencia es casi omnisciente con participaciones muy particulares que además son las más conmovedoras en la historia: la fundación de ANFASEP y la interpelación como madre a los espectadores. La investigación previa sobre ella ayudó mucho a poder construir su personaje escénico que quienes la han leído la han podido reconocer, solo faltaría encontrar a esa actriz que sea capaz de transmitir todo lo que supuso ella en vida y esa quizá sea la gran prueba de fuego.

No solo está la época del terrorismo, sino también la posterior dictadura y la democracia recuperada que hoy parece más frágil que nunca. ¿La Literatura puede ayudarnos en algo?

Entre líneas, la historia termina conectando temas que un espectador irá reconstruyendo a lo largo de la trama y la dictadura es un tema que flota en el aire mientras Ayacucho se ve a sí misma devastada. Las decisiones radicales de parte del agente militar Ochoa y sus métodos de tortura quizá reflejan esas medidas desesperadas de un Gobierno que allá por el año 83 creyó que la solución era actuar del mismo modo que lo hizo Sendero Luminoso. Lo que se narra en silencio en la obra es cómo las malas medidas tomadas por los gobernantes desde Belaunde, pasando por el de Alan y finalizando con el de Fujimori son la crónica de una dictadura anunciada. En ese sentido, creo que la Literatura ayuda y mucho, pero yo opto por el teatro en especial por esa interpelación casi directa y sin mediador alguno en el que se convierte un espacio teatral frente al espectador. Creo que en este país además todo aquello que ayude a reconstruir lo que hemos vivido siempre aportará una parte significativa en nuestra historia; lo que necesitamos entonces son más artistas capaces de introducir en sus diversos intereses discursivos reflexiones profundas sobre lo sucedido en el Perú.

Hace poco, el fujimorismo propuso enseñar un curso sobre el terrorismo en el Perú. En tu experiencia como profesor, ¿qué opinas al respecto?

Considero que todo aquello que salga del fujimorismo e involucre al sector educación debe ser puesto en cuestionamiento. Felizmente la idea no prosperó; sin embargo, aún hoy vemos cómo las mesas directivas en dicho sector tienen sus propios intereses. Que exista un curso sobre terrorismo es dar cuenta y desconfiar que nuestros maestros en historia puedan abordar el tema con la seriedad del caso.

Los ojos de Angélica forma parte de una trilogía. ¿Cuándo tendremos el tercer libro? ¿Puedes adelantarnos sobre qué tratará?

Me encuentro trabajando en ese proyecto aún. Haciendo lo mismo que hice con esta obra. Investigando, leyendo, conversando mucho con gente que sabe de estos temas más que yo. ¿Sobre qué tratará?, pues la historia busca involucrar a un personaje que aparece en la obra de Tarata que es el comandante Ochoa y así cerrar la trilogía; en la tercera parte veremos a este personaje como un joven alférez lleno de sueños y anhelos por hacer de este país un lugar más justo y cómo ese cambio tiene que ver con mecanismos de manipulación a través del MK-Ultra, consecuencia del llamado Plan Cóndor en América Latina; su historia se enlazará con la de un personaje homosexual que a punto de suicidarse será llevado por su padre aprista a un famoso psiquiatra que es el mismo que modificó en Ochoa su conducta pacífica. La obra al respecto se centrará en el terrorismo de Estado realizado en los periodos de García y Fujimori y sobre este último me centraré en el caso de las esterilizaciones forzadas deslizando una teoría que nos puede ayudar a comprender mejor por qué se actuó de forma tan miserable con estas mujeres. Para esa parte reconstruiré a otro personaje importante en escena como lo fue Georgina Gamboa y su testimonio frente a la CVR, el cual es atroz y doloroso. El título de esta obra es lo único que sí me reservo por ahora.

¿Qué libros sobre la época de violencia política recomendarías? 

Si tuviera que empezar por uno en particular sería Yuyanapaq y aunque este libro es producto de una muestra fotográfica le guardo muchos recuerdos porque fue la que estuvo en paralelo a los testimonios de la Comisión de la Verdad. El Hatun Willakuy me parece importante tenerlo en casa porque es la versión abreviada del Informe Final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. Qué difícil es ser Dios y El surgimiento de Sendero Luminoso de Carlos Iván Degregori; Razones de sangre y Profetas del odio de Gonzalo Portocarrero; Las mujeres de Sendero Luminoso de Robin Kirk y los dos que me encuentro leyendo ahora que son La ciudad acorralada (Jóvenes y Sendero Luminoso en Lima de los 80 y 90) de Dynnik Asencios y Rebeliones inconclusas de Jaymie Patricia Heilman.

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