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Veinte poemas que te removerán el cerebro por tanta belleza

 

 

Por Julio Barco

 

Hay que decirlo sin titubear: la poesía es una de las formas más intensas de usar el lenguaje. En nuestra intimidad solemos darle usos banales y domesticados. ¡Pero en el lenguaje poético! ¡Qué viva está la palabra y la mente que dibuja! ¡Qué urgentes son los poemas! Para enamorar, para despistar a la soledad, para hundirnos en nuestro interior, para dibujar un instante. Esos usos se desbocan como ríos entre los versos y aletean en la fiesta del sentido. La lengua del poeta tiene la belleza de lo vivo y eterno. Es un domador de las voces. El lenguaje poético tiene la belleza de permanecer caliente, envuelto en el mismo fuego con que fue creado, y así se nos ofrece la poesía: como fuego.

Te presentamos una muestra de 20 poetas de todos lados del mundo, desde antiguos a modernos, vanguardistas como clásicos, budistas como andinos, místicos como lúdicos, premios Nobel como poetas olvidados. La idea es dar una muestra vasta y pictórica de los grabados poéticos más bellos de los últimos siglos. Tamaña tarea no podría escapar de la subjetividad debida.

La ausencia de miles de poetas grandes y memorables es evidente. Pero, que no todo se vea mezquino, estos poetas representan también sus tiempos, son parte de un proceso más largo y variopinto: el dibujo del alma humana. Ya lo intuía Jorge Luis Borges en sus conferencias: al parecer solo somos un hombre representado en miles; es decir, solo somos un poeta manifestando miles de versiones del mismo asunto: la soledad, el amor, la locura, la muerte, la insatisfacción, el tiempo.

El hombre, y obviamente la mujer, no pueden huir de la poesía: están atrapados en el lenguaje. Y es en este viejo arte donde adquiere precisamente toda su intensidad, toda su complejidad y su vacío. Fundidos a él con la intensidad de una estrella de mar a una roca herrumbrosamente verde. Que estos poemas caigan en tu propio mar, lector, y que sean parte de las piedras preciosas (gemas, jades, zafiros, diamantes) que son los poemas logrados y que desafían todos los tiempos. Si bien es cierto, podemos vivir sin poesía, pero, una vez conocido sus encantos, ¿podemos prescindir de ella? Ya sea en la soledad de una habitación oyendo el murmullo de la lluvia, o en una playa mirando el sol enloquecer de anaranjado frente al horizonte, la poesía nos acompaña, nos inunda, nos empuja a gritar desde todas nuestras raíces. Y crea puentes.

 

1) Bajo una pequeña estrella, Wislawa Szymborska (1923-2012). Autora polaca, premio Nobel de Literatura en 1996. En algún momento expresó sobre la poesía: “El peor de los casos es el de los poetas. Su trabajo resulta irremediablemente poco fotogénico. Uno permanece sentado a la mesa o acostado en un sofá, con la vista inmóvil, fija en un punto de la pared o en el techo; de vez en cuando escribe siete versos, de los cuales, después que transcurre un cuarto de hora, va a quitar uno y de nuevo pasa una hora en la que no ocurrirá nada. ¿Qué clase de espectador podría soportar una cosa semejante?”

 

Bajo una pequeña estrella

Que me disculpe la coincidencia por llamarla necesidad.

Que me disculpe la necesidad, si a pesar de ello me equivoco.

Que no se enoje la felicidad por considerarla mía.

Que me olviden los muertos que apenas si brillan en la memoria.

Que me disculpe el tiempo por el mucho mundo pasado por alto a cada segundo.

Que me disculpe mi viejo amor por considerar al nuevo el primero.

Perdonadme, guerras lejanas, por traer flores a casa.

Perdonadme, heridas abiertas, por pincharme en el dedo.

Que me disculpen los que claman desde el abismo el disco de un minué.

Que me disculpe la gente en las estaciones por el sueño a las cinco de la mañana.

Perdóname, esperanza acosada, por reírme a veces.

Perdonadme, desiertos, por no correr con una cuchara de agua.

Y tú, gavilán, hace años el mismo, en esta misma jaula,

inmóvil mirando fijamente el mismo punto siempre,

absuélveme, aunque fueras un ave disecada.

Que me disculpe el árbol talado por las cuatro patas de la mesa.

Que me disculpen las grandes preguntas por las pequeñas respuestas.

Verdad, no me prestes demasiada atención.

Solemnidad, sé magnánima conmigo.

Soporta, misterio de la existencia, que arranque hilos de tu cola.

No me acuses, alma, de poseerte pocas veces.

Que me perdone todo por no poder estar en todas partes.

Que me perdonen todos por no saber ser cada uno de ellos, cada una de ellas.

Sé que mientras viva nada me justifica porque yo misma me lo impido.

Habla, no me tomes a mal que tome prestadas palabras patéticas y que me esfuerce

después para que parezcan ligeras.

 

 

 

2) Despedida de Jorge Teillier (1935-1996). Poeta chileno, parte del movimiento de la poesía lárica, poesía con tonos relacionados a la vida del campo, en sus ensayos sobre poesía reflexionó que: “Yo escribía lo que me dictaba mi verdadero yo, el que trato de alcanzar en esta lucha entre mí mismo y mi poesía, reflejada también en mi vida. Porque no importa ser buen o mal poeta, escribir buenos malos versos, sino transformarse en poeta, superar la avería de lo cotidiano, luchar contra el universo que se deshace, no aceptar los valores que no sean poéticos, seguir escuchando el ruiseñor de Keats, que da alegría para siempre. De qué le vale escribir versos a tanto personaje resentido y sin puerta de escape que vemos deambular por el mundo literario”.

 

Despedida

…el caso no ofrece

ningún adorno para la diadema de las Musas.

Ezra Pound

 

Me despido de mi mano

que pudo mostrar el paso del rayo

o la quietud de las piedras

bajo las nieves de antaño.

 

Para que vuelvan a ser bosques y arenas

me despido del papel blanco y de la tinta azul

de donde surgían los ríos perezosos,

cerdos en las calles, molinos vacíos.

 

Me despido de los amigos

en quienes más he confiado:

los conejos y las polillas,

las nubes harapientas del verano,

mi sombra que solía hablarme en voz baja.

 

Me despido de las Virtudes y de las Gracias del planeta:

Los fracasados, las cajas de música,

los murciélagos que al atardecer se deshojan

de los bosques de casas de madera.

 

Me despido de los amigos silenciosos

a los que sólo les importa saber

dónde se puede beber algo de vino,

y para los cuales todos los días

no son sino un pretexto

para entonar canciones pasadas de moda.

 

Me despido de una muchacha

que sin preguntarme si la amaba o no la amaba

caminó conmigo y se acostó conmigo

cualquiera tarde de esas que se llenan

de humaredas de hojas quemándose en las acequias.

Me despido de una muchacha

cuyo rostro suelo ver en sueños

iluminado por la triste mirada

de trenes que parten bajo la lluvia.

 

Me despido de la memoria

y me despido de la nostalgia

-la sal y el agua

de mis días sin objeto –

 

y me despido de estos poemas:

palabras, palabras -un poco de aire

movido por los labios- palabras

para ocultar quizás lo único verdadero:

que respiramos y dejamos de respirar.

 

 

 

3) Poema XIII, César Vallejo (1892- 1938). Autor de una de las obras fundamentales del siglo XX, fue víctima del deseo de ser poeta por encima de todo, camino que lo condujo a los escenarios de París, a la muerte y al arte. En sus ensayos expresó: “La incomprensión de España sobre los escritores sudamericanos que, por miedo, no osaban ser indoamericanos, sino casi totalmente españoles (Rubén Darío y los otros). Lorca es andaluz. ¿Por qué no tengo yo el derecho de ser peruano? ¿Para que me digan que no me comprenden en España?”

 

Poema XIII

Simplificado el corazón, pienso en tu sexo,

ante el hijar maduro del día.

Palpo el botón de dicha, está en sazón.

Y muere un sentimiento antiguo

degenerado en seso.

Pienso en tu sexo, surco más prolífico

y armonioso que el vientre de la sombra,

aunque la muerte concibe y pare

de Dios mismo.

Oh Conciencia,

pienso, si, en el bruto libre

que goza donde quiere, donde puede.

Oh escándalo de miel de los crepúsculos.

Oh estruendo mudo.

¡Odumodneurtse!

 

 

4) He intentado escribir el Paraíso, Ezra Pound (1885-1972) Rabioso escritor, enloquecido y prolífico que abordó en su obra una crítica a la sociedad moderna, perdida en el dinero y la usura, con el fin de lograr su obra fundamental Cantos, proyecto donde junta diferentes idiomas, hechos históricos y los ordena para dar dimensión a una obra voraz y ambiciosa.

 

He intentado escribir el Paraíso

No te muevas

deja que los vientos hablen

eso es el paraíso

 

Deja que los dioses perdonen

lo que he hecho

Deja que aquellos a quienes amo intenten perdonar

lo que he hecho.

 

 

5) Al prefecto Chang, Wang Wei (701-761). Poeta y pintor de la famosa dinastía Tang, conocido como el Buda Poeta.  Cuentan que terminó sus días comprando una casa cerca del río Wang, donde penetró al budismo y registró una poesía sobre la naturaleza y el vacío.

 

Al prefecto Chang

Mi otoño: entro en la calma,
Lejos del mundo y sus peleas.
No más afán que regresar,
desaprender entre los árboles.
El viento del pinar abre mi capa,
mi flauta saluda a la luna serrana.
Preguntas, ¿qué leyes rigen “éxito” y “fracaso”?
Cantos de pescadores flotan en la ensenada.

 

 

6) Fui, Constantino Kavafis (1863-1933). Poeta griego, intentó juntar el mundo heleno con la Grecia moderna. Algunos de sus poemas los corrigió durante casi 10 años, logrando así una claridad y solidez en su obra que consta de 154 poemas.

 

Fui

Me desaté. Me abandoné del todo y fui.

Hacia los placeres, que medio reales,

medio imaginados en mi cerebro estaban,

fui en la noche iluminada.

Y bebí licores fuertes, como

los que beben los temerarios de la voluptuosidad.

 

 

 

7)  El guardador de rebaños, Aberto Caeiro (heterónimo de Fernando Pessoa) (1888- 1935). Pessoa, joven estudioso dedicado al arte de la poesía, se forma varios personajes-alter egos, a cada uno los dota con una diferente mirada del mundo y arma la vanguardia portuguesa. El poema que subimos ahora pertenece a uno de sus personajes más célebres: Alberto Caeiro. Otros son: Ricardo Reiss, Álvaro de Campos, Bernando Soares. En unas de sus reflexiones, uno de los tantos que fue Pessoa, sentencia: “Ser poeta no es una ambición mía, es mi manera de estar solo”

 

El guardador de rebaños

Desde la ventana más alta de mi casa,

con un pañuelo blanco digo adiós

a mis versos, que viajan hacia la humanidad.

Y no estoy alegre ni triste.

Ése es el destino de los versos.

 

Los escribí y debo enseñárselos a todos

porque no puedo hacer lo contrario,

como la flor no puede esconder el color,

ni el río ocultar que corre,

ni el árbol ocultar que da frutos.

 

He aquí que ya van lejos, como si fuesen en la diligencia,

y yo siento pena sin querer,

igual que un dolor en el cuerpo.

 

¿Quién sabe quién los leerá?

¿Quién sabe a qué manos irán?

 

Flor, me cogió el destino para los ojos.

Árbol, me arrancaron los frutos para las bocas.

Río, el destino de mi agua era no quedarse en mí.

Me resigno y me siento casi alegre,

casi tan alegre como quien se cansa de estar triste.

 

¡Idos, idos de mí!

Pasa el árbol y se queda disperso por la Naturaleza.

Se marchita la flor y su polvo dura siempre.

Corre el río y entra en el mar y su agua es siempre la

que fue suya.

 

Paso y me quedo, como el Universo.

 

 

8) Dos poemas breves de Rubaiyat, Omar Khayyam (1040-1121). Poeta persa, místico que halló en el vino y la ironía dos fuentes para filosofar, pensar y sentir la vida. Cuentan que muchos de sus poemas se perdieron por el descuido del propio poeta. En

Latinoamérica, uno de sus lectores fue el gran Rubén Darío, quién en su Poema del Otoño versa: “Por eso hacia el florido monte/ las almas van,/ y se explican Anacreonte/ y Omar Kayam”.

 

Dos poemas breves de Rubaiyat

Yo bebo entre las flores, la conciencia tranquila,

y tú trabajas siempre, gran muftí de la villa;

tintas de rojo oscuro tenemos nuestras manos:

yo de sangre de cepa; tú, de la de tus hermanos.

*

Entrégate al placer, oh mortal, sin recelos:

nadería es el mundo y nadería la vida

y nadería esa bóveda hecha de nueve cielos.

Amar y beber es cierto, ¡y lo demás mentira!

 

 

10) Escrito a ciegas, Martín Adán (1908-1985). Autor de la novela experimental La casa de cartón, que publicó casi en la adolescencia, logrando ya un respeto por el conocimiento de los estilos y autores que maneja. Posteriormente su poesía se hace sesuda y exigente, desembocando en los caminos del rigor y la reflexión existencial, filosófica. “Escrito a ciegas” es una respuesta a una carta de Cecilia Paschero editora argentina, donde se le preguntaba al poeta sobre su vida y su arte.

Escrito a ciegas

 

¿Quieres tú saber de mi vida?

Yo sólo sé de mi paso,

de mi peso,

de mi tristeza y de mi zapato.

¿Por qué preguntas quién soy,

adónde voy?… Porque sabes harto

lo del Poeta, el duro

y sensible volumen de ser mi humano,

que es un cuerpo y vocación,

sin embargo.

 

Si nací, lo recuerda el año

aquel de quien no me acuerdo,

porque vivo, porque me mato.

 

Mi Ángel no el de la Guarda.

Mi Ángel es del Hartazgo y Retazo,

que me lleva sin término,

tropezando, siempre tropezando,

en esta sombra deslumbrante

que es la Vida, y su engaño y su encanto.

 

Cuando lo sepas todo…

Cuando sepas no preguntar…

Sino roerte la uña de mortal,

entonces te diré mi vida,

que no es más que una palabra más…

La toda tuya vida es como cada ola:

Saber matar,

saber morir,

y no saber retener su caudal,

y no saber discurrir y volver a su principio,

y no saber contenerse en su afán…

 

Si quieres saber de mi vida,

vete a mirar al Mar.

¿Por qué me la pides, Literata?

¿Ignoras acaso que en el Mundo,

todo de nadas acumuladas,

de desengrandar infinitudes,

no sino un trasgo

eterno, sombra apenas de apetito de algo?

 

La cosa real, si la pretendes,

no es aprehenderla sino imaginarla.

Lo real no se le coge: se le sigue,

y para eso son el sueño y la palabra.

¡Cuídate de su atajo!

¡Cuídate de su distancia!

¡Cuídate de su despeñadero!

¡Cuídate de su cabaña!

 

¿Quién soy? Soy mi qué,

Inefable e innumerable

figura y alma de la ira.

No, eso fue al fin… y era al principio,

antes de donde el principio principia.

Soy un cuerpo de espíritu de furia

asentada y de aceda ironía.

 

No, no soy el que busca

el poema, ni siquiera la vida…

Soy un animal acosado por su ser

que es una verdad y una mentira.

 

¡Es tan simple mi ser, y tal ahogo,

con punzada en nervio y carne!…

 

Yo buscaba otro ser,

y ése ha sido mi buscarme.

Yo no quería ni quiero ya ser yo,

sino otro que se salvara o que se salve,

no el del Instinto, que se pierde,

ni el del Entendimiento, que se retrae.

 

Mi día es otro día,

algún no sé dónde estarme,

a dónde no sé ir en mi selva

entre mis reptiles y mis árboles,

libros y cementos

y estrellas de neón,

mujeres que se me juntan como la pared

y como nadie… o como madre,

y el recién nacido que sobre mí llora,

y por la calle

toda las ruedas

reales y originales.

Así es mi día cabal,

hasta la última tarde.

 

El Otro, el Prójimo, es un fantasma.

¿Existe el aire,

donde te asfixias y recreas

respirando, tu cuerpo inane?

¡No, nada es sino la sorpresa

eterna de tu mismo reencontrarte

siempre tú los mismos entre los mismos muros

de las distancias y de las calles!

¡Y de los cielos estos techos

que nunca me ultiman porque nunca caen!

 

Y no alcancé el furor de lo divino,

ni a la simpatía de lo humano

lo soy y no lo siento ni así me siento.

Soy en el Día el Solitario

y el absoluto en la Zoología si pienso,

o como carnívoro feroz si agarro.

¿Soy la Creatura o el Creador?

¿Soy la Materia o el Milagro?

¡Qué mía y qué ajena tu pregunta!…

¿Quién soy? ¿Lo sé yo acaso?

¡Pero no, el Otro no es!

¡Sólo yo en mi terror o en mi orgasmo!

 

¡Y con todos mis sueños resoñados,

y con toda la moneda recogida,

y con todo mi cuerpo, resurrecto

tras cada coito, ciego, vano, sin pupila!…

 

¡Cuando no seas nada más que ser,

Si llegas a la edad de la agonía!…

¡Cuando sepas, verdaderamente,

Que es ayuntamiento de muerte y vida!…

¡Entonces te diré quién soy,

seguro sí, que ya sin voz, Amiga!

 

Que se curan con hierbas eficaces

los puros animales que te hablan

allá, entre piedras inmateriales

el mundo real y la ciencia humana,

donde, con una pelota

los muchachos aparentes hediondos gozaban.

Sí, la vida es un delirio así, y sin embargo,

en esa vida no estuvo mi nada,

ninguna, pero real, pero celeste o volcánica.

¡Qué tarde llega el Tiempo

a su punto de olvido o de sensibilidad!

Viene arrastrando, como el aluvión,

de cúmulo, de suelo, de humanidad.

 

¡Cuán a destiempo llega uno a sí mismo!

¡Cuán inesperado y desesperado cualquier ya,

todo yo que cae con el Tiempo

desde nunca siempre y para siempre jamás!

¡Qué madrugada eterna no dormida

lo del resolverme en el hacer y en el pensar!

 

La Soledad es una roca dura

contra la que arroja el Aire.

Está en cada pared de la Ciudad,

cómplice, disimulándose.

Me arrojo o me arrojo, sin cesar

yo soy mi impedimento y mi crearme.

 

La Poesía es, amiga,

inagotable, incorregible, ínsita.

Es el río infinito

todo de sangre,

todo de meandro, todo de ruina y arrastre de vivido…

¿Qué es la Palabra

sino vario y vano grito?

¿Qué es la imagen de la Poética

sino un veloz leño bajo un gato írrito?

Todo es aluvión. Si no lo fuera,

nada sería lo real, lo mismo.

 

El Amor no sabía

sino tragarse su substancia

y así la Creación se renovaba.

Todo me era de ayer, pero yo vivo;

y a veces creo, y la Vez me amamanta.

 

No soy ninguno que sabe.

Soy el uno que ya no cree

ni en el hombre,

ni en la mujer,

ni en la casa de un solo piso,

ni en el panqueque con miel.

No soy más que una palabra

volada de la sien,

y que procura compadecerse

y anidar en algún alto tal vez

de la primavera lóbrega

del Ser

no me preguntes más,

que ya no sé…

 

Supe que no era lo que no era, no sé cómo, y todo era

hasta la cosa de mi nada.

Y fui uno no sé cuándo,

persiguiendo, por entre numen y maraña

dentro de ella, yo, nacido y flaco, ya con todas las armas,

yo por todo paso que me hacía,

a ello persiguiendo… a la palabra

a cualquiera,

a la de la madriguera o a la que salta.

 

Si mi vida no es esto,

¿qué será la vida?… ¿Adivinanza?…

Que me dé tiempo el Tiempo, a más del suyo,

y yo me reharé mi eternidad;

la que me falta,

porque la eché… me estuvo un momento demás.

 

¿Sabes de los puertos encallados,

del furor y del desembarcar,

y del cetáceo con mojadísimo uniforme,

que no nada y cae ya?

¿Sabes de la ciudad tanta,

que me parece ciudad,

sino cadáver disgregado,

innumerable e infinitesimal?

 

Tú no sabes nada;

tú no sabes sino preguntar,

tú no sabes sino sabiduría

pero sabiduría no es estar

sin noción de nada, sino proseguir o seguir

a pie hacia el ya.

 

 

 

11) Vagabundo, Giuseppe Ungaretti (1888-1970). Poeta y traductor italiano nacido en Alejandría, Egipto. Parte del contexto de su tiempo, vive la Segunda Guerra Mundial, arrojándose a la búsqueda mística y desnudando la palabra hasta su esencialidad.

 

Vagabundo

En ninguna

parte

de la tierra

me puedo

arraigar

 

A cada

nuevo

clima

que encuentro

descubro

desfalleciente

que

una vez

ya le estuve

habituado

 

Y me separo siempre

extranjero

 

Naciendo

tornado de épocas demasiado

vividas

 

Gozar un solo

minuto de vida

inicial

 

Busco un

país inocente

 

 

 

12) Ensueño, Emily Dickinson (1830- 1886). Considerada junto a Whitman, Poe y Emerson, iniciadores de la poesía moderna norteamericana. Vivió muchos años de su vida recluida en su casa, escribió muchos poemas con un estilo irrepetible y repletos de reflexiones sobre la mente, la vida y la soledad.

 

Ensueño

Para fugarnos de la tierra

un libro es el mejor bajel;

y se viaja mejor en el poema

que en el más brioso y rápido corcel

 

Aun el más pobre puede hacerlo,

nada por ello ha de pagar:

el alma en el transporte de su sueño

se nutre sólo de silencio y paz.

 

 

 

13) He vendado, Marín Sorescu (1936- 1996). Escritor rumano, de varios libros de poemas y novelas. Actualmente olvidado para los lectores de inicios de este siglo; su poesía recuerda un poco a los juegos de niños, excesivamente lúcida y sincera. Una mirada que te invita a la magia.

 

He vendado

Vendé los ojos de los árboles
Con un pañuelo verde
Y dije: búsquenme.

Y los árboles me hallaron en seguida
Con una carcajada de hojarasca.

 

Vendé los ojos de los pájaros
Con pañuelo de nubes
Y dije: búsquenme,

Y me hallaron los pájaros
Con un trino.

Vendé los ojos de la tristeza
Con una sonrisa,
Y me halló la tristeza al día siguiente
En un amor.

Vendé los ojos del sol
Con mis noches
Y dije búsquenme.

 

Allí estás, dijo el sol,
Detrás de ese tiempo
No te ocultes más.

No te ocultes más
Me dijeron todas las cosas
Y todos los sentimientos
A los que intenté vendar los ojos.

 

 

 

14)  La Luz del mundo, Derek Walcott (1930-2017). Poeta de Santa Lucia, profesor y dramaturgo, gana el nobel de literatura en 1992, tras la publicación de su legendaria obra Omeros.

 

La Luz del mundo

Kaya ahora,  necesito kaya ahora,

Necesito Kaya ahora,

Porque cae la lluvia.

Bob Marley

 

 

Marley cantaba rock en el estéreo del autobús

y aquella belleza le hacía en voz baja los coros.

Yo veía dónde las luces realzaban, definían,

los planos de sus mejillas; si esto fuera un retrato

se dejarían los claroscuros para el final, esas luces

transformaban en seda su negra piel; yo habría añadido un pendiente,

algo sencillo, en otro bueno, por el contraste, pero ella

no llevaba joyas. Imaginé su aroma poderoso y

dulce, como el de una pantera en reposo,

y su cabeza era como mínimo un blasón.

Cuando me miró, apartando luego la mirada educadamente

porque mirar fijamente a los desconocdios no es de buen gusto,

era como una estatua, como un Delacroix negro

La Libertad guiando al pueblo, la suave curva

del blanco de sus ojos, la boca en caoba tallada,

su torso sólido, y femenino,

pero gradualmente hasta eso fue desapareciendo en el

atardecer, excepto la línea

de su perfil, y su mejilla realzada por la luz,

y pensé, ¡Oh belleza, eres la luz del mundo!

No fue la única vez que se me vino a la cabeza la frase

en el autobús de dieciséis asientos que traqueteaba entre

Gros-Islet y el Mercado, con su crujido de carbón

y la alfombra de basura vegetal tras las ventas del sábado,

y los ruidosos bares de ron, ante cuyas puertas de brillantes colores

se veían mujeres borrachas en las aceras, lo más triste del mundo,

recorriendo a tumbos su semana arriba, a tumbos su semana abajo.

 

El mercado, al cerrar aquella noche del Sábado,

me recordaba una infancia de errantes faroles

colgados de pértigas en las esquinas de las calles, y el viejo estruendo

de los vendedores y el tráfico, cuando el farolero trepaba,

enganchaba una lámpara en su poste y pasaba a otra,

y los niños volvían el rostro hacia su polilla, sus

ojos blancos como sus ropas de noche; el propio mercado

estaba encerrado en su oscuridad ensimismada

y las sombras peleaban por el pan en las tiendas,

o peleaban por el hábito de pelear

en los eléctricos bares de ron. Recuerdo las sombras.

 

El autobús se llenaba lentamente mientras oscurecía en la estación.

Yo estaba sentado en el asiento delantero, me sobraba tiempo.

Miré a dos muchachas, una con un corpiño

y pantalones cortos amarillos, una flor en el cabello,

y sentí una pacífica lujuria; la otra era menos interesante.

Aquel anochecer había recorrido las calles de la ciudad

donde había nacido y crecido, pensando en mi madre

con su pelo blanco teñido por la luz del atardecer,

y las inclinadas casas de madera que parecían perversas

en su retorcimiento; había fisgado salones

con celosías a medio cerrar, muebles a oscuras,

poltronas, una mesa central con flores de cera,

y la litografía del Sagrado Corazón,

buhoneros vendiendo aún a las calles vacías:

dulces, frutos secos, chocolates reblandecidos, pasteles de

nuez, caramelos.

Una anciana con un sombrero de paja sobre su pañuelo

se nos acercó cojeando con una cesta; en algún lugar,

a cierta distancia, había otra cesta más pesada

que no podía acarrear. Estaba aterrada.

Le dijo al conductor: «Pas quittez moi a terre»,

Qué significa, en su patois: «No me deje aquí tirada»,

Qué es, en su historia y en la de su pueblo:

«No me deje en la tierra» o, con un cambio de acento:

«No me deje la tierra» [como herencia];

«Pas quittez moi a terre, transporte celestial,

No me dejes en tierra, ya he tenido bastante».

El autobús se llenó en la oscuridad de pesadas sombras

que no deseaban quedarse en la tierra; no, que serían abandonadas

en la tierra y tendrían que buscarse la vida.

El abandono era algo a lo que se habían acostumbrado.

Y yo les había abandonado, lo supe allí,

sentado en el autobús, en la media luz tranquila como el mar,

con hombres inclinados sobre canoas, y las luces naranjas

de la punta de Vigie, negras barcas en el agua;

yo, que nunca pude dar consistencia a mi sombra

para convertirla en una de sus sombras, les había dejado su tierra,

sus peleas de ron blanco y sus sacos de carbón,

su odio a los capataces, a toda autoridad.

Me sentía profundamente enamorado de la mujer junto a la ventana.

Quería marcharme a casa con ella aquella noche.

Quería que ella tuviera la llave de nuestra cabaña

junto a la playa en GrosIlet; quería que se pusiese

un camisón liso y blanco que se vertiera como agua

sobre las negras rocas de sus pechos, yacer

simplemente a su lado junto al círculo de luz de un quinqué de latón

con mecha de queroseno, y decirle en silencio

que su cabello era como el bosque de una colina en la noche,

que un goteo de ríos recorría sus axilas,

que le compraría Benin si así lo deseaba,

y que jamás la dejaría en la tierra. Y decírselo también a los otros.

 

Porque me embargaba un gran amor capaz de hacerme

romper en llanto,

y una pena que irritaba mis ojos como una ortiga,

temía ponerme a sollozar de repente

en el transporte público con Marley sonando,

y un niño mirando sobre los hombros

del conductor y los míos hacia las luces que se aproximaban,

hacia el paso veloz de la carretera en la oscuridad del campo,

las luces en las casas de las pequeñas colinas,

y la espesura de estrellas; les había abandonado,

les había dejado en la tierra, les dejé para que cantaran

las canciones de Marley sobre una tristeza real como el olor

de la lluvia sobre el suelo seco, o el olor de la arena mojada,

y el autobús resultaba acogedor gracias a su amabilidad,

su cortesía, y sus educadas despedidas

 

a la luz de los faros. En el fragor,

en la música rítmica y plañidera, el exigente aroma

que procedía de sus cuerpos. Yo quería que el autobús

siquiera su camino para siempre, que nadie se bajara

y dijera buenas noches a la luz de los faros

y tomara el tortuoso camino hacia la puerta iluminada,

guiado por las luciérnagas; quería que la belleza de ella

penetrara en la calidez de la acogedora madera,

ante el aliviado repiquetear de platos esmaltados

en la cocina, y el árbol en el patio,

pero llegué a mi parada. Delante del Hotel Halcyon.

El vestíbulo estaría lleno de transeúntes como yo.

Luego pasearía con las olas playa arriba.

Me bajé del autobús sin decir buenas noches.

Ese buenas noches estaría lleno de amor inexpresable.

Siguieron adelante en su autobús, me dejaron en la tierra.

Entonces, un poco más allá, el vehículo se detuvo. Un hombre

gritó mi nombre desde la ventanilla.

Caminé hasta él. Me tendió algo.

Se me había caído del bolsillo una cajetilla de cigarrillos.

Me la devolvió. Me di la vuelta para ocultar mis lágrimas.

No deseaban nada, nada había que yo pudiera darles

salvo esta cosa que he llamado «La Luz del Mundo».

 

 

 

15) ¿Qué se ama cuando se ama?, Gonzalo Rojas (1916-2012). Poeta y profesor Chileno, de una obra donde dialogan con los maestros de la poesía moderna -Baudelaire, Rilke, Mallarmé- y con otras tradiciones como la poesía latina. Es también autor de varios libros que integran el volumen: Íntegra. Consideraba que la poesía era un acto de respiración deslumbrada.

 

¿Qué se ama cuando se ama?

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida

o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué

es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,

o este sol colorado que es mi sangre furiosa

cuando entro en ella hasta las últimas raíces?

 

¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer

ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,

repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces

de eternidad visible?

 

Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra

de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar

trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,

a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.

 

 

 

16) Bohemia, Arthur Rimbaud (1854-1891). Poeta francés hijo de la escuela del simbolismo, aunque más orientado a una búsqueda donde vida y palabra configuren una misma sustancia. Rimbaud quedará eternamente como paradigma de todo aquel mozalbete que, apasionado por el arte de hacer versos, se dedica a la vagancia, los excesos, y otros caminos que -asegura  W. Blake- conducen a la sabiduría absoluta. Muere, después de abandonar la poesía y dedicarse a vender armas y esclavos en África.

 

Bohemia

Me iba, con los puños en mis bolsillos rotos…

mi chaleco también se volvía ideal,

andando, al cielo raso, ¡Musa, te era tan fiel!

¡cuántos grandes amores, ay ay ay, me he soñado!

 

Mi único pantalón era un enorme siete.

––Pulgarcito que sueña, desgranaba a mi paso

rimas Y mi posada era la Osa Mayor.

––Mis estrellas temblaban con un dulce frufrú.

 

Y yo las escuchaba, al borde del camino

cuando caen las tardes de septiembre, sintiendo

el rocío en mi frente, como un vino de vida.

 

Y rimando, perdido, por las sombras fantásticas,

tensaba los cordones, como si fueran liras,

de mis zapatos rotos, junto a mi corazón.

 

 

 

17) Canción, Cecilia Meireles (1901-1964). Fue una poeta, profesora y periodista del Brasil. En un fragmento de sus Cartas a un joven poeta expresa que “Si quiere un consejo más: no tenga prisa. A los veinte años, todos tienen prisa. ¿Por qué? Luego, más tarde -sé de varios casos- se desaniman si el gran esfuerzo de publicar un libro (¡porque cuesta tan caro!) no es correspondido con gran aceptación entre el público, generalmente displicente en materia artística, pobre para comprar todo cuanto se publica, y, como es natural, más interesado por los valores ya establecidos”.

 

Canción

Puse un sueño en un navío,

y el navío sobre el mar;

abrí el mar con mis dos manos

y lo hice naufragar.

 

Tengo las manos mojadas

de azul y olas entreabiertas;

color fluye de mis dedos

tiñe arenas desiertas.

 

El viento vino de lejos,

la noche, curva de frío;

bajo el agua va muriendo

mi sueño, y en su navío…

 

Lloraré lo necesario

para hacer la mar crecer,

el navío se irá al fondo,

sueño, a desaparecer…

 

Luego ya, todo perfecto:

playa lisa, lisas aguas.

Ojos secos como piedras,

y mis dos manos quebradas.

 

 

 

18) Poema, Oquendo de Amat (1906-1936). Poeta puneño de vanguardia, de la generación de Gamaliel Churata, Xavier Abril, César Vallejo, José María Eguren, César Moro, entre otros. Muere trágicamente en la guerra civil española. Mario Vargas Llosa le dedica su discurso La literatura es fuego, en el lapso de la ceremonia del Premio Rómulo Gallegos.

 

Poema

 Para ti

tengo impresa una sonrisa en papel japón

 

Mírame

que haces crecer la yerba de los prados

 

Mujer

mapa de música          claro de río          fiesta de fruta

 

En tu ventana

cuelgan enredaderas de los volantes de los automóviles

y los expendedores disminuyen el precio de sus mercancías

 

déjame que bese tu voz

 

Tu voz

QUE CANTA EN TODAS LAS RAMAS DE LA MAÑANA

 

 

 

19) Y de pronto la noche, Salvatore Quasimodo (1901-1968). Fue un poeta y periodista miembro del club hermético Italiano. En su poema más famoso “Y de pronto anochece”, pese a la brutalidad de su brevedad, dibuja un cuadro poderoso sobre la esencia del ser humano de cualquier época.

 

Y de pronto la noche

 Cada uno está solo en el corazón de la Tierra /

traspasado por un rayo de sol; /

y de pronto la noche.

 

 

 

20) Salmo a la gran madre Guanyin, Oscar Málaga ( 1946). Es un poeta peruano de la década de 1970. Viajero a tiempo completo, Málaga es tal vez el último poeta beat vivo del Perú. Sus viajes a lo largo del mundo –La India, China, Nueva Zelanda, entre otros– lo dotaron de un horizonte inmenso desde el cual canta.

 

Salmo a la gran madre Guanyin

Solo deseo la felicidad de mis vecinos. El mundo es demasiado grande

Su brillo insoportable sobre mis parpados. Los faros de los autos

me señalan miles de destinos distintos. Implacables

como Xie Pei despertándome a las cinco de  la madrugada.

Aspiro a estar ahí donde siempre estoy extraviado

No me canso de mirar los árboles. Escucharlos crecer es mi deseo.

Subiendo al templo de San-Fen-Shan he llegado al cielo

Para eso basta la mano de Xie Pei y mil escalones

Y el aire es verde brillante, una luz invisible, miles de peonias en flor.

Aúllo en la cima de esta montaña. Tan dulce es tu mano.

Tan dulce el vacío que vertiginoso se deja rozar por la luz del sol.

Diez mil turistas no comprenden mi esplendor. Yo no sé lo que espero.

Y mis ojos observan detenidamente la lejanía.

 

Desde dieciocho infiernos mil Budas me sonríen

No he nacido para pagar por mi felicidad. Ella pertenece a mis ojos

La ruta no existe. Nunca siento nostalgia. Esta montaña

soy yo trepando a mi corazón. La silueta del horizonte no es el horizonte.

Ninguna revelación en ello. Este es el único viaje.

Pero sucede que no hay regreso. Eso nos infunde cierta alegría.

Construimos un horno y nos entregamos a su fuego.

 

Qian shou GuanYin, Qian shou GuanYin

Y nos entregamos a su fuego.

 

Siempre vivimos en el mismo lugar pero con más manos, mas ojos,

el alma como un campo inesperado de rosas húmedas.

 

Unos labios tatuados en nuestra piel ardiendo: Todo

lo que conservaremos de esta deriva. Nadie comprende nada

No es necesario comprender. Comprender es una trampa

Todos los reinos han perecido pero el hombre sigue sonriendo

Como los mil brazos de Qian shou GuanYin señalando la ruta

 

Y el agua es siempre la misma que eterna fluye,

se agita, que en su quietud no implora un destino.

Múltiples desacuerdos para ser cumplidos es lo que nos ofrece la vida.

Flor atrapada como un destello en la quietud de un rio oscuro.

En cada latido sin desfallecer mi rostro se fatiga.

No comprendo lo que escribo. He olvidado todo.

Nunca tuve sueños. Con ellos son imposibles los árboles,

subir mil escalones, aferrarme a tu mano y descubrir el cielo.

Mis vecinos tienen sueños y dioses.

Los míos se ahogan en los bares y erran bajo el sol sin buscar guarida.

 

Qian shou GuanYi, Qian shou GuanYin

Y erran bajo el sol sin buscar guarida

 

Cuando ríes la montaña se ensombrece.

Quiero vivir sin saber nada.

Déjenme estos escalones, este cielo, esta mano

tan dulce que no soporta ninguna verdad.

Tan dulce que me ensombrece.

La boca del océano es el universo que mis vecinos alimentan,

le ofrecen ese sudor y lágrimas que empaña sus noches frente al televisor,

y así sacrifican este universo vivo

a esa boca ancha del océano que en su  terror construyen

En sus pupilas ruge la muerte como un transeúnte

asustado por la niebla de la ciudad.

Para ellos deseo una conversación amable, una maceta llena de flores

y después del amor un hijo con una hermosa cola de león,

tan parecido a mí que pueda llamarle hermano.

 

Nada más pido. Es necesario tener propósitos claros.

Tan claros que podamos perdernos en ellos.

Que escuchemos la hierba húmeda bajo nuestros pies.

Aparte de eso me gustaría descansar un poco.

Abandonar los bares y los parques y mirar silencioso el horizonte

Mirar silencioso el horizonte ha sido el deseo de toda mi vida.

Sin decir una palabra desaparecer en el viento

para volver a aparecer siempre en el vientre de mi madre.

Con la misma cola de león, los mismos zapatos,

el mismo corazón sin brújula.

 

Qian shou GuanYin, Qian shou GuanYin

Y el mismo Corazón sin brújula.

 

El horizonte es un rio lejano.

Me inquieta esta colina tan escarpada.

Y de tu mano me acerco a todos los abismos.

Y escribo para quedar desnudo.

Para ser la brisa que humedece tu frente.

El borde del cielo que roza tus mejillas.

¿Arrasare este instante solo porque mis vecinos me miran desconfiados?

Quiero ir a la muerte con la alegría

que llego a una fiesta bajo el crepúsculo.

 

No sé si podré vivir de otro modo.

Mis pensamientos me complacen.

Basta despertarme para saber que existo.

Imagino que allí hay una verdad sin el artificio de la razón.

Siempre me pregunto ¿porque debo de levantarme en las mañanas?

Y mi extrañeza crece como un huésped

asustado en una casa que desconoce.

 

Pero las aves revolotean en mi ventana,

el teléfono suena, la radio se enciende.

Siento los ruidos que hacen mis vecinos.

El mundo se despierta muy temprano y yo quisiera seguir durmiendo

El movimiento nos acerca a la muerte igual que la quietud.

No tenemos otra eternidad.

Sucede que ya nos despedimos y tenemos que partir.

 

Qian shou GuanYin, Qian shou GuanYin

Y tenemos que partir.

 

Toda nuestra libertad es no poder evitar este gran desorden.

Ajenos a nosotros somos. No sé si experimento simpatía por mí.

Por mis vecinos. La perspectiva se ensancha.

En todos nosotros ruge el terror.

Ya no hablare de mis vecinos. Todos estamos cansados.

Pero no apagare la luz.  Seguiré escribiendo.

Demasiados esfuerzos para escapar a nuestro destino.

Y el guardián que me exige mis documentos en la puerta del templo

solo intenta convencerse que es útil en este planeta.

Pero la muerte lo acecha igual que a mí;

como el amor, el aburrimiento, los ruidos callejeros.

Nada es necesario conquistar.

El verano es corto y nadie va a quedarse mucho tiempo.

 

Qian shou GuanYin, Qian shou GuanYin

Y nadie va a quedarse mucho tiempo.

 

Todo existe porque su gozo nos pertenece.

Compartimos el mismo desconcierto.

Y la hierba fresca de esta montaña tiene miles de destinos

Y su voz en el viento del otoño es más poderoso

que nuestro más desgarrado canto.

 

Somos dioses cansados, encadenados, divididos,

viviendo en  un planeta esplendoroso

Los otros dioses son los bosques, las montañas, los ríos, el mar.

El mar es un dios azul sobre el que flota la tierra.

Que se repite, se imita,

que no se cansa de ser igual a sus destinos.

 

No aspiro a convertirme en un planeta

Los planetas tienen la vida corta

Los hombres también. A pesar de mi cola de león

a veces sucumbo a los sueños. El único dios que me interesa es el mar.

Xie Pei tiene unas manos carnosas y calientes

La boca como una flor entrecerrada

alumbrada por el brillo de sus dientes

y no tiene edad porque cada mañana descubre el universo

Hemos subido solo mil escalones y hemos llegado al cielo

Y ahí estamos, sin temor, de la mano, sorprendidos,

navegando silenciosos

en el rio quieto de nuestra sombra

hundiéndose

en el horizonte.

 

Qian shou GuanYin, Qian shou GuanYin

Y nos entregamos a su fuego.

Beijing, 1993

Written by Literalgia

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