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[Crónica] Historia de un niño prodigio cuyo futuro fue truncado por la leucemia

Esta es la historia de Joe Hall, un niño estadounidense que desde muy pequeño dio muestras de ser una mente brillante, pero una enfermedad mortal puso freno a su vida que pudo ser más extraordinaria. La crónica que a continuación transcribimos fue publicada en enero de 1977, en la revista Selecciones del Reader’s Digest.

Destino de un niño prodigio

Todo en él revelaba que era un genio, pero el chico padecía una enfermedad mortal

Por Allen Rankin

En 1966, Jim y Judy Hall confiaban en llevar una vida sosegada cuando regresaron con Joe, su primogénito, a su hogar en la apacible aldea de Plumtree (Carolina del Norte). Sin embargo, los misterios fisiológicos que dan origen al genio (aún más, al prodigio de la vida misma) dispusieron otra cosa. A los 14 meses de edad, Joe dio inesperadamente la primera muestra de su asombroso carácter. Cierto día, mientras iba a gatas, el niño descubrió un bolígrafo y se lo metió en la boca. Para enseñarle que las plumas no son comestibles, sino utensilios para escribir, su madre trazó en un cuaderno las letras A, B, C. Joe tomó la pluma y copió estas letras con escritura clara y firme. Dudando que fuera cierto lo que veía, Judy Hall procedió luego a escribir el alfabeto de principio a fin. Y aquel niño de brazos ¡lo copió de la A a la Z!

Poco tiempo después, Joe escribía de memoria el alfabeto entero. Mucho antes de que cumpliera los dos años de edad dibujó con exactitud la figura de un gatito, debajo de la cual escribió: g a t o. Una tía del pequeño le mostró el dibujo a una maestra de escuela que estaba de visita.

–¡Mire usted! –le dijo.

–Sí, ya lo veo –repuso la maestra, agregando–: Pero por supuesto que el niño es incapaz de hacer tal cosa.

Y esa sería la reacción general ante los prodigios de Joseph Hall. La gente no quería creer lo que veía hacer al niño o le oía decir.

Hacia el final de su tercer año de vida ya leía todo lo que caía en sus manos, incluso un libro de texto de ciencias de la escuela de segunda enseñanza. Y empezó a preguntar sin cesar por las materias de su preferencia, como la electrónica y el espacio.

Orgullo e inquietud. No pasó mucho tiempo sin que el niño descubriera el piano, en el cual tocaba acordes y aun pasajes armoniosos. Su padre, director de una orquesta, esperó la mañana en que Joe cumplió cinco años para darle su primera lección de piano. Algunos meses después el pequeño prodigio había llegado a dominar las obras más sencillas de Bach, Mozart y Beethoven, ¡y el mismo componía piezas musicales bastante complicadas!

Por entonces, al orgullo que sentían Jimy Judy Hall se mezclaba con inquietud. ¿Cómo podrían educar a un niño de apenas cinco años, en lo físico y en lo emocional, pero con el talento original e indagador de un artista y hombre de ciencia adulto?

Un sicólogo amigo de los Hall les dijo que Joe podía llegar a ser un Mozart o ser un Einstein si lo educaban adecuadamente durante la época de su formación. Pero, ¿quién sabría decirles cuál era la educación adecuada?

De un educador recibieron el consejo de mudarse a alguna ciudad grande, donde había programas especiales para niños superdotados. “Para un chico como Joe, un lugar como Plumtree no tiene nada que ofrecer”, concluyó el consejero.

Pero los Hall disentían de su opinión. “Este pueblo no tiene nada que ofrecer a Joe” argüía Judy, “pero quizá es su mejor oportunidad de disfrutar una niñez normal. Ya tendrá tiempo de demostrar su talento, porque de vivir como niño le queda poco”.

Y pronto, repentinamente, se vio que ese tiempo seria tal vez más corto de lo pensaban. Había comenzado a sufrir gran debilidad y agudos accesos de languidez. Los médicos determinaron que padecía leucemia.

Consternados, los Hall decidieron ocultar al niño todo lo referente a su mal, pero el chiquillo leyó algunos estudios sobre la leucemia e incluso analizó los aspectos técnicos de su tratamiento con el Dr. Richard Patterson, director del Programa contra el cáncer de la facultad de Medicina Bowman Gray, de Winston-Salem.

Cierta noche, aquel chiquillo de cinco años comentó con su madre: “Supongo que, estadísticamente hablando, mis probabilidades de salvación no son muchas, ¿verdad?”. Esa noche, y otras muchas que siguieron, Joe pidió a Judy que permaneciera a su lado hasta que se durmiera.

Entonces la situación cambió por completo. Los Hall convinieron en que Joe debía vivir intensamente y aprender todo lo que pudiera con la mayor rapidez posible. Sin embargo, no tardaron en comprobar, como los padres de otros niños superdotados, que aún es relativamente escasa la ayuda económica y sicológica que pueden esperar sus hijos.

Temerosa de que Joe, que anhelaba ir a la escuela, no llegara a los seis años requeridos, Judy consiguió el permiso necesario para que el niño ingresara en el primer grado escolar cuando aún tenía cinco. Pero Joe, que ya entonces era un entusiasta de la astronomía, se moría de aburrimiento en clase.

Inteligencia excepcional. Judy logró que trasladaran al chico a otra escuela y lo pasaran al segundo grado. Allí estuvo encantado con su nueva maestra, Lola Young, que le permitía subir al estrado para hablar a sus condiscípulos de las maravillas de los planetas y las estrellas. Y cuando se conocieron los resultados de las pruebas de inteligencia de los niños, los habitantes de Plumtree (algunos de los cuales miraban con hostilidad al “sabelotodo”) comprendieron que vivía entre ellos un niño prodigio. En opinión de la mayoría de los especialistas, un coeficiente intelectual de 175 a 180 puntos revela un genio de primera categoría. En el caso de Joe, la escala empleada no fue suficiente para medir la inteligencia del niño, ¡y le reconocieron 200 puntos!

“Esto significa que, por su intelecto, este niño montañés es probablemente un fenómeno mucho más raro que uno entre un millón”, comentaría más tarde Richard Stahl, director del programa para niños superdotados de la Universidad Estatal de los Apalaches.

Entre tanto, Jim y Judy Hall, que desde hacía tiempo se preguntaban cómo era posible que hubiesen procreado a un niño como Joe, aprendían algunas cosas interesantes (aunque de poca utilidad en su caso) acerca del talento:

  • El genio se podía escribir como el individuo cuyos genes y compuestos químicos reguladores forman casualmente durante la concepción fecundas configuraciones e que se combinan las aptitudes más relevantes de los padres y otros antepasados, y que permiten a este individuo sobresalir si se desarrolla en el medio adecuado.
  • En muchos casos los genios son primogénitos (como Joe), o hijos de padre y madre “ya mayor” (Jim tenía 35 años de edad cuando Judy concibió a Joe).
  • El talento excepcional se da por igual en familias de cualquier nivel social, actividad o raza.
  • Cuando el coeficiente intelectual llega a 180 puntos o más, el nio estará probablemente condenado a sufrir por ser “demasiado diferente” y no poder realizar todo lo que promete, a no ser que reciba instrucción intensiva, que siga programas especialmente avanzados o que lo pongan en contacto con mentes tan brillantes como la suya.

La sombra de la leucemia. Los padres de Joe hacían todo lo posible para dar interés a los días que le quedaban de vida a su hijo prodigio. Aunque los honorarios médicos habían mermado ya considerablemente sus reservas, compraron algunos libros que el niño les pedía, el mejor equipo de química que encontraron y un espléndido piano de cola nuevo. Para cubrir sus gastos, Jim cultivaba la mayoría de las hortalizas y criaba las reses que la familia consumía, y Judy se encargaba de preparar centenares de frascos de diversos productos.

Entre una y otra agudización de la enfermedad, Joe (tenía seis años de edad) tocaba el piano con alguna banda de estudiantes de segunda enseñanza dirigida por su padre. En cierta ocasión salió vencedor en un certamen musical con una impresionante composición de su cosecha titulada Ocho mil kilómetros del universo.

—¿Qué vas a ser de grande? —le preguntó un periodista.

—No lo sé —repuso el chico; y añadió con serenidad—: No estoy seguro de llegar a ser algo.

Joe pasó enfermo casi todo el sexto verano de su vida, y en ese tiempo se mostró inquieto como un animal enjaulado. Había agotado por completo los fondos de la biblioteca local y pedía constantemente lecturas, que la familia no podía ya proporcionarle. Movida por la desesperación, Judy pidió socorro al Ejército, a la Armada, a la Fuerza Aérea, a la NASA, a la Comisión de Energía Atómica (AEC) y al READER’S DIGEST. «¿No tienen ustedes alguna publicación técnica que mandar a Joe?», escribía. «¡Lo que sea!».

Una semana después se detenía un auto oficial del Ejército norteamericano a la puerta de los Hall. Del vehículo se apearon tres oficiales cargados con 180 kilos de libros de texto técnicos en que se trataba desde el programa espacial hasta la guerra de guerrillas.

Joe estaba en éxtasis, como su madre durante algún tiempo. «Yo creía que aquellos 180 kilos de lectura lo mantendrían ocupado durante todo el verano», cuenta Judy. Pero Joe los devoró en tres semanas. Las reimpresiones de artículos científicos enviados por el DIGEST y los folletos que los Hall recibieron de la NASA y de la AEC se agotaron también en poco tiempo.

En marzo de 1975, Wernher von Braun, el famoso creador de cohetes espaciales, envió un ejemplar de su libro titulado History of Rocketry and Space Travel. Joe lo leyó con gran deleite en un santiamén… y descubrió un error. «Si el Saturno V hubiese estado provisto de motores J-2», escribió a von Braun, «no hubiera podido levantarse del suelo». El notable científico le envió unas líneas dándole las gracias: «¡Pescaste un error que pasó inadvertido a pesar de la minuciosa corrección de pruebas!».

En ese mismo verano los Hall recibieron la visita de otro genio: Pat Gunkel, joven de 26 años de edad, investigador en el brillante Instituto Hudson, de Nueva York. «¿Que si hablaron?», comenta Judy alegremente. «¡Si los hubiera oído usted hablar! De las galaxias, del tiempo, de la relatividad y la eternidad. ¡Cualquiera habría dicho que ninguno de ellos había podido hablar antes con nadie!».

El lugar para Joe. Por esos días Judy Hall recibió noticia de una nueva Escuela para Niños de Talento patrocinada por la Universidad Estatal de los Apalaches, en Boone, a 63 km de Plumtree. Aunque limitado, su programa intensivo de cursos universitarios que se siguen durante seis sábados consecutivos, satisface una necesidad local tan grande que en él se inscribieron 580 de los niños más inteligentes de nueve distritos circundantes, desde algunos en edad preescolar hasta varios del tercer grado de segunda enseñanza. Sin embargo, según dice el director, Richard Stahl, en inteligencia Joe «aventajaba con mucho a la mayoría de sus compañeros de escuela. Rebosaba de ideas, así que fue como una bomba en los cursos de su elección».

En busca del curso apropiado para el chico, Stahl lo llevó a la clase ordinaria de astronomía para estudiantes que cursaban el segundo año de universidad. Pero tampoco eso dio mejor resultado. «¡Caramba!», exclamó uno de los estudiantes. «A Joe no le va el segundo año de astronomía. Su lugar está en la escuela de posgraduados».

Joe, que tiene actualmente diez años de edad, volvió otra vez a Plumtree. Allí lo conocí no hace mucho. Es un chico delgado, animoso, y sus inteligentes ojos azules chispean con traviesa expresión tras de unas gafas de montura de carey.

Me confesó que cree en la existencia de los platillos voladores u «ovnis» conducidos por autómatas. Su habitación, llena de artefactos, hace los oficios de cuartel general de la Comisión Joseph Hall para el Estudio e Investigación de los Ovnis. La «comisión» (integrada solamente por el chiquillo) envía un cuestionario técnico cuidadosamente mimeografiado a todas las personas que en cualquier parte del mundo informen haber visto algún ovni. Joe ha recibido multitud de contestaciones enviadas por tales personas, además de unas 2000 cartas de otros niños precoces o de sus padres.

El niño tiene todavía muchos problemas. Aunque ha pasado por alto dos años de escuela, debe soportar a un grupo del sexto grado de primaria que va probablemente de diez a 12 años detrás de él en capacidad de aprendizaje; esto es, que está a la zaga de Joe en las materias que a él le interesan. En cambio en las que considera desdeñosamente «insignificantes», Joe se encuentra al nivel del más tardo de sus condiscípulos.

A pesar de ello, es un niño tan normal como cualquier chico de talento excepcional. Le encanta corretear y alborotar en los bosques, jugar al béisbol, fastidiar a sus tres hermanitos y aguantar las bromas que ellos le gastan. Tiene un entusiasmo exuberante por sus padres, sus amigos y Poochie, su perro. En otras palabras, vive una niñez alegre y, como señala su madre, «esto ya nadie se lo quita».

Más aún, Jim y Judy están convencidos de que, si Joe no tuviera el dinamismo, la voluntad y alegría de vivir extraordinarios que constituyen la herencia de los niños superdotados, no habría vencido como hasta ahora en su lucha contra la leucemia. El Dr. Patterson agrega: «Entre varios centenares de niños que he tratado, Joe es uno de los ocho o diez en que ha remitido la enfermedad durante cinco años o más».

En atención a eso, pierde interés cualquier consideración que se haga sobre el futuro de Joe como concertista o astrónomo. «No importa qué le depare el porvenir», declara Judy Hall serenamente, «Jim y yo hemos conservado a Joe a nuestro lado bastante tiempo para agradecer eternamente el milagro, y el portento singular, y los goces y los estímulos que nos ha brindado».

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