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Porras Barrenechea: “La fundación de Lima fue obra del azar… de la equivocación”

Raúl Porras Barrenechea (1897-1960) es, junto a Jorge Basadre, dos de los mejores historiadores peruanos. Su prosa elegante, agudeza e influencia sobre intelectuales como Pablo Macera o Mario Vargas Llosa son solo una muestra de la importancia de su legado.

En el Pez en el agua, Vargas Llosa recuerda al historiador –que figura en el billete de 20 soles– como “un maestro en el sentido más generoso y cabal de esta palabra”.

“Sus clases de historia eran deslumbrantes por la elegancia de sus exposiciones y el rigor con que preparaba su curso. Creo que todos los que tuvimos el privilegio de pasar por sus aulas vivimos la Historia del Perú de una manera entrañable y, a la vez cuestionadora, pues además de las riquísimas anécdotas con que el doctor Porras aderezaba sus exposiciones ellas incidían siempre sobre una problemática que nos planteaba múltiples desafíos intelectuales”, escribe nuestro Nobel de Literatura.

Porras Barrenechea fue investigador, maestro, editor, diplomático, político y periodista. Ejerció la docencia en los principales colegios y universidades de la época, y estuvo enamorado siempre de Lima, lo cual refleja en obras como Pequeña antología de Lima, El testamento de Pizarro, o en su famosa conferencia “El río, el puente y su alameda”.    

En su crónica “La fundación de Lima”[1], narra de manera elegante cuáles fueron los motivos para fundar la capital peruana. Según el historiador, Lima fue elegida porque Francisco Pizarro no recibió datos certeros de Jauja, que había sido la primera opción para ser la ciudad principal de las nuevas conquistas españolas.

A continuación, la crónica:

La fundación de Lima

El predominio limeño no fue una imposición de la naturaleza ni de la historia. Se confabularon para crearlo la obra feliz del azar y el capricho del conquistador voluntarioso. El humilde valle, por cuyo fondo recorre el riachuelo del Rímac, no era, geográficamente, la capital de la exuberante región en que se levantan los Andes colosales y por la que corre el río más grande del universo. No lo era tampoco por el prestigio de la tradición. El señorío de Cusimanco, con los fértiles valles de Pachacamac y del Rímac y sus ídolos triviales, fue uno de los que más dócilmente aceptó la denominación de los Hijos del Sol, cuando Pachacútec descendió del Collao legendario. Entre sus más humildes vasallos, el Inca no habría reparado en el cacique del Rímac. De las áridas y ardientes tierras de esta región de los Yungas no habría surgido ninguna contribución original a la cultura del Imperio. El culto rendido a Pachacamac, Hacedor y sustentador del Universo, era de origen incaico. La civilización material, la organización política y social, así como los grandes guerreros y los legisladores pacíficos, habían hecho su aparición junto a la meseta en que duerme el lago sagrado y ancestral. El Cuzco era, por antonomasia de su esplendor y de su historia, la sede del apogeo solar, el “ombligo” del Imperio y del mundo.

La fundación de Lima fue obra del azar, si no de la equivocación, y su prosperidad, consecuencia de la buena fortuna de su fundador. Al avanzar Pizarro de Cajamarca hacia el Cuzco, después de haber ejecutado a Atahualpa, considerando que se alejaba mucho de la ciudad de San Miguel de Piura, la primera que fundara en las cercanías de su desembarco, se decidió a fundar una población que sirviera de centro a sus conquistas, para lo cual escogió el valle de Jauja, en la cordillera, junto al pueblo de Atun-Jauja. Pero los vecinos alegaron a poco razones paradójicas para pedir a Pizarro que trasladara la ciudad a los llanos. El valle de Jauja, considerado hoy por su feracidad y por la bondad de su clima como el granero y el sanatorio de nuestra capital, fue tachado por los descontentadizos vecinos de estéril e insalubre. El Valle era frío y de muchas nieves, y no se podían “criar puercos, ni yeguas ni aves, por razón de las muchas frialdades y esterilidad de la tierra”, según representó el Cabildo a Pizarro. Añadíase a estas desventajas la falta de maderas para construcciones y leña y la distancia del mar. Pizarro atendiendo a estas razones, decidió el traslado de la ciudad a la costa, y nombró desde Pachacamac a Ruiz Díaz, Juan Tello y Alonso Martín de don Benito, quienes tenían la experiencia necesaria, por haberse hallado en anteriores fundaciones de la comarca del Rímac el lugar donde pudiera asentarse cómodamente un pueblo.

Los comisionados de Pizarro hallaron el asiento actual de la ciudad, en el que había un pequeño caserío de indios, el que juzgaron lugar “sano y airoso”, con muy buenas salidas y tierras para labrar y abundancia de leña. El gobernador aprobó la elección de sus enviados, por cuanto él había visto y paseado ciertas veces la tierra del dicho cacique de Lima, y junto al río, y “contienen en sí las calidades susodichas que se requieran tener los pueblos y ciudades para que se pueblen y ennoblezcan y se perpetúen y estén bien situados”. Escogido así el asiento de la futura capital del Perú, a la que se dio el nombre de Ciudad de los Reyes, en honor a los monarcas españoles según unos, o en recuerdo del día de la Epifanía, en que se halló el sitio de la ciudad, según otros, Pizarro procedió a fundar Lima, lo que hizo con las proverbiales solemnidades el 18 de enero de 1535.

Sin ofender los títulos que después adquirió, y sin hacer agravio a du tradición ya venerable, debe decirse que la capital fundada por Pizarro fue, en aquellos días del apogeo del Cuzco, de Cajamarca y de Quito, una ciudad advenediza, la hija y heredera afortunada de aquel audaz aventurero. Su subsistencia y su grandeza estuvieron ligadas inicialmente a la buena suerte de su fundador. Si Pizarro hubiera sido derrotado en la batalla de Las Salinas, Lima se hubiera quedado en cimientos, y todo el oro y el prestigio del Virreinato hubieran servido para engrandecer y hermosear la ciudad de Almagro, que el compañero y rival de Pizarro comenzaba a levantar en las inmediaciones de Chincha, para que fuera émula de la naciente villa del Rímac.

Triunfador Pizarro, Lima fue la capital de su gobierno, cabeza del Virreinato y de toda Sudamérica. Los reyes hispanos la colmaron de títulos y blasones. En tres siglos de coloniaje y de hipérbole señorial, la ciudad criolla llegó a crecer en la nobleza de su linaje, a medida que se desvanecía la memoria del cuidador de cerdos que la fundara. La independencia consolidó esa supremacía limeña y asentó la conciencia capitalina de la ciudad. En cien años de República, la organización política, la imperiosa dirección espiritual ejercida por Lima, la centralización de todas las actividades del comercio, de la agricultura y de la industria que hacia ella convengan, han consumado la decisión del arbitrario conquistador, Lima es hoy, por su población, por su extensión y por su cultura, la primera ciudad del Perú, su capital indiscutible, la cifra y la síntesis de nuestra República heterogénea.


[1] El texto aparece en el libro Crónicas sabrosas de la vieja Lima, antología preparada por Ramón Barrenechea Vinatea. Ediciones Peisa, Perú. 1969.   

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